Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Ayer como hoy, los europeos, después de desangrarse en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, siguen en lo mismo buscando repetir lo mismo.
No ha importado la ayuda y el sacrificio de millones de soldados de los Estados Unidos, enviados dos veces al Viejo Continente para apagar el fuego desatado por las querellas y rivalidades centenarias de Europa.
Desde las trincheras de Francia en 1917 hasta las playas de Normandía en 1944, generaciones enteras de norteamericanos cruzaron el Atlántico para intervenir en guerras nacidas de conflictos europeos que terminaron arrastrando al mundo entero.
Cambian los discursos, los uniformes, las banderas y los sistemas políticos, pero debajo de la superficie continúa latiendo la misma vieja obsesión europea por las rivalidades geopolíticas, las alianzas militares, las amenazas estratégicas y las guerras que terminan convirtiéndose en catástrofes universales.
A veces parece que Europa no aprendió completamente las lecciones de las dos grandes tragedias que ella misma produjo en el siglo XX.
Porque fue Europa —y no Asia, ni África, ni América Latina— la que incendió el planeta dos veces en menos de treinta años.
Y uno de los símbolos más dramáticos de aquella locura colectiva fue el hundimiento del Lusitania el 7 de mayo de 1915.
Aquella mañana, frente a las costas de Irlanda, el enorme transatlántico británico avanzaba lentamente bajo una espesa niebla rumbo a Liverpool.

A bordo viajaban cerca de dos mil personas: empresarios, familias, turistas, niños y miembros de la élite atlántica que todavía creían que la guerra europea era un conflicto lejano, limitado a trincheras embarradas en Bélgica y Francia.
Pero bajo las aguas oscuras del Atlántico se desplazaba silenciosamente el submarino alemán U-20.
A las 2:10 de la tarde, un torpedo impactó el costado derecho del barco. Poco después ocurrió una segunda explosión interna y el gigantesco transatlántico comenzó a inclinarse violentamente.
Dieciocho minutos más tarde desaparecía bajo el océano.
Más de mil personas murieron.
La noticia estremeció al mundo.
Las imágenes de mujeres y niños ahogados circularon por los periódicos estadounidenses y británicos transformando inmediatamente la percepción internacional de Alemania.
El Imperio alemán comenzó a aparecer ante millones de personas como una maquinaria militar fría, técnica y despiadada.
Pero la historia completa era mucho más compleja que la propaganda de guerra.
Alemania había declarado las aguas alrededor de Gran Bretaña como zona de guerra porque el Imperio Británico mantenía un bloqueo naval gigantesco destinado a asfixiar económicamente a los alemanes.
Berlín sabía que no podía enfrentar directamente a la poderosa marina británica y apostó entonces al arma nueva de la época: el submarino.
Al principio todavía existían ciertas reglas navales heredadas del siglo XIX.
Los submarinos emergían antes de atacar y permitían evacuar pasajeros y tripulaciones.
Pero los británicos comenzaron a disfrazar barcos militares como si fueran buques mercantes.
Para un submarino alemán, salir a la superficie podía significar la destrucción inmediata.
Entonces Berlín tomó la decisión que cambió la guerra: anunció la “guerra submarina irrestricta”.
Todo barco que navegara hacia Inglaterra podía ser considerado objetivo militar.
Y existe un detalle extraordinario que muchas veces se olvida: el mismo día en que el Lusitania partió de Nueva York, el gobierno alemán publicó advertencias en decenas de periódicos estadounidenses indicando que los barcos que ingresaran en aguas británicas corrían peligro.
Parecía imposible que Alemania se atreviera a hundir uno de los grandes símbolos del Atlántico británico.
Pero ocurrió.
Con el paso de los años apareció además otra revelación incómoda: el Lusitania transportaba municiones y material militar destinado al esfuerzo de guerra británico.
Londres negó aquello durante mucho tiempo porque admitirlo implicaba aceptar que un barco civil había sido utilizado parcialmente para fines militares.
Sin embargo, incluso aceptando ese hecho, el impacto político y moral del hundimiento fue devastador para Alemania.
Estados Unidos todavía no entró inmediatamente en la guerra, pero la opinión pública norteamericana comenzó a transformarse lentamente.
Dos años después, cuando Alemania retomó nuevamente la guerra submarina irrestricta, Washington declaró finalmente la guerra en 1917.
El Lusitania se convirtió así en uno de los grandes símbolos del colapso moral de la vieja Europa.
Porque la Primera Guerra Mundial no fue solamente un conflicto militar.
Fue el suicidio colectivo de una civilización que se consideraba a sí misma la cúspide de la cultura humana.
La Alemania del káiser Wilhelm II soñaba con convertirse en potencia dominante mundial.
El Imperio Británico defendía sus rutas marítimas y colonias planetarias.
Francia buscaba revancha desde la derrota de 1871 en la Franco-Prussian War.
Rusia expandía su influencia sobre los Balcanes mientras el Imperio Austrohúngaro intentaba sobrevivir como estructura multinacional en decadencia.
Todos estaban atrapados en una mezcla de nacionalismo, orgullo imperial y fe ciega en el poder militar.
El historiador británico A. J. P. Taylor escribió una vez que las naciones europeas entraron en la Primera Guerra Mundial “como sonámbulos”, incapaces de comprender la magnitud de la catástrofe hacia la cual caminaban.
Décadas más tarde, la historiadora Barbara Tuchman describió aquellos días previos a 1914 como “la marcha de la locura”, una combinación de orgullo nacional, alianzas automáticas y ceguera política que convirtió un asesinato en Sarajevo en una guerra planetaria.
Y entonces apareció la tecnología moderna multiplicando la capacidad destructiva del ser humano: submarinos, gases tóxicos, ametralladoras, ferrocarriles militares, fábricas de armamentos y artillería industrial.
El hundimiento del Lusitania mostró algo aterrador: la guerra moderna ya no distinguía claramente entre combatientes y civiles.
El océano mismo se convirtió en un espacio invisible de muerte instantánea.
Después vendrían Battle of Verdun, el Battle of the Somme, Bombing of Dresden, Atomic bombings of Hiroshima and Nagasaki y The Holocaust.
La civilización industrial europea terminó utilizando su ciencia y su técnica para perfeccionar la destrucción masiva.
Y allí aparece la gran contradicción alemana.
Alemania produjo algunos de los mayores genios de Occidente: Johann Wolfgang von Goethe, Ludwig van Beethoven, Albert Einstein y Immanuel Kant.
Pero también desarrolló uno de los militarismos más disciplinados y destructivos de la historia moderna.
El filósofo alemán Oswald Spengler veía ya antes del ascenso nazi una Europa agotada espiritualmente, dominada por la técnica, el poder y la decadencia moral.
Y el escritor francés Paul Valéry dejó quizás una de las frases más estremecedoras después de la Primera Guerra Mundial:
“Nosotras, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales”.
Europa descubrió entonces que podía suicidarse.
Y aun así, un siglo después, continúan reapareciendo las viejas tensiones: expansión militar, discursos nacionalistas, amenazas nucleares, sanciones económicas, demonización del adversario y una nueva carrera armamentística que vuelve a dividir al continente.
Después de 1945, Europa juró que nunca volvería a recorrer aquel camino.
Sin embargo, observando hoy las tensiones militares, los discursos de confrontación, la expansión armamentística y las nuevas rivalidades geopolíticas, a veces da la impresión de que el continente sigue atrapado en los mismos fantasmas históricos.
Como si las ruinas de dos guerras mundiales no hubieran sido suficientes.
Como si el recuerdo de millones de muertos todavía no bastara para comprender que las guerras modernas comienzan siempre envueltas en patriotismo, himnos y discursos morales… pero terminan inevitablemente entre cadáveres, ciudades destruidas y generaciones enteras preguntándose cómo fue posible tanta locura humana.
