
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
25 de octubre de 2026
Luiz Inácio Lula da Silva ha ganado la reelección presidencial en Brasil. El Tribunal Superior Electoral ya identifica la elección como matemáticamente definida. La noticia, por tanto, ha dejado de ser una ventaja provisional durante el conteo: el resultado está decidido, aunque todavía falte completar la contabilización de todas las mesas.

En la actualización del TSE del 25 de octubre, a las 21:27:30, hora local indicada por el portal, con el 99,87 % de las mesas contabilizadas, Lula registraba 64.147.262 votos, equivalentes al 51,76 % de los votos válidos. Flávio Bolsonaro obtenía 59.776.683 votos, el 48,24 %. La diferencia era de 4.370.579 votos a favor del presidente.
Estas cifras corresponden a ese corte del escrutinio y podrán variar al incorporarse las mesas pendientes. Lo que ya no cambia, según la indicación del organismo electoral, es el vencedor.
La victoria tiene una dimensión política que va más allá de la continuidad de un gobernante. Lula ha conseguido renovar el respaldo necesario para permanecer en la Presidencia frente a una oposición que también reunió una fuerza electoral considerable. Más de cincuenta y nueve millones de votos por su adversario constituyen una realidad que el próximo período de gobierno deberá reconocer.
Brasil ha decidido, pero las urnas no han borrado sus diferencias. El resultado ofrece a Lula legitimidad para gobernar; al mismo tiempo, le recuerda que una parte muy amplia del electorado escogió otro camino. Confundir la victoria con la desaparición del adversario sería un error. Gobernar exige atender también a quienes no votaron por el presidente.
Para Flávio Bolsonaro y su sector político, la derrota representa un revés evidente. Sin embargo, el volumen de votos alcanzado muestra que conservarán una base social importante. Su responsabilidad será convertir ese respaldo en una oposición capaz de fiscalizar, proponer y disputar democráticamente las decisiones del poder.
La misma exigencia de responsabilidad alcanza al vencedor. Una campaña puede movilizar emociones, pero un gobierno debe ofrecer resultados. El empleo, el costo de la vida, la seguridad, la educación y la atención sanitaria seguirán formando parte de las preocupaciones de los ciudadanos cuando termine la celebración electoral. La victoria no sustituye las respuestas que esos ciudadanos esperan.
También conviene evitar una interpretación demasiado simple del voto. El escrutinio permite conocer quién ganó y por cuánto; no explica por sí solo todas las razones que llevaron a millones de brasileños a escoger una candidatura. Atribuir el resultado a una única causa sería adelantar conclusiones que requieren un examen más detenido.
La enseñanza inmediata es más concreta: la voluntad popular se cuenta en votos y el resultado se establece mediante las instituciones electorales. Durante el escrutinio correspondía hablar de una ventaja. Una vez que el TSE declaró matemáticamente definida la elección, corresponde reconocer la victoria.
Lula ha sido reelecto. Ahora comienza otra prueba: transformar el respaldo recibido en un gobierno capaz de responder a las necesidades de Brasil y de convivir con quienes piensan de manera diferente.
Fuente: Tribunal Superior Electoral de Brasil, resultados oficiales. Corte consultado: 25 de octubre de 2026, 21:27:30.
