Por José Manuel Jerez
Durante mucho tiempo pensamos la política como una competencia por el voto. Partidos, candidatos, programas, mítines, propaganda, medios de comunicación y estructuras territoriales convergían sobre un momento decisivo: el día de las elecciones. Ganaba quien conseguía transformar organización política en mayoría electoral.
Esa lógica no ha desaparecido. Pero ya no explica por sí sola cómo se construye el poder.
Antes de competir por el voto, la política contemporánea tiene que competir por algo mucho más escaso: la atención.
Ese desplazamiento aparentemente sencillo está modificando casi todo lo demás.
El partido cede protagonismo a la persona. La televisión comparte su antigua centralidad con las plataformas. Los medios tradicionales conviven y compiten con creadores de contenido. La ideología se expresa crecientemente mediante identidades. El mitin se transforma en contenido. La comunicación deja de ser exclusivamente emisión y se convierte en conversación. El programa necesita convertirse en narrativa. La militancia coexiste con comunidades digitales. Y el votante aparece acompañado por una figura desconocida para la política clásica: el seguidor.
No se trata solamente de un cambio tecnológico. Estamos ante una transformación política.
El teléfono móvil se ha convertido en plaza pública, periódico, televisión, radio, comité político y espacio de conversación simultáneamente. Allí un ciudadano puede informarse, reaccionar, discutir, compartir, atacar, defender, organizarse e incluso contribuir a instalar un tema dentro de la conversación pública sin haber pisado jamás un local partidario.
La consecuencia es enorme: los partidos y los dirigentes ya no compiten únicamente entre ellos. Compiten también con periodistas, podcasters, influencers, humoristas, celebridades, empresarios, activistas y millones de productores individuales de contenido por unos segundos de atención ciudadana.
Los datos permiten dimensionar el fenómeno. El Digital News Report 2025 del Reuters Institute documentó una aceleración del consumo informativo a través de redes sociales y plataformas de video. En los 48 mercados estudiados, el consumo semanal de noticias mediante video social pasó del 52 % en 2020 al 65 % en 2025.
El Digital News Report 2026 da un paso adicional: más de una cuarta parte de su muestra global, un 27 %, afirma obtener semanalmente información de creadores digitales vinculados a la actualidad. El mismo estudio recoge una paradoja significativa: esos creadores suelen ser considerados más entretenidos y fáciles de comprender, pero también menos confiables e imparciales que los medios tradicionales.
Ahí comienza la política de la atención.
En la política tradicional, tener una posición era fundamental. En la política de plataformas, además de tenerla, hay que conseguir que alguien se detenga a escucharla.
Una propuesta que nadie ve políticamente casi no existe.
Una intervención parlamentaria extraordinaria puede recibir menos atención que un video de treinta segundos. Un documento programático técnicamente impecable puede circular menos que una frase. Una conferencia de dos horas puede quedar eclipsada por un fragmento de veinte segundos. Y una imagen puede adquirir una capacidad de movilización que antes requería páginas enteras de argumentación.
Esto no significa que lo breve sea necesariamente superficial ni que lo viral sea necesariamente importante. Significa algo más incómodo: los mecanismos mediante los cuales una sociedad determina a qué presta atención ya no coinciden necesariamente con los mecanismos mediante los cuales determina qué es importante.
Y esa diferencia tiene consecuencias democráticas.
Del partido a la persona
Los partidos continúan siendo indispensables para organizar candidaturas, agregar intereses, estructurar representación y competir electoralmente. Pero las plataformas permiten al dirigente desarrollar una audiencia propia que no depende completamente de la organización partidaria.
La investigación académica sobre personalización política viene observando precisamente ese desplazamiento hacia una comunicación más centrada en dirigentes individuales. La presencia personal del candidato, sin embargo, no significa necesariamente la desaparición de los asuntos programáticos.
Por eso sería equivocado anunciar la muerte del partido.
Lo que está apareciendo es otra cosa: el partido ya no monopoliza la relación entre dirigente y ciudadano.
El dirigente puede comunicarse directamente con cientos de miles de personas. Puede construir su propio lenguaje, su estética, sus símbolos y hasta una comunidad que lo identifica antes que con la organización a la que pertenece.
La política institucional permanece; la política personalizada crece sobre ella.
De la ideología a la identidad
Algo semejante ocurre con las ideologías.
No han desaparecido. Los conflictos sobre libertad, igualdad, Estado, mercado, seguridad, derechos, soberanía o distribución de recursos continúan siendo profundamente ideológicos.
Lo que cambia es la forma mediante la cual llegan al ciudadano.
Una parte creciente de la comunicación política traduce complejas posiciones doctrinales en identidades reconocibles: quiénes somos, quiénes son ellos, qué representamos, qué defendemos, qué rechazamos.
La identidad tiene una enorme capacidad política porque convierte una posición en pertenencia.
Y una persona puede revisar ocasionalmente su posición sobre una política pública, pero suele defender con mucha mayor intensidad aquello que considera parte de su identidad.
Allí aparece también uno de los riesgos de la nueva política: cuando todas las discrepancias se transforman en identidades enfrentadas, el adversario deja de ser simplemente alguien que piensa diferente y puede convertirse en alguien percibido como perteneciente a otro mundo moral.
Del programa a la narrativa
El programa tampoco desaparece.
Pero un programa sin narrativa tiene enormes dificultades para atravesar el ecosistema contemporáneo de información.
El programa responde: ¿qué haremos?
La narrativa responde preguntas diferentes: ¿qué está pasando?, ¿por qué está pasando?, ¿quiénes somos frente a esa realidad? y ¿hacia dónde queremos ir?
La diferencia es fundamental.
Los ciudadanos difícilmente memorizarán cien propuestas. Pueden, sin embargo, recordar una interpretación coherente del país.
Eso explica por qué la lucha política contemporánea es también una lucha por construir significado.
Quien consigue definir el problema ha recorrido una parte importante del camino hacia la discusión de la solución.
Del militante a la comunidad
La militancia clásica suponía afiliación, reuniones, organismos, disciplina y territorio.
La comunidad digital puede funcionar de otra manera.
Sus integrantes quizá nunca se hayan encontrado físicamente. Pueden vivir en ciudades o países diferentes. Algunos ni siquiera se consideran militantes. Sin embargo, comparten contenido, defienden argumentos, reaccionan ante acontecimientos y participan en conversaciones comunes.
Esta comunidad puede convertirse en un formidable multiplicador comunicacional.
Pero tampoco debemos confundirla con organización política.
Diez mil personas que comparten un video no equivalen necesariamente a diez mil personas dispuestas a movilizar electores, supervisar colegios, participar en una estructura territorial o acudir finalmente a votar.
Aquí aparece uno de los errores estratégicos más frecuentes de nuestro tiempo: confundir audiencia con electorado.
Del votante al seguidor
Quizás ninguna transformación sea tan reveladora como esta.
El votante tradicional mantenía una relación fundamentalmente electoral con la política. Podía interesarse durante una campaña, comparar opciones y finalmente votar.
El seguidor establece potencialmente una relación cotidiana.
Observa. Reacciona. Comenta. Comparte. Discute. Defiende. Critica. Produce contenido.
El político entra todos los días en su teléfono.
Pero nuevamente aparece una distinción decisiva: seguir no significa votar.
Tener seguidores puede proporcionar visibilidad. Tener comunidad puede proporcionar capacidad de difusión. Tener conversación puede proporcionar presencia pública.
Ninguna de esas cosas garantiza automáticamente comportamiento electoral.
Entre la visualización y el voto existe un largo recorrido.
Atención → interés → identificación → confianza → comunidad → movilización → participación → voto.
La política digital puede intervenir en todos esos momentos, pero no puede simplemente saltárselos.
La política híbrida
Por eso probablemente sea un error enfrentar política tradicional y ciberpolítica como si una estuviera destinada a destruir a la otra.
La política que emerge es híbrida.
No será partido o persona, sino partido y persona.
No será territorio o plataforma, sino territorio y plataforma.
No será programa o narrativa, sino programa convertido en narrativa.
No será militancia o comunidad, sino militancia articulada con comunidades.
No será medios o creadores, sino un ecosistema donde ambos disputarán credibilidad y atención.
Y tampoco será votante o seguidor. El desafío consistirá precisamente en comprender cuándo, cómo y bajo cuáles condiciones un seguidor puede convertirse en participante y eventualmente en elector.
Ahí se encuentra probablemente la frontera entre popularidad digital y poder político.
Porque una campaña puede ganar la conversación y perder las elecciones. Puede dominar las redes y carecer de organización. Puede producir millones de reproducciones y no conseguir movilización. Del mismo modo, una formidable maquinaria territorial puede descubrir demasiado tarde que una parte significativa de la sociedad construyó sus percepciones políticas en lugares donde esa organización nunca estuvo presente.
La gran transformación de nuestro tiempo consiste, entonces, en que la batalla electoral comienza mucho antes de las elecciones.
Comienza cada mañana, cuando millones de ciudadanos abren una pantalla y un algoritmo decide qué aparecerá primero ante sus ojos.
La política seguirá necesitando votos para conquistar democráticamente el poder.
Pero antes tendrá que conseguir algo que ninguna ley electoral puede garantizarle: que alguien quiera prestarle atención.
