
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La rivalidad entre Estados Unidos y China ha entrado en una etapa mucho más compleja que aquella primera guerra comercial de aranceles, exportaciones e importaciones.
Ahora se disputa algo mayor.
Quién controlará las tecnologías fundamentales del siglo XXI.
Quién financiará el comercio internacional.
Por cuáles sistemas circularán los pagos.
Qué moneda utilizarán las empresas.
Quién dominará la inteligencia artificial.
Y, finalmente, cuánto tiempo podrá conservar el dólar la extraordinaria posición internacional que alcanzó después de la Segunda Guerra Mundial.
Dos acontecimientos recientes, aparentemente separados, permiten comprender la magnitud de esta transformación.
Por un lado, Estados Unidos y China han vuelto a intercambiar restricciones y sanciones económicas pocas semanas antes del esperado encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en septiembre.
Por otro, el Banco Popular de China acaba de autorizar al Deutsche Bank como banco de compensación del renminbi en Frankfurt, convirtiéndolo en el primer banco no chino de Europa autorizado para compensar y liquidar directamente transacciones en la moneda china.
Una noticia pertenece aparentemente a la geopolítica.
La otra parece pertenecer a las páginas financieras.
En realidad, hablan de la misma cosa.
La construcción gradual de dos espacios económicos, tecnológicos y financieros que competirán dentro de una economía mundial que durante décadas funcionó fundamentalmente alrededor de Estados Unidos y del dólar.
La pelea ya no es solamente comercial
CNN ha descrito la nueva escalada entre Washington y Beijing.
Estados Unidos ha prohibido la importación de nuevos robots humanoides —un sector donde China posee una creciente capacidad industrial—, sancionado empresas navieras chinas acusadas de transportar combustible iraní, incorporado más de cuarenta compañías chinas a listas restrictivas y colocado dos importantes universidades civiles en una lista del Pentágono.
Washington amenaza además con imponer nuevas medidas contra empresas chinas de inteligencia artificial.
China respondió.
Beijing sancionó empresas estadounidenses, reforzó los controles sobre exportaciones de drones y determinadas tecnologías hacia Estados Unidos, abrió investigaciones sobre ciertos equipos que utilizan programas extranjeros y suspendió procedimientos acelerados para la certificación de algunos productos estadounidenses destinados al mercado chino.
Pero hay algo particularmente significativo.
China ha calificado su propia reacción de contenida.
Eso significa que todavía existen armas económicas considerablemente más poderosas que Beijing ha preferido no utilizar.
Por ahora.
Las tierras raras
Entre ellas aparece una palabra que escucharemos cada vez con mayor frecuencia: tierras raras.
China conserva una posición extraordinariamente fuerte en el procesamiento mundial de estos minerales indispensables para numerosos productos tecnológicos y estratégicos.
Automóviles eléctricos.
Semiconductores.
Equipos militares.
Turbinas.
Robótica.
Electrónica avanzada.
Inteligencia artificial y centros de datos dependen indirectamente de cadenas industriales donde esos materiales resultan fundamentales.
Washington conoce perfectamente esa vulnerabilidad y está tratando de reducirla.
La Casa Blanca acaba también de imponer aranceles y mecanismos de precios sobre productos derivados del polisilicio, material esencial para semiconductores y paneles solares cuya producción mundial está fuertemente concentrada en China.
La guerra comercial está convirtiéndose así en una guerra por las materias primas y las cadenas de suministro.
Y ahora viene la inteligencia artificial
Pero probablemente el enfrentamiento decisivo será tecnológico.
Hace algunos años parecía existir una distancia considerable entre las empresas estadounidenses de inteligencia artificial y sus competidoras chinas.
Esa distancia se ha reducido.
Modelos desarrollados en China han comenzado a competir internacionalmente con productos de Silicon Valley y algunos están obteniendo una considerable penetración mundial.
Washington observa el fenómeno como una cuestión económica, tecnológica y de seguridad nacional.
Beijing lo contempla como una prueba fundamental de su capacidad para convertirse en potencia tecnológica independiente.
Por eso cualquier intento estadounidense de impedir internacionalmente la utilización de modelos chinos podría provocar una reacción mucho más severa.
Ya no estamos hablando simplemente de vender teléfonos o automóviles.
Estamos hablando de quién suministrará la inteligencia tecnológica sobre la cual funcionarán empresas, gobiernos, universidades, industrias y sistemas militares durante las próximas décadas.
Mientras tanto, China construye otra cosa
Aquí aparece la noticia del Financial Times.
Mientras Washington trata de limitar la expansión tecnológica china, Beijing continúa construyendo silenciosamente la infraestructura necesaria para ampliar la utilización internacional de su moneda.
El Banco Popular de China ha autorizado al Deutsche Bank para funcionar como banco compensador del renminbi en Frankfurt.
No es cualquier banco.
Es Deutsche Bank.
Y no es cualquier país.
Es Alemania.
China continúa siendo uno de los mercados exteriores fundamentales para la industria alemana. Aproximadamente cinco mil compañías alemanas operan allí, desde gigantes como Volkswagen y Siemens hasta las empresas medianas que constituyen el célebre Mittelstand industrial alemán.
La contradicción europea resulta fascinante.
El Gobierno alemán quiere disminuir determinadas dependencias estratégicas respecto de China.
Pero simultáneamente uno de sus principales bancos profundiza su integración con el sistema financiero chino.
La geopolítica intenta separar lo que medio siglo de globalización económica ha unido.
China construye las tuberías del renminbi
Para comprender lo que está ocurriendo debemos olvidarnos por un momento de los billetes.
Una moneda internacional necesita infraestructura.
Necesita bancos.
Sistemas de pagos.
Mercados de deuda.
Cámaras de compensación.
Crédito.
Liquidez.
Instituciones financieras capaces de utilizarla en numerosos países.
Son las tuberías por donde circula el dinero.
Estados Unidos posee desde hace décadas la red financiera más importante del planeta.
China está construyendo otra.
Deutsche Bank participa desde 2015 directamente en el Cross-Border Interbank Payment System, CIPS, el sistema chino desarrollado para facilitar pagos internacionales en renminbi y disminuir la dependencia de otras infraestructuras financieras.
La nueva autorización en Frankfurt amplía considerablemente esa conexión.
Una empresa europea podrá realizar operaciones comerciales con China utilizando directamente el renminbi.
Una empresa china podrá financiar determinadas inversiones europeas permaneciendo dentro de su propio ecosistema monetario.
Cada transacción puede parecer insignificante.
Millones de ellas dejan de serlo.
Los bonos también comienzan a hablar chino
Existe además otro fenómeno.
Las bajas tasas de interés chinas han estimulado a instituciones internacionales a endeudarse en renminbi.
Han aumentado las emisiones de los llamados panda bonds, deuda denominada en renminbi emitida por entidades extranjeras dentro de China.
También se han expandido los dim sum bonds, denominados igualmente en renminbi pero emitidos fuera de China, especialmente en Hong Kong.
Multinacionales e instituciones financieras internacionales han comenzado a utilizar estos instrumentos.
La internacionalización monetaria suele avanzar precisamente de esa manera.
Primero una moneda sirve para comprar.
Después sirve para vender.
Luego para financiar.
Posteriormente para endeudarse.
Finalmente puede convertirse en reserva de valor.
China conoce perfectamente esa secuencia.
Pero el dólar continúa siendo el rey
Conviene mantener las proporciones.
El dólar conserva una superioridad extraordinaria.
Domina las reservas internacionales.
Los mercados financieros estadounidenses poseen una profundidad y una liquidez que China todavía no puede ofrecer.
Los bonos del Tesoro continúan siendo uno de los principales refugios financieros internacionales.
Y Beijing mantiene controles sobre los movimientos de capital que limitan inevitablemente la internacionalización completa del renminbi.
Aquí existe una contradicción fundamental.
China quiere que el mundo utilice su moneda.
Pero no quiere renunciar completamente al control sobre ella.
Quiere internacionalizar el renminbi sin liberalizar completamente su sistema financiero.
Hasta dónde podrá llegar con ese modelo constituye una de las grandes preguntas económicas de nuestro tiempo.
Trump y Xi necesitan hablar precisamente porque compiten
Todo esto explica también la importancia de la esperada reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en septiembre.
La nueva cadena de sanciones podría complicarla.
Pero probablemente no impedirla.
Existe una diferencia importante respecto de otras épocas diplomáticas.
Una cumbre entre dos grandes potencias ya no necesariamente significa que sus relaciones sean buenas.
Puede significar exactamente lo contrario.
Trump y Xi necesitan hablar porque Estados Unidos y China están compitiendo simultáneamente en demasiados terrenos como para permitir que esa competencia quede completamente fuera de control.
Comercio.
Inteligencia artificial.
Semiconductores.
Robótica.
Tierras raras.
Energía.
Taiwán.
Cadenas de suministro.
Sistemas financieros.
Y monedas.
La diplomacia presidencial se convierte entonces en un mecanismo para administrar la rivalidad.
No para eliminarla.
El mundo de los dos sistemas
Tal vez ahí se encuentre la verdadera transformación.
Durante varias décadas después de la desaparición de la Unión Soviética pareció posible imaginar un único sistema económico mundial.
China fabricaba.
Estados Unidos consumía.
Europa comerciaba con ambos.
Las mercancías recorrían el planeta.
El dólar financiaba buena parte del sistema.
La tecnología estadounidense proporcionaba gran parte de su infraestructura.
Aquella época comienza a desaparecer.
No necesariamente porque vayamos hacia dos bloques completamente separados. Las interdependencias económicas son demasiado profundas para que semejante divorcio resulte sencillo.
Pero sí podemos encaminarnos hacia una economía internacional con dos ecosistemas parcialmente superpuestos y parcialmente rivales.
Uno organizado principalmente alrededor de Estados Unidos, el dólar y la tecnología norteamericana.
Otro progresivamente articulado alrededor de China, el renminbi, sus cadenas industriales y su creciente capacidad tecnológica.
Europa tendrá que convivir con ambos.
Y probablemente buena parte del mundo también.
Por eso la designación de Deutsche Bank en Frankfurt y las nuevas sanciones entre Washington y Beijing no son noticias separadas.
Son capítulos de una misma historia.
Estados Unidos intenta conservar las ventajas extraordinarias acumuladas durante ochenta años de supremacía económica, financiera y tecnológica.
China intenta construir las instituciones necesarias para no depender eternamente de ellas.
El dólar continúa siendo el rey.
Pero China ya no se limita a discutir con el rey.
Está construyendo su propia moneda, sus propias tecnologías, sus propias tuberías financieras y, poco a poco, su propio palacio.
