
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante muchos años los gobiernos de las principales economías del mundo pudieron endeudarse casi sin sentir inmediatamente el peso de sus deudas.
Las tasas de interés descendieron durante décadas y, después de la crisis financiera de 2008, los bancos centrales llevaron el costo del dinero a niveles extraordinariamente bajos. En algunos países europeos y en Japón llegaron incluso a existir tasas negativas.
Aquella situación excepcional terminó pareciendo normal.
No lo era.
Y los mercados internacionales están comenzando a recordarlo.
El Financial Times informó este martes 18 de agosto de 2026 que los costos de endeudamiento a largo plazo de varias de las principales economías han alcanzado niveles no vistos durante décadas. El rendimiento del bono del Tesoro de Estados Unidos a treinta años llegó hasta 5.34 por ciento, su nivel más alto desde 2007. En el Reino Unido, el rendimiento equivalente se aproximó al 5.86 por ciento. Francia llegó alrededor de 4.9 por ciento; Alemania, a 3.78 por ciento; y Japón, durante décadas paradigma mundial del dinero barato, vio su rendimiento a treinta años acercarse al 4.16 por ciento.
La tentación inmediata sería atribuir esta subida a la guerra entre Estados Unidos e Irán, a las tensiones en el Estrecho de Ormuz y al consecuente encarecimiento del petróleo.
Sería una explicación insuficiente.
La guerra no es la causa fundamental de lo que está ocurriendo.
Puede agravarlo. Puede acelerarlo. Puede introducir nuevas presiones inflacionarias mediante el petróleo y la energía. Pero el problema comenzó mucho antes de que apareciera esta crisis.
Lo que estamos contemplando es una transformación estructural del sistema financiero internacional.
El final de una época
Para comprenderla hay que regresar varias décadas.
Desde comienzos de los años ochenta, los tipos de interés de largo plazo comenzaron una prolongada tendencia descendente en buena parte del mundo desarrollado. Hubo interrupciones, naturalmente, pero la dirección histórica fue suficientemente clara.
Después llegó la crisis financiera mundial de 2008.
Para evitar una depresión, la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y posteriormente otros bancos centrales aplicaron políticas monetarias extraordinarias. Las tasas de referencia descendieron prácticamente a cero y los bancos centrales compraron enormes cantidades de bonos mediante los programas conocidos como quantitative easing.
El dinero se hizo extraordinariamente barato.
Los gobiernos descubrieron que podían endeudarse pagando intereses mínimos.
Las empresas hicieron lo mismo.
Los mercados financieros se acostumbraron a una abundancia gigantesca de liquidez.
Y durante un tiempo pareció que aquel mundo podía durar indefinidamente.
La pandemia de 2020 llevó esa política todavía más lejos. Los gobiernos necesitaron financiar enormes programas de emergencia mientras los bancos centrales volvieron a inundar los mercados de liquidez.
Entonces llegó la inflación.
Y comenzó a cambiar todo.
La deuda que parecía barata dejó de serlo
Aquí se encuentra uno de los grandes problemas económicos de nuestro tiempo.
Una deuda enorme puede parecer perfectamente manejable mientras el interés que se paga por ella sea muy reducido.
Pero la misma deuda adquiere una naturaleza completamente diferente cuando debe refinanciarse a tasas del 4, 5 o 6 por ciento.
Estados Unidos constituye el ejemplo más importante.
Su deuda federal se aproxima a los 40 billones de dólares —trillion en la terminología estadounidense— y el gobierno continúa registrando déficits fiscales considerables.
Durante años el debate político se concentró fundamentalmente en el tamaño de esa deuda.
Ahora aparece otra pregunta igualmente importante:
¿Cuánto costará financiarla?
Cuando vence un bono emitido hace diez, veinte o treinta años, el gobierno normalmente necesita emitir otro para sustituirlo. Si el bono anterior pagaba un interés muy reducido y el nuevo debe ofrecer 5 por ciento o más, el costo fiscal aumenta aunque el gobierno no incremente un solo dólar de gasto público.
Esa aritmética puede terminar transformándose en uno de los grandes problemas presupuestarios de las próximas décadas.
Y Estados Unidos no está solo.
Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y otras economías desarrolladas afrontan diferentes combinaciones de deuda pública, envejecimiento poblacional, mayores necesidades de defensa, inversiones energéticas, infraestructura y sistemas de seguridad social cada vez más costosos.
Todos necesitan dinero.
Y todos acuden, directa o indirectamente, al mismo mercado mundial de capitales.
Los inversionistas vuelven a exigir que les paguen
Durante la era del dinero barato, los gobiernos tuvieron una ventaja extraordinaria: existía una demanda enorme de bonos soberanos incluso cuando sus rendimientos eran muy reducidos.
Ahora la relación está cambiando.
Los inversionistas comienzan a exigir mayor compensación para prestar dinero durante treinta años.
Tiene sentido.
Quien compra hoy un bono a treinta años está aceptando entregar su dinero hasta mediados de la década de 2050.
¿Qué inflación habrá entonces?
¿Cuál será la situación fiscal del país?
¿Cuánto valdrá realmente el dinero que recibirá?
¿Qué nuevas crisis aparecerán?
¿Qué cantidad adicional de bonos deberá absorber el mercado?
Todas esas incertidumbres tienen un precio.
Ese precio se llama rendimiento.
Y cuanto mayor sea la incertidumbre, mayor será la rentabilidad que los inversionistas exigirán.
El Financial Times cita a Vincent Mortier, director de inversiones de Amundi, señalando precisamente el creciente nerviosismo del mercado ante las trayectorias fiscales de países donde coinciden crecimiento mediocre, inflación persistente y pocas alternativas políticamente fáciles para corregir los déficits.
Ese diagnóstico es mucho más profundo que cualquier explicación basada exclusivamente en una guerra.
El petróleo agrava, pero no origina
Esto no significa que la situación internacional sea irrelevante.
El petróleo Brent volvió a superar los 90 dólares por barril, y una energía más cara puede prolongar las presiones inflacionarias.
La relación es bastante sencilla.
Sube el petróleo.
Aumentan los costos de transporte y producción.
Las empresas trasladan una parte de esos costos a los precios.
Las expectativas de inflación aumentan.
Los inversionistas exigen rendimientos superiores para mantener bonos de largo plazo.
Los bancos centrales encuentran mayores dificultades para reducir rápidamente las tasas de interés.
Por eso la crisis alrededor de Irán y del Estrecho de Ormuz puede acelerar el fenómeno.
Pero una cosa es el detonante coyuntural y otra muy diferente la causa estructural.
Si mañana desaparecieran completamente las tensiones en Ormuz y el petróleo volviera a bajar, Estados Unidos seguiría teniendo una deuda gigantesca.
Los déficits fiscales continuarían.
Europa seguiría necesitando mayores inversiones en defensa e infraestructura.
Japón continuaría enfrentando su enorme deuda pública y sus transformaciones demográficas.
Y las grandes empresas tecnológicas seguirían necesitando cantidades extraordinarias de capital.
Ahí está el problema.
Y entonces apareció la inteligencia artificial
Existe además una nueva fuerza que pocas veces incorporamos al análisis de las tasas de interés: la revolución de la inteligencia artificial también necesita financiación.
La IA no existe solamente dentro de las computadoras.
Necesita gigantescos centros de datos.
Necesita semiconductores.
Necesita redes eléctricas.
Necesita plantas de generación.
Necesita terrenos, sistemas de refrigeración, cables submarinos y nuevas infraestructuras.
Y todo eso cuesta dinero.
Muchísimo dinero.
Las grandes compañías tecnológicas están recurriendo crecientemente a los mercados de deuda para financiar una parte de esas inversiones.
Barclays estima, según los datos recogidos por el Financial Times, que las emisiones de deuda corporativa con grado de inversión podrían alcanzar un récord de 1.9 billones de dólares en 2026, frente a aproximadamente 1.44 billones el año anterior.
Esta cifra introduce una dimensión completamente nueva.
Los gobiernos necesitan emitir enormes cantidades de bonos para financiar sus déficits.
Al mismo tiempo, algunas de las empresas más poderosas del planeta necesitan emitir deuda para financiar la construcción de la infraestructura de la inteligencia artificial.
Ambos están buscando compradores.
Ambos necesitan ahorro.
Ambos compiten por capital.
Y cuando aumenta enormemente la oferta de deuda, los inversionistas pueden exigir mayores rendimientos para absorberla.
De esta manera, la inteligencia artificial —que normalmente analizamos como una revolución científica y tecnológica— comienza también a convertirse en una fuerza financiera.
China marcha en dirección contraria
Hay además una paradoja extraordinariamente reveladora.
Mientras aumentan los rendimientos de largo plazo en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, China está experimentando el fenómeno contrario.
Los rendimientos de sus bonos gubernamentales han estado descendiendo.
La explicación principal se encuentra en la debilidad de la economía china y en sus menores presiones inflacionarias.
Esto demuestra que no estamos simplemente ante una subida universal de las tasas de interés provocada por un acontecimiento internacional.
Estamos ante algo más complejo.
El sistema financiero mundial comienza a fragmentarse.
Las grandes economías están entrando en ciclos diferentes.
Estados Unidos combina déficits elevados, enorme emisión de deuda y fuertes necesidades de inversión.
Europa enfrenta sus propias restricciones fiscales y necesidades crecientes de gasto.
Japón abandona gradualmente décadas de excepcionalidad monetaria.
China intenta combatir fuerzas económicas mucho más cercanas a la desinflación.
Ya no existe un único ciclo financiero mundial.
La verdadera noticia
El gráfico publicado por el Financial Times permite observar algo que las cifras aisladas no muestran con la misma claridad.
Desde aproximadamente 2020 comenzó una ruptura.
Los rendimientos que habían descendido durante décadas empezaron a subir nuevamente.
Eso significa que probablemente estamos entrando en un régimen financiero diferente.
Durante años los gobiernos actuaron como si el dinero barato fuera prácticamente permanente.
No lo era.
Fue el producto de unas circunstancias históricas excepcionales: baja inflación, globalización, abundancia de ahorro, políticas monetarias extraordinarias y compras masivas de bonos por los bancos centrales.
Muchas de esas condiciones han cambiado.
Ahora existen enormes necesidades fiscales, mayores gastos militares, transición energética, envejecimiento demográfico, reconstrucción de cadenas industriales, competencia geopolítica y una revolución tecnológica que requiere inversiones gigantescas.
Todos quieren capital.
Y el capital vuelve a tener precio.
La guerra entre Estados Unidos e Irán puede empeorar las cosas. Ormuz puede elevar el petróleo. Una crisis energética puede reactivar la inflación y empujar todavía más hacia arriba los rendimientos.
Pero no confundamos el acelerador con el motor.
El verdadero problema estaba funcionando antes de la guerra.
Es la acumulación durante décadas de deuda, déficits y compromisos fiscales construidos bajo la presunción de que el dinero seguiría siendo barato.
Ahora el mundo está descubriendo que quizá no lo será.
Y esa transformación puede resultar económicamente más trascendental que muchas de las crisis que diariamente ocupan los titulares.
Porque cuando sube el precio del petróleo, pagamos más por la energía.
Pero cuando sube durante años el precio del dinero, cambia el costo de casi todo.
Cambian las hipotecas.
Cambian las inversiones empresariales.
Cambian los presupuestos públicos.
Cambia el valor de las empresas.
Cambia el costo de financiar infraestructuras.
Cambia la sostenibilidad de las deudas.
Y puede cambiar incluso la capacidad de los Estados para cumplir las promesas que hicieron durante la época del dinero barato.
La gran noticia de este 18 de agosto de 2026 no es simplemente que los bonos están cayendo.
Es que el mundo está volviendo a descubrir cuánto cuesta el dinero.
Fuente principal: Financial Times, Emily Herbert y Harriet Clarfelt, “Government borrowing costs hit multi-decade highs”, 18 de agosto de 2026; datos de mercado de LSEG y estimaciones de Barclays citados por el periódico.
