Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay personas cuya biografía parece escrita únicamente por sus méritos personales.
Otras, en cambio, representan el punto de encuentro de varias corrientes de la historia.
Tal es el caso de Bárbara Jatta, directora de los Museos Vaticanos desde enero de 2017 por nombramiento del papa Francisco.

Su trayectoria profesional es brillante por sí misma, pero adquiere una dimensión aún mayor cuando se descubre que detrás de ella confluyen la tragedia de la Revolución rusa, la tradición artística italiana, la historia de la nobleza europea y la extraordinaria vocación de la Iglesia Católica por custodiar el patrimonio universal de la humanidad.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a Bárbara Jatta durante mi misión como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede.
Nuestra conversación tuvo lugar en los Museos Vaticanos, bajo la mirada serena del Augusto de Prima Porta, una de las esculturas más célebres de la antigüedad clásica.
Aquella fotografía conserva hoy un significado especial. No era simplemente el encuentro entre un diplomático y una funcionaria vaticana.
Era el diálogo entre dos personas comprometidas con la preservación de la memoria histórica y cultural de los pueblos.
Durante aquellos años, la Residencia Diplomática de la Embajada Dominicana funcionaba en Via di Porta Angelica 63, a pocos pasos de la Plaza de San Pedro y de los Museos Vaticanos.
Desde allí se desarrollaron numerosas iniciativas culturales que fortalecieron la presencia dominicana ante la Santa Sede.
Una de las más importantes fue la colocación, en 2016, del mosaico de Nuestra Señora de la Altagracia en los Jardines Vaticanos, obra realizada por la firma italiana Arte Poli y bendecida posteriormente por el papa Francisco.
Aquella experiencia permitió comprender que el Vaticano no es únicamente el centro espiritual del catolicismo; constituye también uno de los mayores custodios del patrimonio artístico de la civilización occidental.
La historia familiar de Bárbara Jatta ayuda a explicar esa vocación.
Su abuelo fue Andrea Busiri Vici, uno de los arquitectos italianos más distinguidos del siglo XX.
Pertenecía a una familia cuya tradición arquitectónica se remonta al siglo XVIII. Numerosos edificios públicos, iglesias, villas y residencias italianas llevan la firma de varias generaciones de los Busiri Vici, convertidos en uno de los apellidos más respetados de la arquitectura romana.
Su abuela fue la pintora rusa Assia Olsufiev, nacida en 1906 dentro de una antigua familia aristocrática del Imperio ruso.
La Revolución bolchevique de 1917 cambió para siempre el destino de aquella familia.
Como miles de miembros de la nobleza, los Olsufiev abandonaron Rusia y, tras un largo viaje por Europa, llegaron a Florencia en 1919, llevando consigo apenas lo indispensable para comenzar una nueva vida.
Entre aquellos jóvenes refugiados se encontraban Assia, su hermana Daria y otros miembros de la familia. Italia se convirtió en su nueva patria.
En 1928 Assia se trasladó definitivamente a Roma y contrajo matrimonio con Andrea Busiri Vici. La unión simbolizaba el encuentro entre dos grandes tradiciones culturales: la aristocracia intelectual rusa y la arquitectura clásica italiana.
La hermana de Assia, Daria Olsufiev, también fijó residencia en Roma. Contrajo matrimonio con Junio Valerio Borghese, figura que décadas más tarde alcanzaría notoriedad internacional por su participación en el fallido intento de golpe de Estado de diciembre de 1970.
Sin embargo, Daria no vivió aquellos acontecimientos. Falleció en 1963 en un accidente automovilístico. Había desarrollado una importante labor intelectual y escribió una obra dedicada a Nikolái Gógol y a Zinaída Volkónskaia, una distinguida antepasada de la familia.
Andrea Busiri Vici construyó para su esposa y sus hijos una residencia en Fregene, cerca de Roma, conocida como La Busiriana.
Aquella villa constituye una magnífica expresión de la arquitectura racionalista italiana adaptada al paisaje mediterráneo.
Fotografías de la época muestran a Assia caminando por sus jardines, rodeada de una serenidad que difícilmente permitía imaginar el dramático exilio vivido apenas dos décadas antes.
De ese matrimonio nació María Cristina Busiri Vici, también pintora, quien contrajo matrimonio con el abogado pugliese Francesco Jatta.
La familia Jatta poseía igualmente una tradición extraordinaria. Desde el siglo XIX había reunido una de las colecciones arqueológicas privadas más importantes del sur de Italia.
Su palacio de Ruvo di Puglia terminó convirtiéndose en el actual Museo Arqueológico Nacional Jatta, referencia obligada para el estudio de la Magna Grecia.
Las hijas de Francesco Jatta y María Cristina continuaron esa vocación cultural. Fabiola Jatta se dedicó a la restauración de obras de arte; Alessandra Jatta escribió diversos estudios sobre la historia familiar; y Bárbara Jatta, nacida en Roma en 1962, orientó toda su vida profesional hacia la conservación del patrimonio artístico.
Especializada en historia del arte, grabados antiguos y conservación documental, desarrolló durante décadas una destacada carrera dentro de la Biblioteca Apostólica Vaticana antes de asumir responsabilidades cada vez mayores en los Museos Vaticanos.
El 20 de diciembre de 2016 el papa Francisco anunció su nombramiento como directora, cargo que asumió oficialmente en enero de 2017, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir de forma permanente una institución que recibe cada año a millones de visitantes procedentes de todos los continentes.
Su gestión ha coincidido con algunos de los mayores desafíos de la historia reciente de los museos.
La pandemia obligó al cierre temporal de las colecciones.
Posteriormente regresó el turismo masivo, fenómeno que ha obligado a repensar la protección del patrimonio.
No por casualidad Bárbara Jatta participó junto a los directores del Louvre, el Prado, la National Gallery y el Hermitage en reuniones celebradas en el Vaticano para advertir sobre los riesgos que representa la saturación turística para los grandes museos del mundo.
Ese debate posee hoy enorme actualidad. La conservación del patrimonio ya no consiste únicamente en restaurar pinturas o esculturas. Implica administrar cuidadosamente el acceso de millones de visitantes sin poner en peligro obras irrepetibles que pertenecen a toda la humanidad.
Cuando observo la fotografía que conservo junto a Bárbara Jatta recuerdo, además, que la diplomacia también se ejerce a través de la cultura.
Los acuerdos políticos suelen ocupar los titulares; sin embargo, las relaciones entre las naciones también se construyen mediante la confianza entre instituciones académicas, museos, universidades, archivos y bibliotecas.
Durante mis años de servicio en Roma comprobé que los Museos Vaticanos constituyen uno de los grandes espacios donde convergen la fe, la historia, la arqueología, la belleza y la memoria de la humanidad.
Allí conviven Egipto, Grecia, Roma, el Renacimiento, Miguel Ángel, Rafael y los innumerables pueblos cuyas obras encontraron refugio bajo la protección de la Santa Sede.
La biografía de Bárbara Jatta resume admirablemente esa continuidad histórica. Nieta de refugiados rusos, descendiente de arquitectos italianos, heredera de una familia de artistas y arqueólogos, llegó a dirigir una de las instituciones culturales más importantes del planeta. Su historia demuestra que las grandes tragedias de la historia pueden transformarse, con el paso de las generaciones, en un legado de conocimiento, belleza y servicio universal.
Fuentes consultadas: publicación de Filippo Neri en Facebook sobre la familia Jatta–Busiri Vici–Olsufiev; Musei Vaticani; Biblioteca Apostolica Vaticana; Museo Archeologico Nazionale Jatta (Ministero della Cultura de Italia); Istituto Luce; documentación histórica sobre la familia Busiri Vici; archivos biográficos sobre la familia Olsufiev y testimonios personales del autor durante su misión diplomática ante la Santa Sede (2009-2020).
