
Santo Domingo. – El geólogo Osiris de León ha advertido de manera categórica sobre la posibilidad real de que la República Dominicana sea el epicentro de un terremoto de gran magnitud, estimando que un evento de esta naturaleza podría alcanzar los 8.0 grados. Esta contundente declaración ha vuelto a encender los debates en los distintos sectores de la sociedad dominicana respecto a las políticas de gestión de riesgo, obligando a una profunda revisión de las infraestructuras actuales y de la capacidad de respuesta con la que cuentan las instituciones de emergencia ante una eventualidad de magnitudes catastróficas.
El llamado del especialista se fundamenta en la realidad tectónica de la isla de Santo Domingo, la cual se encuentra rodeada y atravesada por un complejo sistema de fallas geológicas activas que acumulan energía de forma constante. De León ha insistido históricamente en que este tipo de advertencias no deben ser tomadas como un intento de generar pánico innecesario en la población, sino como una herramienta de concienciación institucional para entender que los fenómenos sísmicos son inevitables y que la única defensa real es la preparación anticipada.
La vulnerabilidad del suelo y el desafío de la infraestructura moderna.
Uno de los puntos más críticos dentro de los planteamientos del experto radica en la relación directa entre la calidad de los suelos y la resistencia de las edificaciones. El crecimiento urbano acelerado y, en ocasiones, desorganizado de las principales metrópolis del país, como el Gran Santo Domingo y Santiago, ha llevado a la construcción de estructuras sobre terrenos arcillosos, arenosos o de baja consolidación. Este tipo de suelos tiende a amplificar las ondas expansivas de un sismo, incrementando de manera exponencial el riesgo de colapso si las bases de ingeniería no han sido calculadas con un estricto criterio de sismorresistencia.
La preocupación principal se vuelca hacia aquellas obras civiles de uso público masivo, tales como centros educativos, hospitales y complejos habitacionales antiguos que fueron edificados antes de la implementación de las normativas sísmicas más exigentes. El geólogo enfatiza la necesidad urgente de someter estas estructuras a evaluaciones técnicas y reforzamientos arquitectónicos, puesto que un terremoto de magnitud 8.0 sometería a los materiales a fuerzas de tracción y compresión que la construcción informal o desactualizada simplemente no es capaz de soportar.
Hacia una cultura preventiva y el rol de las instituciones.
La mitigación de desastres ante un escenario de alta sismicidad depende en gran medida de la transición de un modelo de respuesta ante emergencias hacia una verdadera cultura de prevención y planificación urbana. Para lograr esto, se requiere una fiscalización rigurosa por parte de los ministerios competentes y los gobiernos locales, asegurando que los desarrollos inmobiliarios y las obras estatales cumplan al pie de la letra con los coeficientes de seguridad establecidos, penalizando de forma drástica la informalidad en el sector de la construcción.
Por otra parte, la educación ciudadana juega un papel crucial en la reducción de la pérdida de vidas humanas durante los primeros minutos de un movimiento telúrico. Las autoridades de socorro y la comunidad científica coinciden en que la organización de simulacros periódicos en escuelas y entornos laborales, la creación de planes de contingencia familiares y la correcta identificación de rutas de evacuación seguras son las herramientas más efectivas disponibles. La advertencia sobre el potencial destructivo en la región está sobre la mesa, y la responsabilidad de evitar que un fenómeno natural se convierta en una tragedia recae directamente sobre la capacidad de previsión del Estado y la sociedad civil.
