Por José Manuel Jerez
Las elecciones presidenciales de Colombia ofrecen una de las lecciones más didácticas de la política contemporánea: no siempre gana quien comienza como el representante natural de un espacio ideológico; con frecuencia termina imponiéndose quien logra convertirse, durante la campaña, en el candidato percibido como más viable para alcanzar el poder. Esa diferencia entre liderazgo originario y liderazgo electoral efectivo resulta fundamental para comprender el ascenso de Abelardo de la Espriella frente a figuras que, como Paloma Valencia, parecían representar de manera más orgánica, histórica e institucional a la derecha colombiana.
Paloma Valencia tenía credenciales políticas claras. Provenía del uribismo, expresaba una derecha doctrinaria, parlamentaria, combativa y con identidad reconocible. Para amplios sectores conservadores, representaba una continuidad ideológica coherente con el Centro Democrático y con la tradición política construida alrededor de Álvaro Uribe. En términos de representación partidaria, era una figura genuina de ese espacio. Sin embargo, las elecciones modernas no se deciden únicamente por la pureza de la representación, sino por la percepción de viabilidad.
Ese fue el punto de inflexión. Mientras Paloma Valencia podía ser vista como la candidata natural de una parte de la derecha, Abelardo de la Espriella comenzó a ser percibido por segmentos crecientes del electorado como el candidato con mayor capacidad de conexión emocional, expansión política y competitividad frente al bloque de izquierda. En ese momento dejó de operar exclusivamente la afinidad ideológica y comenzó a funcionar la lógica estratégica del voto útil.
El voto útil no significa que el elector renuncie a sus convicciones. Significa que las organiza de manera práctica frente a un objetivo superior: evitar la derrota del campo político con el cual se identifica. Muchos ciudadanos pueden preferir originalmente a un candidato, pero si llegan a la conclusión de que otro aspirante posee mayores posibilidades de ganar, trasladan su apoyo hacia la opción que consideran más eficaz. Esa transferencia no siempre responde al entusiasmo; muchas veces responde al cálculo.
Ahí aparece el llamado efecto Top Dog. A diferencia del efecto Underdog, que genera simpatía hacia quien parece estar en desventaja, el efecto Top Dog beneficia al candidato que empieza a ser visto como ganador posible. Cuando la ciudadanía percibe que alguien está creciendo, que conecta con más sectores, que domina la conversación pública y que puede romper el techo de su propio espacio político, comienza a producirse un fenómeno de acumulación: la percepción de fuerza genera más fuerza.
En Colombia, ese proceso fue particularmente visible. Paloma Valencia podía conservar legitimidad ideológica, pero De la Espriella empezó a proyectar una imagen de mayor empuje electoral. Su discurso frontal, su estilo confrontativo, su capacidad de conectar con sectores inconformes y su presentación como figura disruptiva dentro de la derecha le permitieron ocupar un espacio emocional que la política tradicional muchas veces no logra llenar. La campaña dejó de preguntarse quién representaba mejor al uribismo y comenzó a preguntarse quién podía competir con mayor eficacia por la Presidencia.
Esa mutación es decisiva. Cuando una elección se percibe como una confrontación de alta intensidad entre modelos de país, el elector tiende a abandonar la lógica testimonial. Ya no vota únicamente para expresar identidad; vota para producir resultado. En ese contexto, un candidato que parece ideológicamente más puro puede perder terreno frente a otro que parece electoralmente más potente. La política deja de ser una competencia de fidelidades internas y se convierte en una disputa por la eficacia del voto.
Por eso no basta con decir que Paloma Valencia perdió votos frente a Abelardo de la Espriella. Lo más preciso es afirmar que una parte del electorado de derecha reordenó sus preferencias conforme cambió la percepción de competitividad. Es posible que muchos votantes siguieran respetando a Valencia, reconociendo su trayectoria y compartiendo sus posiciones; pero, al mismo tiempo, pudieron concluir que De la Espriella ofrecía mayores probabilidades de victoria. En política, esa conclusión suele ser más determinante que la simpatía inicial.
Este fenómeno demuestra que las campañas electorales no son fotografías inmóviles, sino procesos dinámicos. Un candidato puede comenzar como favorito dentro de su espacio político y terminar desplazado si otro logra capturar la imaginación, la energía y la expectativa de triunfo. La viabilidad electoral no se decreta; se construye. Y una vez se instala, puede producir un efecto de arrastre difícil de contener.
La enseñanza colombiana es clara: el liderazgo natural de un sector no garantiza la nominación emocional del electorado. Una cosa es representar doctrinalmente a una corriente política y otra muy distinta es convertirse en su vehículo electoral más eficaz. Paloma Valencia pudo representar con mayor organicidad al uribismo; De la Espriella, en cambio, terminó proyectándose como el instrumento más competitivo para disputar el poder.
Desde la ciencia política, este caso confirma tres ideas fundamentales. Primero, que el elector moderno combina identidad y cálculo. Segundo, que la percepción de crecimiento puede ser tan importante como el crecimiento mismo. Tercero, que el voto útil tiende a concentrarse alrededor de quien parece tener mayor capacidad de victoria, incluso cuando esa persona no haya sido inicialmente la figura más institucional del espacio político que termina respaldándola.
Colombia enseña, además, que la política contemporánea premia la conexión emocional y castiga la rigidez de las estructuras tradicionales cuando estas no logran transmitir posibilidad real de triunfo. Los partidos pueden conservar historia, militancia y doctrina, pero si no logran convertir esos activos en percepción de victoria, pueden ser desplazados por liderazgos más agresivos, más disruptivos o más eficaces comunicacionalmente.
La gran paradoja es que el candidato que originalmente parece menos orgánico puede terminar convirtiéndose en el verdadero polo de agregación electoral. No porque posea necesariamente mayor densidad ideológica, sino porque logra algo que en campaña vale oro: convencer a suficientes ciudadanos de que puede ganar. Y cuando una sociedad empieza a creer que un candidato puede ganar, ese simple cambio de percepción puede producir nuevos votos, nuevas adhesiones y nuevas lealtades.
Por eso, el caso colombiano debe ser estudiado con atención en toda América Latina. No se trata solamente de la victoria de un candidato sobre otro. Se trata de la demostración práctica de cómo funciona la psicología electoral en democracias polarizadas: la gente puede comenzar siguiendo a quien representa mejor sus ideas, pero terminar votando por quien parece tener mejores condiciones para defenderlas desde el poder.
Las elecciones presidenciales de Colombia muestran que el efecto Top Dog no es una abstracción académica. Es una fuerza política real. Opera cuando la percepción de victoria empieza a ordenar el comportamiento del electorado. Opera cuando el voto útil sustituye a la simpatía inicial. Opera cuando una candidatura deja de ser una opción más y se convierte en el punto de concentración de quienes no quieren perder.
En conclusión, la lección es contundente: en las elecciones modernas, no basta con ser el candidato natural de una corriente política. Hay que convertirse en el candidato viable. Paloma Valencia representaba una tradición; Abelardo de la Espriella logró proyectar una posibilidad de poder. Y en política, cuando la posibilidad de poder se vuelve creíble, empieza a atraer todo aquello que necesita para convertirse en realidad.
