
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La cumbre que celebrarán Donald Trump y Xi Jinping este jueves 24 de septiembre de 2026, en la Casa Blanca, en Washington, puede constituir uno de los acontecimientos geopolíticos más importantes del año.
Xi Jinping llega a Estados Unidos este miércoles 23 acompañado de su esposa, Peng Liyuan, para una visita de Estado que se prolongará hasta el viernes 25. Donald Trump lo recibirá personalmente a su llegada a la Base Conjunta Andrews. El jueves tendrá lugar la ceremonia oficial en la Casa Blanca y, esa noche, la cena de Estado.
Pero el acontecimiento verdaderamente importante será político: el encuentro entre los presidentes de las dos mayores economías del mundo.
Y aunque Vladimir Putin no estará sentado en la Casa Blanca, Rusia estará inevitablemente presente en el trasfondo de muchas de las cuestiones que discutirán Trump y Xi.
No será simplemente otra cumbre entre Estados Unidos y China.
El Xi Jinping que llega ahora a Washington representa una China muy diferente de aquella que Donald Trump recibió en Mar-a-Lago en abril de 2017.
Durante estos nueve años China ha avanzado considerablemente en Inteligencia Artificial, vehículos eléctricos, energía solar, robótica, telecomunicaciones, espacio y semiconductores. Beijing también ha desarrollado instrumentos económicos que le permiten responder a las presiones estadounidenses.
Uno de ellos son las tierras raras.
China ocupa posiciones decisivas en las cadenas mundiales de procesamiento de estos minerales y fabricación de imanes indispensables para numerosas industrias civiles y militares. Estados Unidos, por su parte, conserva enormes ventajas financieras y tecnológicas y la capacidad de restringir el acceso chino a determinadas tecnologías avanzadas.
Esta interdependencia explica algo fundamental de la política internacional contemporánea:
las grandes potencias compiten, pero también necesitan administrar su competencia.
Trump y Xi frente a una nueva realidad
La agenda de la cumbre del jueves 24 será enorme.
Comercio, aranceles, agricultura, semiconductores, Inteligencia Artificial, tierras raras, Taiwán e Irán aparecen entre las cuestiones que rodean el encuentro.
La Inteligencia Artificial merece atención especial.
Estados Unidos y China son los dos grandes centros de la competencia mundial por la IA. Ambos saben que una carrera tecnológica sin mecanismos de comunicación puede producir situaciones peligrosas.
Antes de la cumbre ya se ha discutido la creación de un diálogo entre Washington y Beijing sobre Inteligencia Artificial y un posible mecanismo para comunicarse cuando se produzca un incidente relacionado con IA que alcance dimensiones de seguridad nacional.
Podría comenzar a surgir, todavía embrionariamente, algo comparable a un “teléfono rojo” de la Inteligencia Artificial.
La comparación debe entenderse históricamente. No significa que exista todavía un acuerdo semejante al establecido entre Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Pero el principio sería parecido: dos grandes potencias rivales comprenden que necesitan mecanismos de comunicación para impedir que un error tecnológico, una información equivocada o una decisión automatizada provoquen una escalada incontrolable.
Rusia está presente aunque Putin no esté en Washington
Aquí la cumbre comienza a adquirir una dimensión mucho mayor.
Xi Jinping mantiene una estrecha relación estratégica con Vladimir Putin mientras conserva abiertas las comunicaciones con Donald Trump.
Eso coloca al presidente chino en una posición singular.
China puede conversar con Rusia sobre Ucrania y la arquitectura internacional; con Irán sobre la crisis del Medio Oriente y el petróleo; y con Estados Unidos sobre comercio, tecnología, seguridad y estabilidad mundial.
No existe hasta ahora anuncio de una reunión tripartita entre Xi Jinping, Donald Trump y Vladimir Putin.
Por tanto, sería incorrecto presentarla como un acontecimiento acordado.
Pero la posibilidad política de posteriores conversaciones o mecanismos de coordinación entre China, Rusia y Estados Unidos merece atención.
Porque Ucrania, Irán, petróleo, sanciones, comercio mundial, Inteligencia Artificial, armas nucleares y cadenas de suministros ya no pueden administrarse como problemas completamente separados.
Irán entra también en la ecuación
China mantiene importantes relaciones económicas y diplomáticas con Teherán y constituye un mercado fundamental para el petróleo iraní.
Eso proporciona a Beijing una capacidad de interlocución distinta de la estadounidense.
China no necesita convertirse en aliada de Washington para desempeñar un papel diplomático. Puede mantener sus relaciones con Irán y, simultáneamente, conversar con Estados Unidos.
Lo mismo sucede, con características diferentes, respecto de Rusia.
Y aquí aparece la dimensión verdaderamente mundial de la reunión del jueves.
Xi puede hablar con Trump teniendo presentes sus relaciones con Putin y Teherán. Trump, por su parte, puede discutir con Xi cuestiones económicas que inevitablemente se relacionan con Rusia, Irán, las sanciones y el mercado mundial de energía.
Estamos ante un sistema internacional en el cual los grandes problemas se entrecruzan.
China, Rusia y Estados Unidos
Aquí está quizás la característica fundamental del momento histórico.
Estados Unidos y China son competidores estratégicos, pero negocian.
China y Rusia mantienen una asociación estratégica, pero Beijing conserva su propia agenda y sus propios intereses.
Estados Unidos confronta a Rusia por Ucrania mientras necesita discutir con China problemas económicos y estratégicos que también afectan a Moscú.
Las tres potencias se observan, compiten, presionan y se desafían.
Pero también se manejan y buscan mecanismos de coordinación cuando sus intereses fundamentales lo requieren.
No sería la primera vez que adversarios estratégicos descubren esa necesidad.
Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de una guerra nuclear durante la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. Después comprendieron que necesitaban mecanismos de comunicación capaces de impedir que un error, una información equivocada o una decisión precipitada provocaran una catástrofe.
La rivalidad continuó.
Pero también continuaron las negociaciones.
Hoy la humanidad enfrenta una situación diferente, aunque igualmente compleja.
Armas nucleares, guerras regionales, Inteligencia Artificial, semiconductores, tierras raras, petróleo, comercio y cadenas mundiales de suministros forman parte de una nueva arquitectura del poder.
Y detrás de buena parte de esa arquitectura aparecen tres nombres:
China, Rusia y Estados Unidos.
No estamos necesariamente contemplando el nacimiento de una alianza entre Washington, Beijing y Moscú.
Estamos observando algo mucho más pragmático.
Las tres grandes potencias saben que ninguna puede administrar por sí sola todas las crisis que actualmente sacuden al planeta.
Por eso la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping del jueves 24 de septiembre de 2026 en Washington puede tener consecuencias que trasciendan ampliamente las relaciones chino-estadounidenses.
Vladimir Putin no necesita estar sentado en la Casa Blanca para que Rusia esté presente en muchas de las cuestiones que discutirán Trump y Xi.
Y quizás ésta sea una de las claves para comprender la nueva política mundial:
China, Rusia y Estados Unidos compiten por el poder, pero las dimensiones de la crisis global los obligan también a comunicarse, negociar y buscar formas de administrar una rivalidad que ninguno de los tres puede controlar por sí solo.
