Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay documentos que no solo describen la historia: la fabrican.
Hay reuniones que no producen actas para archivar, sino fronteras para imponer.
Y hay mapas que parecen dibujos inocentes sobre papel envejecido, pero que en realidad contienen siglos de guerras, desplazamientos, traiciones, promesas incumplidas y resentimientos que aún no terminan de extinguirse.
Hay un mapa que pertenece a esa categoría.

No es simplemente una curiosidad cartográfica de la Primera Guerra Mundial.
Es una de las piezas documentales más decisivas del siglo XX.
Allí, sobre líneas trazadas con lápices diplomáticos en oficinas lejanas, se anticipó buena parte del drama contemporáneo del Medio Oriente.
El 16 de mayo de 1916, en plena Primera Guerra Mundial, cuando Europa se desangraba en Verdún y en el Somme, mientras millones de jóvenes morían en trincheras fangosas por imperios que empezaban a agonizar, dos diplomáticos se reunieron en secreto para repartirse territorios que todavía no habían conquistado formalmente.
Uno era el británico Sir Mark Sykes, aristócrata, parlamentario, experto en asuntos orientales según los criterios de Londres.
El otro era el francés François Georges-Picot, diplomático experimentado y hombre de la tradición colonial francesa.
Lo que negociaron no fue una mediación de paz, ni un acuerdo entre pueblos soberanos, ni una conferencia internacional con representantes de las poblaciones afectadas.
Fue un reparto imperial.
El paciente a repartir era el Imperio Otomano, aquel vasto cuerpo político que durante siglos había dominado Anatolia, Mesopotamia, Siria, Palestina y la península arábiga, pero que en 1916 ya mostraba signos inequívocos de agotamiento.
Los europeos lo llamaban con desprecio “el hombre enfermo de Europa”, aunque todavía conservaba capacidad militar suficiente para incomodar a británicos, franceses y rusos.
El cálculo de Londres y París era sencillo: si el imperio caía, había que asegurarse el botín antes de que otros llegaran.
Ese mapa es brutalmente elocuente.
La zona azul correspondía al predominio francés: Siria costera, Líbano y una amplia zona de influencia hacia el interior.
La zona rojiza reservaba el predominio británico sobre Mesopotamia meridional y corredores estratégicos hacia el Golfo Pérsico.
Palestina quedaba sometida a una administración internacional especial, precisamente porque su sensibilidad religiosa la convertía en un problema demasiado delicado para una apropiación unilateral inmediata.
Nada en ese diseño obedecía a identidades nacionales, afinidades tribales, continuidades históricas o realidades confesionales locales.
Era geopolítica imperial en estado puro.
Pero la verdadera dimensión del engaño aparece cuando se observa lo que ocurría simultáneamente detrás de otros escritorios.
Mientras Sykes y Picot dibujaban líneas secretas, Londres mantenía otra conversación completamente distinta con los árabes.
En la correspondencia Hussein-McMahon, entre 1915 y 1916, los británicos alimentaban la expectativa de apoyar una gran independencia árabe si los pueblos árabes se rebelaban contra los turcos otomanos.
Era una promesa políticamente útil: convertir a los árabes en aliados de guerra contra Estambul.
En otras palabras, mientras una mano prometía libertad, la otra preparaba colonización.
Y todavía habría una tercera promesa.
En 1917 llegaría la Declaración Balfour, mediante la cual Gran Bretaña apoyaría la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina.
Así, sobre el mismo territorio, coexistían tres compromisos incompatibles: independencia árabe, reparto anglo-francés y promesa sionista.
No hacía falta ser profeta para prever el conflicto.
Cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en 1917 y divulgaron documentos secretos de la diplomacia zarista, el Acuerdo Sykes-Picot salió a la luz.
La indignación en el mundo árabe fue comprensible.
Quedó al descubierto que mientras miles de combatientes árabes luchaban contra los turcos creyendo en la palabra británica, Londres ya había negociado su futuro con París.
Fue uno de los grandes actos de duplicidad diplomática del siglo XX.
Sin embargo, sería intelectualmente cómodo —y por tanto incompleto— atribuir todos los males actuales del Medio Oriente únicamente a Sykes-Picot.
La historia nunca funciona con explicaciones monocausales. Ese acuerdo fue una semilla decisiva, sí, pero no la única.
También intervinieron la posterior arquitectura de mandatos coloniales impuesta por la Sociedad de Naciones, la formación artificial de Irak uniendo poblaciones suníes, chiíes y kurdas con historias y lealtades distintas, el nacionalismo árabe, el colapso del equilibrio otomano, la emergencia del proyecto sionista, la creación del Estado de Israel en 1948, las guerras árabe-israelíes, la instrumentalización regional de identidades religiosas, la Guerra Fría, la revolución iraní de 1979, las intervenciones estadounidenses, la destrucción del Estado iraquí tras 2003 y la posterior explosión yihadista.
Pero incluso admitiendo toda esa complejidad, Sykes-Picot sigue siendo el momento fundacional de una lógica política: la idea de que el Medio Oriente podía ser diseñado desde afuera.
Ese error conceptual ha sobrevivido durante más de un siglo.
Washington lo heredó de Londres y París.
Moscú aprendió a jugar el mismo tablero.
Las potencias regionales lo adaptaron.
Turquía, Irán, Israel, Arabia Saudita y otros actores contemporáneos siguen operando, de formas distintas, dentro del legado de fronteras artificiales y equilibrios forzados nacidos de aquella cartografía imperial.
Hay algo casi obsceno en observar hoy ese mapa amarillento.
Las líneas parecen simples.
La tinta luce inofensiva.
Pero detrás de esos trazos hubo pueblos enteros convertidos en variables estratégicas.
El kurdo no fue consultado.
El árabe de Damasco no fue consultado.
El notablato palestino no fue consultado.
Los chiíes mesopotámicos no fueron consultados.
Los cristianos orientales tampoco.
La historia fue escrita desde despachos imperiales con la convicción de que los pueblos eran piezas movibles.
El siglo XXI todavía paga esa arrogancia.
Cuando ISIS, en pleno auge, proclamó que destruía “las fronteras de Sykes-Picot”, estaba explotando precisamente ese símbolo histórico del orden impuesto.
Cuando Siria se fragmentó en zonas de influencia extranjeras, el eco era evidente.
Cuando Irak mostró la fragilidad de su cohesión interna, también.
Cuando Palestina siguió siendo el nudo irresuelto del sistema, otra vez aparecía la sombra de aquellas decisiones.
No todo comenzó allí. Pero allí comenzó mucho.
Lo extraordinario de la historia es que a veces una guerra futura puede caber en una línea trazada con regla sobre un mapa viejo.
Y eso fue exactamente Sykes-Picot.
