
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Una información publicada por Listín Diario sobre investigaciones realizadas en las presas de Hatillo y Valdesia despertó en mí un recuerdo de hace más de sesenta años.
En 1964 estuve en Puerto Rico, en el campamento scout de Guajataca. Recuerdo perfectamente que se nos advertía sobre un peligro existente en las aguas dulces: la bilharzia.
También recuerdo aquellos pequeños caracoles relacionados con el problema.
La bilharzia, hoy denominada más comúnmente esquistosomiasis, no es una fantasía del pasado. Es una enfermedad parasitaria producida por gusanos del género Schistosoma. En nuestra región, la especie históricamente importante ha sido Schistosoma mansoni.
La Organización Mundial de la Salud explica que el ciclo es peculiar. Una persona infectada puede eliminar huevos del parásito mediante las heces. Al llegar al agua dulce, continúa un ciclo biológico en el que determinados caracoles actúan como huéspedes intermediarios. Posteriormente, formas larvarias llamadas cercarias son liberadas al agua y pueden penetrar directamente por la piel de una persona que se bañe, nade, pesque o permanezca en esas aguas.
Por eso, cuando vi la información sobre Hatillo y Valdesia, inmediatamente recordé Guajataca.
No estoy afirmando que exista actualmente bilharzia en esas dos presas dominicanas. No tenemos evidencia publicada que permita hacer semejante afirmación. Pero precisamente por eso considero que debemos hacer la pregunta y buscar científicamente la respuesta.
La información periodística que motiva estas líneas se refiere a otro fenómeno: proliferaciones de cianobacterias, algunas potencialmente productoras de toxinas. Son problemas biológicos diferentes. Sin embargo, si nuestros científicos están examinando la calidad ambiental y microbiológica de esos grandes depósitos de agua, sería oportuno ampliar la vigilancia.
Hay una razón histórica adicional.
La bilharzia existió en República Dominicana
La República Dominicana tuvo transmisión de esquistosomiasis. No estamos hablando, por tanto, de una enfermedad completamente extraña a nuestro territorio.
El dato actual es alentador, pero contiene una importante precisión. El CDC de Estados Unidos señala que, basándose en una encuesta serológica realizada en 2013 en provincias dominicanas con antecedentes de transmisión, la República Dominicana probablemente ha eliminado la transmisión de la esquistosomiasis.
Pero añade inmediatamente que ese estatus todavía no ha sido verificado conforme a los criterios de la Organización Mundial de la Salud.
Esta diferencia entre probablemente eliminada y eliminación verificada merece atención.
No significa que la enfermedad esté circulando silenciosamente en nuestras presas. Tampoco autoriza a sembrar alarma. Significa algo mucho más sencillo: hay razones para mantener vigilancia científica y completar las investigaciones necesarias para demostrar su ausencia.
Las presas merecen particular atención
Existe otro elemento que refuerza esa conveniencia.
La propia OMS advierte que los proyectos hidráulicos y las modificaciones ambientales pueden crear condiciones que favorezcan la transmisión de la esquistosomiasis cuando concurren los demás elementos indispensables del ciclo. Históricamente, la construcción de presas y sistemas de irrigación ha aumentado el hábitat disponible para determinados caracoles huéspedes.
Eso no quiere decir que una presa produzca bilharzia.
Para que exista transmisión tienen que reunirse varias condiciones: presencia del parásito, contaminación del agua por personas infectadas, existencia de especies apropiadas de caracoles intermediarios y contacto humano con aguas donde se encuentren las formas infectantes.
Precisamente eso es lo que habría que investigar.
Además de determinar qué cianobacterias y toxinas existen en Hatillo y Valdesia, podríamos preguntarnos: ¿qué moluscos de agua dulce viven actualmente en esas presas y en las demás del país? ¿Existen poblaciones de Biomphalaria, género relacionado con la transmisión de Schistosoma mansoni? ¿Se realizan periódicamente estudios parasitológicos y malacológicos?
La OMS considera precisamente el control y vigilancia de los caracoles huéspedes parte de una estrategia integral contra la esquistosomiasis.
De Guajataca a nuestras presas
Han transcurrido 62 años desde aquel campamento de Guajataca.
Yo era entonces un joven scout y no conocía todos estos detalles científicos. Pero nunca olvidé una palabra: bilharzia. Y tampoco olvidé los caracolitos.
Hoy ese recuerdo adquiere otro significado.
Las investigaciones que se realizan sobre las aguas de Hatillo y Valdesia constituyen una oportunidad para mirar más lejos. Nuestro país posee numerosas presas, embalses, ríos y canales de irrigación donde diariamente entran en contacto con el agua pescadores, agricultores, niños y comunidades enteras.
No debemos afirmar que existe un peligro que no ha sido demostrado.
Pero tampoco debemos esperar a que aparezca una enfermedad para comenzar a buscarla.
La pregunta científica es sencilla: ¿podemos demostrar que la bilharzia ya no circula en las aguas dulces de la República Dominicana?
Si la respuesta, después de investigaciones modernas y sistemáticas, es que no existe transmisión, mucho mejor.
Entonces podremos decirlo con evidencia.
Y aquellos pequeños caracoles que recuerdo desde Guajataca en 1964 habrán servido, seis décadas después, para recordarnos una antigua lección de salud pública: lo que no se busca, difícilmente puede descartarse con certeza.
