
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante los once años en que viví y desempeñé funciones diplomáticas en Roma, la Biblioteca Apostólica Vaticana y el Archivo Apostólico Vaticano fueron para mí lugares cercanos, familiares y profundamente significativos.
Desde mi residencia, situada en Via di Porta Angelica número 63, apenas necesitaba caminar dos o tres minutos para llegar a la Puerta de Santa Ana. Por allí ingresaba al Estado de la Ciudad del Vaticano y me encaminaba hacia aquellas instituciones que custodian una parte extraordinaria de la memoria de la Iglesia y de la humanidad.
No se trataba solamente de la cercanía geográfica. Como escritor, historiador, periodista y diplomático, entrar en la Biblioteca y en el Archivo significaba acercarme a las fuentes, a los documentos y a los testimonios que permiten comprender los acontecimientos más allá de las apariencias y de las versiones superficiales.
Por eso he recibido con emoción la noticia de que el papa León XIV visitó, el lunes 14 de septiembre, la Biblioteca Apostólica Vaticana, con ocasión de la inauguración de la exposición «AQVA. Catástrofe y maravilla».

La visita coincidió con el cumpleaños del Pontífice, quien recordó una circunstancia entrañable: su madre era bibliotecaria. Ese vínculo familiar le permitió hablar de la Biblioteca no como de una institución distante, sino como de un organismo vivo.
“La Biblioteca Apostólica es un corazón”, afirmó León XIV.
La imagen elegida por el Papa resulta especialmente hermosa y exacta. El corazón vive mediante dos movimientos: la sístole y la diástole. Uno concentra; el otro expande. Uno conduce hacia el interior; el otro impulsa hacia el exterior.
La Biblioteca y el Archivo realizan también esos dos movimientos.
La sístole representa la concentración, el silencio, la intimidad y el cuidado de los documentos. Quien ha entrado en esos recintos comprende que el silencio no es vacío. Es una forma de respeto. Los libros y manuscritos permanecen silenciosos, pero interrogan al investigador, despiertan su curiosidad y lo obligan a buscar la verdad.
León XIV recordó a este propósito la conversión de san Agustín. Atormentado por las luchas de su espíritu, Agustín escuchó una voz infantil que repetía: “Toma y lee, toma y lee”. Abrió entonces la Carta de san Pablo a los Romanos y una luz de certeza penetró en su corazón.
La lectura disipó sus dudas, pero no extinguió su deseo de conocimiento. Por el contrario, lo impulsó a estudiar con mayor profundidad las Sagradas Escrituras y a comparar cuidadosamente sus manuscritos.
La diástole, por su parte, significa apertura, difusión e intercambio. La Biblioteca no puede convertirse en un depósito cerrado, reservado exclusivamente a unos pocos. Su misión consiste también en poner sus tesoros al alcance de quienes investigan honradamente y buscan la verdad.
Este espíritu de apertura tuvo un momento decisivo con León XIII. Aquel gran Pontífice comprendió las transformaciones producidas por la Revolución Industrial, impulsó el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno y abrió los Archivos Vaticanos a investigadores de todas las naciones.
La amplitud cultural de la Biblioteca Apostólica se manifiesta en la diversidad de sus fondos. Allí no se conservan únicamente obras de teología. También existen libros y documentos de literatura, filosofía, astronomía, física, matemáticas, geografía, medicina, historia, derecho, arte y economía. Y no se trata solamente de textos europeos o cristianos, sino de obras procedentes de diferentes pueblos, religiones y civilizaciones.
Esa vocación universal demuestra que la Iglesia nunca ha debido tener miedo al conocimiento. La fe auténtica no teme la investigación ni la inteligencia. La Iglesia preserva la memoria porque sabe que el presente no puede comprenderse sin el pasado y que ningún futuro sólido puede edificarse sobre el olvido.
El Papa ha señalado además que la digitalización es indispensable para facilitar el acceso al patrimonio documental. Pero también advirtió que la Biblioteca no puede reducirse a un archivo electrónico consultado desde una computadora. La presencia física sigue siendo necesaria porque permite el encuentro entre investigadores, el diálogo, el intercambio de ideas y aquella experiencia irreemplazable de tener ante los ojos el documento original.
Comprendo perfectamente sus palabras. Haber caminado desde Via di Porta Angelica, haber atravesado la Puerta de Santa Ana y haber entrado en aquellos espacios constituyó para mí una experiencia intelectual y humana que ninguna pantalla podría sustituir.
También me parece importante la relación que León XIV establece entre la cultura y la diplomacia. Según expresó, entre los documentos y los libros de la Biblioteca y del Archivo se abre el camino de una “delicada diplomacia”. Los documentos permiten reconstruir antiguos conflictos, conocer las razones de las partes y descubrir posibilidades de entendimiento. La memoria, cuando se estudia con honestidad, puede convertirse en una puerta de reconciliación.
El Papa anunció asimismo la creación de nuevos espacios destinados a preservar y promover la memoria cultural y administrativa de la Santa Sede. Es una decisión necesaria. Los archivos crecen, la documentación se multiplica y su conservación requiere instalaciones adecuadas, tecnologías modernas y personal especializado.
Al recordar mis once años en Roma, vuelvo espiritualmente a aquella breve caminata desde mi residencia hasta la Puerta de Santa Ana. Eran solamente dos o tres minutos, pero al cruzar aquella entrada comenzaba un viaje de siglos.
En la Biblioteca Apostólica y en el Archivo Apostólico Vaticano pude sentir que la historia no es algo muerto. Permanece viva en los documentos, en los libros, en las cartas y en las huellas de quienes nos precedieron.
León XIV ha definido admirablemente la misión de estas instituciones: permanecer fieles al pasado y, al mismo tiempo, fieles al futuro. Conservar la memoria, abrirla al conocimiento y convertirla en instrumento de verdad, diálogo y reconciliación.
Ese es el corazón que vi latir durante mis años en Roma.
