Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El estrecho de Ormuz volvió a colocarse este martes en el centro del tablero mundial.
No como una abstracción geopolítica lejana, sino como una ruta de vida y muerte donde, según el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, al menos diez marinos civiles han fallecido mientras miles de tripulantes permanecen atrapados en el Golfo Pérsico, en medio de una escalada que amenaza con empujar nuevamente al mundo hacia una confrontación de alcance imprevisible.

Rubio apareció ante la prensa en la Casa Blanca defendiendo la operación “Project Freedom”, lanzada por el presidente Donald Trump, como una misión esencialmente defensiva y humanitaria.
Según sus declaraciones, cerca de 23,000 civiles procedentes de 87 países llevan semanas —e incluso meses— atrapados en embarcaciones comerciales debido a las acciones iraníes en la región.
“Están aislados, hambrientos, vulnerables”, dijo Rubio al describir la situación de las tripulaciones. Añadió que “al menos diez marinos ya han muerto” mientras permanecían varados en el Golfo.
La escena evocada por el secretario de Estado no era la de una simple tensión naval, sino la de hombres abandonados en una especie de limbo marítimo, expuestos a drones, ataques y minas en uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta.
Rubio acusó directamente a Irán de practicar una forma de “piratería”, al mantener bloqueadas embarcaciones civiles y someterlas —según dijo— a ataques armados y amenazas constantes.
“No es solamente criminal”, afirmó. “Es desesperado y destructivo.”
También comparó la situación con la represión interna del régimen iraní contra sus propios ciudadanos durante las protestas de los últimos años, afirmando que los marinos estaban siendo “retenidos como rehenes simplemente porque Irán puede hacerlo”.
Pero el mensaje de Rubio no se limitó a la denuncia.
Fue también una declaración de poder. “Bajo este presidente, bajo el presidente Trump, Estados Unidos ayudará a sus amigos”, afirmó.
Y luego agregó una frase que revela la lógica estratégica de la nueva Casa Blanca:
“No vamos a sentir vergüenza de utilizar nuestro poder y nuestras capacidades militares en defensa de nuestros intereses nacionales”.
Sin embargo, Rubio insistió varias veces en definir la operación estadounidense como estrictamente defensiva.
“No habrá disparos a menos que nos disparen primero”, declaró.
“No estamos atacándolos, pero si ellos nos atacan, derribaremos drones y derribaremos misiles.”
La repetición constante de la palabra “defensiva” no parece casual. Washington intenta construir una narrativa internacional que distinga esta operación de una guerra abierta contra Teherán.
La Casa Blanca sabe que el mundo observa con temor cualquier movimiento militar en Ormuz. Por ese estrecho pasa una parte decisiva del petróleo mundial y buena parte del comercio energético que alimenta a Europa y Asia. Un conflicto prolongado allí podría disparar los precios globales, alterar rutas marítimas internacionales y provocar una crisis económica de alcance planetario.
Hacia Naciones Unidas
Por eso Rubio anunció simultáneamente una ofensiva diplomática en las Naciones Unidas. Estados Unidos impulsará una resolución del Consejo de Seguridad para defender la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz.
El borrador, según explicó el Departamento de Estado, exige que Irán detenga ataques contra barcos comerciales, revele la ubicación de las minas marinas colocadas en la zona y coopere con operaciones internacionales destinadas a despejar el corredor marítimo. Además, el proyecto contempla la creación de un corredor humanitario para asistir a las tripulaciones atrapadas.
“Si vivimos en un mundo donde países pueden apropiarse de las rutas marítimas globales, eso tendrá consecuencias directas sobre los estadounidenses y sobre todo el sistema internacional”, dijo Rubio. Luego añadió una frase reveladora: “Somos los únicos que realmente pueden hacer algo al respecto”.
Y precisamente en ese momento aparece otro escenario todavía más delicado: el Vaticano.
Encuentro Papa León XIV
Rubio tiene previsto reunirse este jueves con Pope Leo XIV, en un momento extremadamente sensible para las relaciones entre Washington y la Santa Sede.
Apenas días atrás, Trump criticó públicamente al nuevo Pontífice por sus posiciones sobre Irán y la paz en Medio Oriente, acusándolo incluso de poner “en peligro a muchos católicos”.
La coincidencia entre la escalada militar en Ormuz y la visita de Rubio al Vaticano convierte el encuentro en mucho más que una reunión protocolar. En Roma, donde la diplomacia se mide no en semanas sino en siglos, el diálogo probablemente girará alrededor de una cuestión central: hasta dónde puede llegar el uso de la fuerza sin destruir el equilibrio moral que Occidente afirma defender.
La Santa Sede observa tradicionalmente las crisis internacionales desde otra lógica. Mientras Washington habla de disuasión, corredores estratégicos y defensa marítima, el Vaticano suele insistir en negociación, prudencia y contención. Y aunque el Papa no dispone de portaaviones ni misiles, posee algo que ninguna superpotencia controla completamente: autoridad moral ante millones de creyentes y gobiernos del mundo.
Por eso la visita de Rubio podría convertirse en uno de los encuentros diplomáticos más delicados de los primeros meses del nuevo pontificado de León XIV. Porque detrás de las palabras “operación defensiva” aparece la vieja pregunta que persigue a todas las grandes potencias cuando comienzan a movilizar fuerzas militares: cuánto tiempo puede seguir siendo defensiva una operación cuando el mundo entero contiene la respiración esperando el próximo disparo.
