Por José Manuel Jerez
La política dominicana ha cruzado un umbral silencioso pero decisivo. Ya no se trata de una simple competencia electoral futura, sino de una reconfiguración real del poder en curso. Quien no entienda esto, está leyendo el presente con categorías del pasado. El proceso electoral de 2028 no está por comenzar: ya comenzó, y lo ha hecho en el único terreno donde verdaderamente se define el poder, que es la construcción anticipada de hegemonía política.
En ese escenario, la Fuerza del Pueblo no solo participa: domina. Mientras otras organizaciones se encuentran atrapadas en conflictos internos, liderazgos difusos o dependencias estructurales del Estado, esta organización ha avanzado de manera sostenida en la construcción de una maquinaria política nacional, disciplinada y estratégicamente orientada al poder.
El liderazgo de Leonel Fernández constituye, en este contexto, un factor de ventaja estructural imposible de ignorar. No se trata únicamente de experiencia, sino de capacidad de lectura del sistema, articulación de fuerzas y visión de Estado. En sistemas políticos con baja institucionalización, los liderazgos con trayectoria de poder no compiten en igualdad de condiciones: imponen el ritmo de la competencia.
El oficialismo enfrenta una realidad que no puede maquillar: la salida del liderazgo presidencial del tablero electoral abre una crisis de cohesión interna. Sin el eje del poder estatal como elemento aglutinador, las tensiones internas emergen con fuerza. La historia política latinoamericana es categórica: los oficialismos sin liderazgo claro tienden a fragmentarse.
Por su parte, la oposición tradicional atraviesa una crisis aún más profunda: la pérdida de centralidad. No solo ha dejado de ser la alternativa natural de poder, sino que ahora compite por sobrevivir en un sistema que ya ha comenzado a reorganizarse sin ella como eje principal.
En contraste, la Fuerza del Pueblo ha logrado algo que ninguna otra organización ha conseguido en este momento: conectar estructura, liderazgo y narrativa política. Esta tríada constituye la base real del poder en cualquier sistema democrático competitivo.
Los intentos de debilitar el sistema de partidos mediante restricciones financieras no hacen más que evidenciar una realidad incómoda: cuando el terreno institucional se estrecha, sobreviven y avanzan las organizaciones con mayor capacidad estructural. Y en ese terreno, la Fuerza del Pueblo ha demostrado una resiliencia que confirma su madurez política.
En los temas centrales que definen el voto —economía, seguridad, migración—, la organización ha logrado posicionarse con claridad estratégica. No desde la improvisación, sino desde una visión estructurada del Estado, lo que contrasta con la volatilidad discursiva de otros actores.
El escenario hacia 2028 comienza a despejarse con nitidez: un oficialismo tensionado, una oposición tradicional debilitada y una fuerza política que no solo crece, sino que organiza el campo de competencia. En términos reales, la contienda no será entre iguales.
La conclusión es ineludible. La Fuerza del Pueblo ha dejado de ser una opción dentro del sistema para convertirse en el actor que define el sistema. En política, quien estructura la competencia antes de que esta ocurra, ya ha recorrido la mitad del camino hacia la victoria.
La República Dominicana no se dirige simplemente a una elección. Se dirige a una redefinición del poder político. Y todo indica que esa redefinición tiene ya un protagonista claro.
