Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En vísperas del 250 Aniversario de los Estados Unidos una encuesta está explicando mejor ese país que un discurso presidencial.

Los discursos pueden responder a la estrategia política del momento; las encuestas, cuando provienen de instituciones con el prestigio de Gallup, suelen revelar transformaciones profundas que ya están ocurriendo en la sociedad.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en vísperas del 250.º aniversario de la independencia de los Estados Unidos.
Desde el Monte Rushmore, uno de los escenarios más simbólicos de la historia norteamericana, el presidente Donald Trump lanzó un mensaje que muchos calificaron inmediatamente como una pieza más de su habitual retórica política.

Frente a los rostros esculpidos de George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln, Trump afirmó que Estados Unidos enfrenta un “resurgimiento de la amenaza comunista” y prometió que su país “nunca será una nación comunista”.
Trump vinculó al Partido Demócrata con esas ideas. Relacionó ese “peligro” con el avance de candidatos identificados con el socialismo democrático en recientes elecciones primarias y con algunos inmigrantes que, según sus palabras, abrazan ideas contrarias a la tradición política estadounidense.
Muchos comentaristas interpretarán estas declaraciones únicamente como un discurso electoral dirigido a fortalecer la base republicana antes de las elecciones legislativas de noviembre.
Esa explicación, sin embargo, resulta insuficiente cuando se examina un dato que ha pasado relativamente inadvertido y que, personalmente, considero mucho más revelador.
Ese dato proviene de Gallup.
Confieso que la encuesta me sorprendió.
Durante buena parte del siglo XX resultaba prácticamente impensable que una proporción significativa de los estadounidenses expresara simpatía por el socialismo.
Después de la Segunda Guerra Mundial y durante toda la Guerra Fría, Estados Unidos construyó buena parte de su identidad nacional alrededor de la defensa de la democracia liberal, la propiedad privada, la economía de mercado y el rechazo explícito al comunismo soviético.
Hoy ese panorama comienza a mostrar cambios que pocos habrían imaginado hace apenas una generación.
Gallup registró que solo el 54 % de los estadounidenses mantiene una opinión favorable del capitalismo, mientras el 39 % expresa una opinión favorable del socialismo.

Pero el dato verdaderamente extraordinario aparece al observar el comportamiento político interno: entre los votantes del Partido Demócrata, el 66 % manifiesta una opinión favorable hacia el socialismo.
Ese porcentaje parece darle motivos a Trump y constituye una de las transformaciones culturales más importantes de la política estadounidense contemporánea.
Naturalmente, conviene precisar los términos.
No todos los ciudadanos que responden favorablemente al socialismo están pensando en el marxismo-leninismo, en la antigua Unión Soviética o en la China de Mao Zedong.
Muchos identifican el término con el llamado “socialismo democrático”, inspirado en los modelos de bienestar social desarrollados por algunos países europeos.
Sin embargo, las palabras tienen consecuencias políticas.
Las generaciones que comienzan aceptando determinadas ideas terminan modificando las prioridades de los partidos políticos, las políticas públicas, los programas universitarios, el contenido de los medios de comunicación y, finalmente, las propias instituciones del Estado.
Ese proceso parece estar ocurriendo en los Estados Unidos.
No es casual que, durante las últimas semanas, varios candidatos identificados con el ala más progresista del Partido Demócrata, incluidos algunos que se definen como socialistas democráticos, hayan obtenido importantes victorias en elecciones primarias celebradas en Nueva York, Colorado y otros estados.
Para Trump, esos resultados constituyen la demostración de que existe una transformación ideológica que ya no puede considerarse marginal.
Es precisamente aquí donde el discurso pronunciado en el Monte Rushmore adquiere una dimensión distinta.
Trump no estaba únicamente criticando determinadas propuestas económicas.
Estaba intentando recuperar un lenguaje político que parecía haber desaparecido con el derrumbe de la Unión Soviética.
Al hablar nuevamente del comunismo, procura presentar la elección legislativa de noviembre como una confrontación entre dos modelos de sociedad: uno basado en el capitalismo constitucional que, según él, dio origen a la grandeza estadounidense, y otro que identifica con un creciente intervencionismo estatal y con ideas socialistas.
Podrá discutirse si esa caracterización describe con precisión al actual Partido Demócrata. Es una discusión legítima.
Pero lo que ya no parece discutible es que el cambio cultural registrado por Gallup ofrece un contexto completamente nuevo para entender la estrategia política de Trump.
Existe además un segundo elemento que amplía todavía más el alcance del debate.
Mientras internamente aumenta la simpatía hacia determinadas ideas socialistas, Estados Unidos mantiene una creciente confrontación estratégica con la República Popular China.
Desde hace varios años, las agencias federales estadounidenses vienen advirtiendo sobre operaciones de espionaje tecnológico, influencia política y penetración económica atribuidas al Partido Comunista Chino.
De esta manera, el término “comunismo” vuelve a aparecer simultáneamente en dos escenarios: como referencia al principal adversario geopolítico de Washington y como elemento del debate ideológico interno.
No deja de ser una ironía histórica.
Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y desapareció la Unión Soviética dos años después, numerosos intelectuales proclamaron que la gran confrontación ideológica había terminado para siempre.
Se habló incluso del “fin de la historia”.
Parecía que el capitalismo liberal había quedado definitivamente consolidado como el modelo dominante del mundo occidental.
Treinta y cinco años después, el presidente de los Estados Unidos vuelve a pronunciar un discurso anticomunista desde uno de los monumentos más emblemáticos de la nación precisamente cuando el país celebra los doscientos cincuenta años de su independencia.
Quizá muchos consideren exagerado el lenguaje utilizado por Trump.
Pero la encuesta de Gallup obliga a mirar con mayor atención una realidad que ya no puede ignorarse.
Por primera vez en muchas décadas, una parte significativa de los estadounidenses manifiesta simpatía hacia el socialismo.
Más aún, dentro del electorado demócrata esa simpatía alcanza una mayoría clara.
Ese dato explica por qué un discurso que hace veinte años habría parecido una simple evocación de la Guerra Fría hoy encuentra una audiencia receptiva.
Las campañas electorales pasan.
Las encuestas también.
Pero algunas de ellas revelan cambios históricos.
La de Gallup pertenece, sin duda, a esa categoría.
Y debo admitir que pocas cifras recientes me han sorprendido tanto como descubrir que dos de cada tres votantes demócratas expresan hoy una opinión favorable hacia el socialismo.
Ese dato, más que cualquier consigna de campaña, constituye la verdadera noticia.
