Por José Manuel Jerez
En toda competencia política existe una batalla que precede a la disputa por los votos: la batalla por la percepción. Mucho antes de que los ciudadanos acudan a las urnas, los actores políticos intentan instalar una narrativa sobre quién puede ganar y quién está condenado a perder. Esa construcción psicológica constituye uno de los instrumentos más poderosos de la comunicación política contemporánea. No es casual que la ciencia política y la psicología electoral dediquen creciente atención a fenómenos como el efecto underdog, el efecto top dog y el denominado voto útil. Quien domine esa dimensión intangible de la competencia habrá recorrido buena parte del camino hacia la victoria.
A partir de mañana lunes 29 de junio, publicaremos en “El Nuevo Diario” una serie de seis (6) artículos consecutivos, donde haremos un análisis más profundo y detallado de estos fenómenos.
Durante los últimos meses, algunos sectores han insistido en proyectar la idea de que el liderazgo de Leonel Fernández pertenece al pasado o que su ciclo político habría concluido definitivamente. Sin embargo, esa narrativa parece responder más a un objetivo estratégico que a un análisis desapasionado de la realidad electoral. En política, desacreditar al adversario más competitivo constituye una técnica tan antigua como las propias democracias representativas. El propósito no siempre es convencer a los simpatizantes del oficialismo, sino desmoralizar a los electores independientes y fragmentar el voto opositor.
Existe un principio ampliamente estudiado por la teoría de la elección racional: los ciudadanos no votan únicamente por quien prefieren; también votan por quien consideran capaz de ganar. Esta lógica explica el comportamiento del denominado voto útil, mediante el cual millones de electores abandonan opciones ideológicamente cercanas para respaldar al candidato que perciben con mayores posibilidades reales de producir una alternancia en el poder. No se trata de un voto emocional, sino profundamente estratégico.
Precisamente por ello, el debate sobre el efecto underdog resulta, en gran medida, una falsa discusión cuando se analiza el caso dominicano. El underdog genera simpatía hacia quien enfrenta condiciones adversas; el top dog, en cambio, concentra el respaldo en quien inspira confianza para alcanzar la victoria. Las democracias competitivas muestran que, conforme se acerca la elección, el segundo fenómeno suele adquirir una importancia muy superior al primero. El ciudadano puede admirar al competidor desfavorecido, pero termina votando por quien considera verdaderamente capaz de gobernar.
En ese contexto, pretender presentar a Leonel Fernández como un candidato marginal constituye una contradicción política difícil de sostener. Tres veces presidente de la República, protagonista de una de las etapas de mayor transformación institucional y modernización económica del país, con amplio reconocimiento internacional y líder de la principal fuerza opositora organizada, resulta conceptualmente incompatible con la definición clásica de un underdog. Su principal fortaleza no descansa en despertar compasión, sino en proyectar capacidad de gobierno, experiencia de Estado y credibilidad administrativa.
Paradójicamente, quienes más empeño ponen en minimizar su competitividad terminan revelando, quizás involuntariamente, la verdadera dimensión de su liderazgo. La historia electoral demuestra que las campañas negativas rara vez se concentran sobre candidatos irrelevantes. Los mayores esfuerzos de descalificación suelen dirigirse precisamente contra aquellos adversarios que representan el principal riesgo para la permanencia del poder establecido. En términos estratégicos, nadie desperdicia recursos intentando derrotar a quien no considera una amenaza.
La experiencia comparada confirma este comportamiento. En numerosas democracias, desde Europa hasta América Latina, los oficialismos han intentado instalar durante meses la percepción de invencibilidad propia y de inviabilidad de sus principales adversarios. Sin embargo, cuando la ciudadanía comienza a identificar claramente al competidor con mayores posibilidades de triunfo, se produce un fenómeno de concentración electoral que modifica radicalmente el equilibrio de fuerzas. La campaña deja entonces de girar alrededor de preferencias individuales para convertirse en una disputa entre continuidad y alternancia.
Este fenómeno adquiere especial importancia en sistemas presidenciales con segunda vuelta o con una alta polarización política. A medida que disminuyen las opciones reales de victoria de las candidaturas menores, el electorado tiende a reagruparse alrededor de quienes aparecen como los dos polos efectivos de la competencia. Es entonces cuando emerge con toda su fuerza el llamado efecto top dog: la percepción de viabilidad comienza a generar más apoyo, y ese apoyo, a su vez, fortalece aún más la percepción de viabilidad. Se produce así un círculo virtuoso de legitimación electoral.
Por esa razón, la verdadera batalla política hacia 2028 no será determinar quién logra despertar mayor simpatía mediática, ni quién consigue dominar las redes sociales durante algunos días. El desafío consistirá en consolidar una convicción colectiva: identificar cuál candidatura representa la alternativa más sólida, más experimentada y con mayores posibilidades reales de conducir una alternancia democrática. En ese terreno, la trayectoria institucional, la experiencia gubernamental y la capacidad de liderazgo adquieren un valor que difícilmente puede ser sustituido por campañas de imagen o fenómenos coyunturales.
Al mismo tiempo, la oposición enfrenta un reto adicional. La fragmentación siempre beneficia al oficialismo. Cada candidatura que alimenta expectativas imposibles de materializar puede contribuir, consciente o inconscientemente, a dispersar un caudal electoral que, concentrado estratégicamente, tendría una capacidad competitiva mucho mayor. La ciencia política denomina a este fenómeno “coordinación electoral”: cuando los electores perciben cuál es la opción más viable, tienden progresivamente a concentrar en ella su apoyo para maximizar las probabilidades de éxito.
Desde esta perspectiva, la pregunta decisiva no es si Leonel Fernández puede beneficiarse del efecto underdog. La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿quién posee hoy las condiciones objetivas para convertirse en el receptor natural del voto útil de toda la oposición dominicana? Esa interrogante desplaza el debate desde el terreno de las emociones hacia el de la racionalidad estratégica, donde las decisiones electorales suelen adquirir su mayor peso.
En definitiva, las elecciones presidenciales rara vez son ganadas por quien consigue construir la narrativa más emotiva. Las gana quien logra instalar en la conciencia colectiva la convicción de que representa la opción políticamente viable para gobernar. En política, la percepción termina convirtiéndose en realidad. Y cuando una mayoría de ciudadanos concluye que un candidato puede ganar, comienza a producirse el fenómeno más poderoso de todos: cada nuevo respaldo fortalece la expectativa de victoria, y cada expectativa de victoria atrae nuevos respaldos. Esa dinámica, más que cualquier efecto psicológico aislado, ha decidido algunas de las elecciones más importantes de la historia contemporánea.
