Las empresas de inteligencia artificial se lo chupan todo y más la deuda pública y la IA compiten por el dinero del mundo

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante muchos años nos acostumbramos a vivir en un mundo donde parecía existir dinero para todo. Los gobiernos podían endeudarse a tasas extraordinariamente bajas, las grandes empresas podían financiar inversiones gigantescas, los bancos centrales inundaban los mercados de liquidez y los inversionistas aceptaban prestar dinero durante diez, veinte y hasta treinta años a intereses que hoy parecen difíciles de imaginar.
Aquella época terminó.
Y lo que está ocurriendo ahora en los mercados internacionales de bonos permite comenzar a comprender la magnitud del cambio.
El Financial Times informó este martes 18 de agosto de 2026 que los costos de endeudamiento de largo plazo de varias de las principales economías han alcanzado niveles no vistos durante décadas. El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a treinta años llegó hasta 5.34 por ciento, su nivel más elevado desde 2007. El bono británico equivalente alcanzó aproximadamente 5.86 por ciento. Francia llegó alrededor de 4.9 por ciento; Alemania, 3.78 por ciento; y Japón, durante décadas el gran laboratorio mundial del dinero barato, vio sus rendimientos a treinta años alcanzar aproximadamente 4.16 por ciento, cerca de sus máximos históricos.
No estamos ante una simple oscilación de los mercados.
Estamos contemplando algo mucho más importante: el mundo vuelve a descubrir que el dinero tiene precio.
Y detrás de ese fenómeno aparece una competencia extraordinaria por el capital mundial.
Los gobiernos necesitan cantidades cada vez mayores para financiar deudas acumuladas durante décadas, déficits presupuestarios, defensa, pensiones, salud, infraestructura y transición energética.
Pero simultáneamente ha aparecido otro gigantesco consumidor de capital.
La inteligencia artificial.
Y las cifras comienzan a ser extraordinarias.
Las empresas de inteligencia artificial se lo chupan todo y más
La expresión puede parecer coloquial, pero describe bastante bien la magnitud económica del fenómeno.
La inteligencia artificial no solamente consume información.
Consume capital.
Consume electricidad.
Consume semiconductores.
Consume centros de datos.
Consume terrenos.
Consume redes eléctricas.
Consume capacidad industrial.
Consume agua para refrigeración.
Y comienza a consumir una proporción extraordinaria de los recursos financieros disponibles para inversión.
Una investigación financiera sobre los compromisos de Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft muestra precisamente hasta dónde puede llegar el fenómeno.
Las cifras representadas distinguen entre las obligaciones que aparecen directamente en los balances de las compañías y compromisos futuros que pueden resultar menos visibles para quien solamente observa la deuda financiera convencional.
Entre esas cuatro grandes tecnológicas aparecen aproximadamente 356,000 millones de dólares de deuda de largo plazo y alrededor de 248,000 millones de dólares en obligaciones de arrendamiento.
Pero eso es solamente una parte.
La información muestra además alrededor de 904,000 millones de dólares correspondientes a arrendamientos todavía no iniciados y aproximadamente 1.52 billones de dólares —trillion en inglés— en compromisos de compra.
La magnitud conjunta de esos compromisos relacionados con la expansión tecnológica se aproxima a tres billones de dólares.
Tres millones de millones.
Para comprender lo que significa esa cifra hay que abandonar por un momento la imagen de la inteligencia artificial como una aplicación que funciona dentro de un teléfono o una computadora.
La IA necesita una infraestructura física gigantesca.
Detrás de cada consulta realizada a un sistema de inteligencia artificial existen servidores, procesadores, memoria, sistemas de refrigeración, conexiones de fibra óptica, centros de datos y, sobre todo, electricidad.
La inteligencia artificial es digital en su funcionamiento, pero extraordinariamente material en su infraestructura.
Y construir esa infraestructura cuesta cantidades colosales de dinero.
El pasado y el futuro buscan el mismo dinero
Aquí aparece una de las paradojas económicas más interesantes de nuestro tiempo.
Los gobiernos necesitan billones para financiar el pasado acumulado en sus deudas; las empresas de inteligencia artificial necesitan billones para financiar el futuro. Y ambos están buscando el mismo dinero.
Estados Unidos constituye el ejemplo más importante.
La deuda federal estadounidense se aproxima a los 40 billones de dólares. Además, el gobierno continúa registrando déficits fiscales elevados, lo que significa que no solamente necesita refinanciar la deuda existente cuando vence, sino emitir nueva deuda para cubrir la diferencia entre sus ingresos y sus gastos.
Durante décadas eso fue relativamente fácil porque las tasas de interés descendían.
Una deuda gigantesca resulta mucho menos pesada cuando puede financiarse al 1 o al 2 por ciento.
Pero la aritmética cambia cuando los nuevos bonos tienen que colocarse al 4, 5 o incluso más del 5 por ciento.
Cada bono que vence y debe refinanciarse a una tasa superior aumenta gradualmente la factura de intereses del Estado.
Estados Unidos no está solo.
Europa necesita financiar defensa, infraestructura, transición energética y sistemas sociales cada vez más costosos.
Japón enfrenta una enorme deuda pública y una población envejecida.
Los países desarrollados necesitan reconstruir determinadas capacidades industriales después de décadas de globalización.
Y las tensiones geopolíticas están impulsando mayores presupuestos militares.
Todos necesitan dinero.
Mientras tanto, Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta y el resto del ecosistema tecnológico necesitan cantidades extraordinarias para financiar la carrera de la inteligencia artificial.
También ellos buscan capital.
Una nueva competencia por el ahorro mundial
Ese encuentro entre Estados y grandes corporaciones tecnológicas está modificando el mercado financiero.
Los gobiernos emiten bonos.
Las empresas emiten bonos.
Los inversionistas tienen que decidir dónde colocar su dinero.
Y cuando la cantidad de deuda que busca compradores aumenta extraordinariamente, existe una consecuencia elemental: los compradores pueden exigir mayor rentabilidad.
Barclays calcula, según los datos citados por el Financial Times, que la emisión de deuda corporativa con grado de inversión podría alcanzar un récord de aproximadamente 1.9 billones de dólares durante 2026, frente a unos 1.44 billones el año anterior.
Ese crecimiento no puede analizarse separadamente de la revolución de la inteligencia artificial.
Las grandes tecnológicas están recurriendo cada vez más a los mercados de deuda para financiar inversiones gigantescas, incluyendo emisiones de largo plazo.
Y esto significa que comienzan a competir directamente con los gobiernos por una parte del mismo ahorro mundial.
El capital no es infinito.
Puede crearse liquidez monetaria, naturalmente, pero el ahorro real disponible para financiar fábricas, centrales eléctricas, centros de datos, carreteras, viviendas, defensa e infraestructura tiene límites.
Cuando todos quieren invertir simultáneamente cantidades extraordinarias, el precio del capital tiende a subir.
Ese precio es el interés.
No es la guerra
Aquí debemos hacer una distinción fundamental.
La subida reciente de los rendimientos ha coincidido con la confrontación entre Estados Unidos e Irán y con las tensiones alrededor del Estrecho de Ormuz.
El petróleo Brent ha vuelto a superar los 90 dólares por barril. Una energía más cara puede alimentar la inflación, dificultar las reducciones de tasas de los bancos centrales y provocar que los inversionistas exijan mayor compensación para mantener bonos de largo plazo.
Todo eso es cierto.
Pero sería equivocado concluir que la guerra es la causa del problema.
No lo es.
La guerra puede acelerar el movimiento.
Puede agravarlo.
Puede introducir una nueva perturbación energética.
Puede aumentar las expectativas de inflación.
Pero las fuerzas estructurales que están elevando el costo del capital existían antes de la guerra.
Si mañana desapareciera completamente la crisis del Golfo Pérsico, Estados Unidos continuaría teniendo una deuda cercana a 40 billones de dólares.
Los déficits continuarían.
Europa seguiría necesitando financiar defensa e infraestructura.
Japón seguiría enfrentando sus problemas fiscales y demográficos.
Y las grandes compañías tecnológicas seguirían necesitando cantidades extraordinarias de dinero para construir la infraestructura de la inteligencia artificial.
La guerra es, por tanto, un acelerador posible.
No es el motor.
El verdadero origen está décadas atrás
Para comprender el motor debemos regresar a la transformación financiera que comenzó hace varias décadas.
Desde comienzos de los años ochenta, los rendimientos de los bonos experimentaron una tendencia descendente de largo plazo en las principales economías desarrolladas.
Después de la crisis financiera de 2008, aquella tendencia llegó a extremos históricos.
La Reserva Federal, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y otros bancos centrales redujeron las tasas de interés y compraron enormes cantidades de activos financieros mediante programas de expansión cuantitativa.
El dinero se hizo extraordinariamente barato.
En algunos países europeos y en Japón llegaron a existir bonos con rendimientos negativos.
Era una situación históricamente excepcional.
Pero gobiernos, empresas, mercados e inversionistas terminaron comportándose como si aquella excepción fuera la nueva normalidad.
La pandemia de 2020 prolongó todavía más el experimento.
Los gobiernos gastaron cantidades extraordinarias para sostener economías paralizadas y los bancos centrales volvieron a proporcionar enormes cantidades de liquidez.
Después llegó la inflación.
Los bancos centrales tuvieron que aumentar las tasas.
Y el mundo comenzó a descubrir que las montañas de deuda acumuladas durante la época del dinero barato tendrían que refinanciarse algún día en condiciones diferentes.
Ese día está llegando.
El gráfico cuenta la historia
La evolución de los bonos a treinta años permite observar el cambio con extraordinaria claridad.
Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania experimentaron durante años una tendencia descendente de sus costos de financiación.
Alrededor de 2020 se alcanzaron mínimos extraordinarios.
Alemania llegó incluso a rendimientos negativos.
Después comenzó la inversión de la tendencia.
En 2026, los rendimientos de largo plazo se encuentran nuevamente en niveles que no se observaban desde hace muchos años.
Eso significa algo mucho más profundo que una mala semana en Wall Street.
Puede significar que estamos entrando en un nuevo régimen mundial del dinero.
Un mundo donde el capital vuelve a ser caro.
Y China marcha en dirección contraria
Existe además una diferencia extraordinariamente interesante.
Mientras los rendimientos de largo plazo aumentan en Estados Unidos y otras grandes economías desarrolladas, los rendimientos de los bonos chinos han estado descendiendo.
El Financial Times señala que los bonos soberanos chinos se mueven en dirección contraria debido fundamentalmente a la debilidad del crecimiento económico.
Esto demuestra nuevamente por qué no puede atribuirse todo a la guerra.
Si la guerra fuera la explicación fundamental, esperaríamos un movimiento mucho más uniforme.
No ocurre así.
China enfrenta fuerzas desinflacionarias y debilidad de la demanda.
Estados Unidos enfrenta déficits enormes, abundante emisión de deuda y una gigantesca demanda privada de capital.
Europa tiene sus propios problemas fiscales.
Japón atraviesa el abandono gradual de un régimen monetario excepcional que duró décadas.
El sistema financiero mundial se está fragmentando.
La IA también empieza a competir con otros sectores
Pero la historia puede llegar todavía más lejos.
Si la inteligencia artificial necesita inversiones medidas en billones de dólares, no solamente competirá con los gobiernos.
También competirá con otras actividades privadas.
Una compañía eléctrica necesita capital.
Una fábrica necesita capital.
Un proyecto inmobiliario necesita capital.
Una empresa pequeña necesita crédito.
Una familia necesita financiación para comprar una vivienda.
Un país emergente necesita inversionistas para construir carreteras, puertos y sistemas eléctricos.
Todos participan, directa o indirectamente, en el mismo sistema mundial de asignación del capital.
¿Qué ocurre cuando algunas de las empresas más ricas de la historia humana anuncian que están dispuestas a invertir centenares de miles de millones de dólares para ganar la carrera tecnológica más importante de nuestra época?
Atraen capital.
Y pueden pagar por él.
Ese detalle es fundamental.
Microsoft, Alphabet, Amazon y Meta poseen balances extraordinariamente sólidos, enormes flujos de caja y acceso privilegiado a los mercados financieros.
Si necesitan dinero, pueden competir por él en condiciones que muchas empresas, gobiernos pequeños y países emergentes difícilmente pueden igualar.
Por eso la expresión puede resultar brusca, pero contiene una pregunta económica legítima:
¿La inteligencia artificial comenzará a chupárselo todo y más?
No literalmente, naturalmente.
Pero sí puede absorber una proporción extraordinaria de la inversión marginal disponible durante los próximos años.
Del chip a la central eléctrica
Existe además otro problema.
La competencia no termina en los mercados financieros.
El cuello de botella puede desplazarse desde el dinero hacia la economía real.
Los centros de datos necesitan electricidad.
La electricidad necesita generación.
La generación necesita redes de transmisión.
Las redes necesitan cobre, transformadores y equipos.
Los semiconductores necesitan fábricas extremadamente sofisticadas.
Las fábricas necesitan capital.
Todo vuelve al mismo punto.
La revolución de la inteligencia artificial está comenzando a conectarse con la política energética, la política industrial, los mercados de materias primas y los mercados financieros.
Por eso sería un error analizarla exclusivamente desde Silicon Valley.
Estamos ante un fenómeno macroeconómico.
Los gobiernos financian ayer; las tecnológicas financian mañana
Esta puede ser la imagen que mejor resume la transformación.
Los Estados llegan al mercado cargando obligaciones acumuladas durante décadas.
Pensiones.
Seguridad social.
Deuda pública.
Gasto sanitario.
Infraestructuras envejecidas.
Defensa.
Intereses de la propia deuda.
Las empresas tecnológicas llegan con otra promesa.
Centros de datos.
Supercomputadores.
Nuevas generaciones de chips.
Modelos de inteligencia artificial.
Automatización.
Robótica.
Una nueva infraestructura económica mundial.
Unos necesitan financiar compromisos heredados.
Los otros necesitan financiar expectativas futuras.
Pero el dinero es el mismo.
Y allí se encuentran.
El precio del dinero vuelve al centro de la economía
Durante décadas hablamos de globalización, comercio internacional, petróleo, tecnología y mercados financieros como si fueran fenómenos relativamente independientes.
Ya no podemos hacerlo.
La deuda pública se conecta con la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial se conecta con la electricidad.
La electricidad se conecta con el petróleo y el gas.
La energía se conecta con la inflación.
La inflación se conecta con los bancos centrales.
Los bancos centrales se conectan con las tasas de interés.
Y las tasas de interés determinan cuánto cuesta financiar prácticamente toda la economía.
Eso es lo que los mercados de bonos están comenzando a decirnos.
No necesariamente anuncian una catástrofe.
Pero sí anuncian el final de una comodidad.
La comodidad de creer que siempre habría dinero barato disponible para financiar cualquier cantidad de deuda y cualquier cantidad de inversión.
Ahora los Estados quieren más.
Las empresas tecnológicas quieren más.
La defensa necesita más.
La transición energética necesita más.
Las infraestructuras necesitan más.
Y las sociedades envejecidas necesitan más.
Todos quieren más capital al mismo tiempo.
Y cuando todos quieren comprar lo mismo, normalmente ocurre algo muy sencillo.
Sube el precio.
En este caso, el precio es la tasa de interés.
Por eso la noticia verdaderamente importante no es que una guerra haya provocado una mala jornada en los mercados.
La guerra no creó esta transformación.
La verdadera noticia es que el mundo ha entrado en una competencia gigantesca por el dinero.
Y en medio de ella aparece un nuevo demandante de dimensiones históricas: la inteligencia artificial.
Los gobiernos necesitan billones para financiar el pasado acumulado en sus deudas.
Las empresas de inteligencia artificial necesitan billones para financiar el futuro que prometen construir.
Ambos buscan el mismo ahorro.
Ambos necesitan los mismos mercados.
Ambos compiten por el mismo capital.
Y quizá estemos comenzando a descubrir una de las grandes paradojas económicas de la revolución tecnológica que apenas empieza:
la inteligencia artificial puede hacer muchas cosas más baratas, pero construir la inteligencia artificial está contribuyendo a que el dinero vuelva a ser caro.
Fuentes
Financial Times, Emily Herbert y Harriet Clarfelt, “Government borrowing costs hit multi-decade highs”, 18 de agosto de 2026; datos de LSEG y estimaciones de Barclays citados en el artículo.
Información financiera reproducida en la imagen aportada sobre compromisos de Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, incluyendo deuda de largo plazo, arrendamientos y compromisos futuros vinculados a la expansión de infraestructura tecnológica.
