
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La única isla americana que el Almirante regaló a un compañero de viaje.
La historia suele recordar a Cristóbal Colón como el descubridor europeo de América y como el navegante que abrió definitivamente el océano Atlántico a la expansión del mundo occidental. Sin embargo, detrás de aquella extraordinaria empresa existieron hombres cuya participación quedó casi olvidada por los siglos, aunque sus testimonios constituyen hoy documentos indispensables para comprender los primeros años del encuentro entre Europa y el Nuevo Mundo.
Uno de ellos fue Michele de Cuneo, comerciante, navegante y hombre de negocios nacido en la ciudad de Savona, en la costa de Liguria. Gracias a la larga carta que escribió en 1495 al regresar del segundo viaje colombino conocemos numerosos detalles de aquella expedición, desde las dificultades de la navegación hasta la vida cotidiana en La Española, las relaciones entre españoles, genoveses e indígenas, la búsqueda obsesiva del oro y el descubrimiento de nuevas tierras.

Entre todos esos episodios existe uno que posee un significado muy especial para la historia dominicana: el origen del nombre de la isla Saona.
Pocas personas saben que el nombre de esa isla, convertida hoy en uno de los principales símbolos naturales de la República Dominicana, nació como un homenaje personal de Cristóbal Colón a uno de sus más cercanos compañeros de viaje. Aún menos conocido resulta que el propio Michele de Cuneo afirmó haber recibido la isla como un regalo del Almirante, convirtiéndose así en el único hombre al que Colón concedió personalmente una especie de señorío colonial en América.
La historia de Saona constituye, por tanto, un episodio singular dentro de toda la empresa colombina.

Michele de Cuneo: un hombre de la aristocracia mercantil ligur
Michele de Cuneo nació en Savona poco antes de marzo de 1448. Era hijo de Corrado de Cuneo y Mariola, probablemente perteneciente a la familia Scarella. Los de Cuneo procedían originalmente de la cercana localidad de Cunio, aunque ya estaban plenamente establecidos en Savona desde el siglo XIV.
No pertenecían a la nobleza feudal tradicional, sino a la poderosa aristocracia mercantil que había convertido a Génova y a las ciudades ligures en uno de los grandes centros comerciales del Mediterráneo.
Su familia estaba integrada por armadores, capitanes marítimos, comerciantes, diplomáticos, propietarios urbanos y rurales y empresarios dedicados también al crédito. Sus galeras navegaban desde las costas del norte de África hasta Quíos, en el mar Egeo; desde los puertos de la Península Ibérica hasta Flandes e Inglaterra.
Su abuelo, también llamado Michele, había sido comerciante de paños y embajador en Milán y Génova.
Su padre, Corrado, participó activamente en el gobierno municipal de Savona. En 1471 ingresó en el Consejo de Ancianos y desarrolló durante décadas una intensa actividad comercial por todo el Mediterráneo occidental.
Los matrimonios dentro de aquella familia respondían a una lógica económica y política característica del mundo ligur. Los de Cuneo mantenían estrechas alianzas con importantes familias como los Della Rovere y los Centurione, cuyos miembros ocuparían posteriormente posiciones decisivas tanto en la política italiana como en la Iglesia.
Precisamente esa compleja red comercial y financiera explica buena parte del éxito alcanzado por los navegantes genoveses durante los siglos XV y XVI.
Los caminos de Colón y los ligures
Uno de los aspectos más interesantes que revela la documentación conservada es la estrecha relación existente entre la familia Colombo y los de Cuneo.

En agosto de 1474, Corrado de Cuneo vendió varias casas y terrenos situados en Legino a Domenico Colombo, padre de Cristóbal Colón, quien ya se había trasladado con su familia a Savona algunos años antes.
Aquel simple contrato inmobiliario demuestra que ambas familias no sólo pertenecían al mismo ambiente ciudadano, sino que mantenían relaciones económicas directas.
Los archivos de Savona conservan decenas de documentos relacionados con Michele de Cuneo.
Sabemos que construyó barcos, participó en sociedades mercantiles, compró y vendió inmuebles, negoció azúcar, trigo, paños, hilos de oro y otras mercancías, además de realizar operaciones financieras y de crédito.
En 1489 fue nombrado publicus extimator civitatis et communis Saone, es decir, tasador público de la ciudad y del municipio de Savona.
Todo indica que se trataba de un comerciante culto, experimentado y perfectamente integrado en la red internacional de negocios creada por los genoveses.
El segundo viaje de Cristóbal Colón
Cuando Cristóbal Colón regresó triunfalmente de su primer viaje en marzo de 1493, Europa entera quedó fascinada por las noticias procedentes del otro lado del Atlántico.
Diplomáticos, comerciantes y banqueros deseaban conocer hasta el último detalle de aquellas nuevas tierras.
Portugal observaba con preocupación el avance castellano.
Los comerciantes italianos comprendían inmediatamente las inmensas posibilidades económicas abiertas por la nueva ruta occidental.
Por ello no resulta sorprendente que Michele de Cuneo decidiera incorporarse al segundo viaje de Colón.
La expedición partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493.
Ya no se trataba de la modesta empresa formada por una nao y dos carabelas.
Ahora la Corona había organizado una verdadera flota de diecisiete embarcaciones, destinada no sólo a explorar sino también a colonizar los territorios descubiertos.
Entre sus integrantes figuraban numerosos genoveses y ligures.
Como ha señalado la historiadora Gabriella Airaldi, Colón podía servir a Castilla, pero difícilmente podía actuar sin la extensa red comercial de los hombres de Génova.
España estaba llena de comerciantes, banqueros, navegantes y empresarios ligures.
Aquella presencia constituía una verdadera infraestructura económica internacional que facilitaba operaciones financieras, abastecimientos, información y relaciones comerciales.
Michele de Cuneo formaba parte precisamente de ese mundo.
Su viaje no era únicamente una aventura marítima.
También era una misión comercial.
La carta que sobrevivió cinco siglos
Al concluir el segundo viaje, Michele de Cuneo regresó a Italia llevando consigo abundantes notas tomadas durante la expedición. El 26 de septiembre de 1495, su amigo Gerolamo Aimari le solicitó que le relatara cuanto había visto en aquellas tierras recientemente descubiertas. Ambos debían reunirse personalmente, pero el encuentro nunca llegó a realizarse.
Michele decidió entonces escribir una extensa carta. Comenzó el 15 de octubre de 1495 y la terminó apenas trece días después, el 28 de octubre.
Aquella carta, destinada originalmente a un amigo, terminó convirtiéndose en uno de los documentos fundamentales para reconstruir la historia del segundo viaje de Cristóbal Colón.
Durante siglos permaneció prácticamente desconocida, hasta que en 1885 fue descubierta por el erudito italiano Olindo Guerrini dentro del denominado «Manuscrito Negro», manuscrito número 4075 conservado en la Biblioteca del Instituto de Ciencias de la Universidad de Bolonia.
Desde entonces ha sido objeto de numerosos estudios y sucesivas ediciones críticas, especialmente por Jacques Heers, Gabriella Airaldi, Luigi Formisano, Giuseppe Milazzo, Juan Gil y Consuelo Varela.
Para los historiadores constituye una fuente excepcional.
No fue escrita por un cronista oficial ni por un religioso, sino por un comerciante acostumbrado a observar cuidadosamente el mundo.
Su manera de mirar era distinta.
Mientras otros describían únicamente la conquista o la evangelización, Michele registraba también los puertos, los productos agrícolas, las posibilidades comerciales, las rutas marítimas, las especies animales, la calidad de los suelos, la disponibilidad de agua, las distancias entre las islas y las oportunidades económicas que ofrecían aquellas nuevas tierras.
Por ello diversos especialistas consideran que su obra pertenece al género de las antiguas «prácticas de mercadería», manuales utilizados por comerciantes italianos para transmitir información útil sobre mercados, mercancías y rutas comerciales.
No era un simple diario de viaje.
Era el informe de un hombre de negocios.
Un observador sin adornos
Una de las características más notables de Michele de Cuneo es la extraordinaria sinceridad de sus descripciones.
No intenta embellecer la realidad.
Relata las privaciones sufridas durante la expedición.
Al describir la marcha hacia el Cibao, territorio que Colón seguía identificando obstinadamente con el Cipango de Marco Polo, escribe:
«No demasiado bien provistos de ropa. Y en dicho viaje, entre la ida, la estancia y el regreso, permanecimos veintinueve días con pésimo tiempo, comiendo mal y bebiendo peor.»
Pero inmediatamente añade otra observación igualmente reveladora:
«Por la codicia del mencionado oro, todos nos manteníamos fuertes y vigorosos.»
En otra ocasión recuerda que pasaron doce días sobreviviendo prácticamente sin agua y alimentándose únicamente de pan elaborado con mandioca.
Las provisiones escaseaban tanto que la despensa permanecía cerrada bajo llave para evitar robos.
Cada hombre recibía apenas unas ocho onzas de pan diarias, poco más de doscientos gramos.
Según Michele, si no hubiese sido por la abundancia de peces, la expedición habría terminado en un desastre.
Son detalles aparentemente secundarios, pero permiten comprender la enorme dureza de aquellas primeras expediciones atlánticas.
La amistad con Cristóbal Colón
La carta revela también una relación de confianza poco común entre Michele y el Almirante.
Colón desconfiaba profundamente de la mayoría de los españoles y prefería rodearse de familiares y compatriotas.
Su mayor colaborador era su hermano Bartolomé.
Sin embargo, Michele ocupó un lugar muy especial entre sus amigos.
Con el humor propio de un viejo compañero de viaje, cuenta incluso que al hacer escala en La Gomera, Colón organizó festejos, disparos de bombardas y fuegos artificiales para agasajar a la señora de la isla, de quien había estado enamorado años antes.
No era una anécdota destinada a disminuir la figura del Almirante.
Al contrario.
Refleja la cercanía con la que Michele lo trataba.
Más adelante ofrece un retrato extraordinario del navegante:
«Desde que Génova es Génova no ha nacido hombre tan magnánimo y tan agudo en el arte de navegar como el mencionado señor almirante.»
Y continúa:
«Mientras navegaba, con sólo ver una nube o una estrella durante la noche, juzgaba lo que debía suceder; y, si debía producirse mal tiempo, él mismo daba las órdenes y permanecía al timón. Cuando la tempestad había pasado, levantaba las velas mientras los demás dormían.»
Se trata probablemente del elogio más impresionante escrito por un contemporáneo de Colón acerca de sus capacidades como marino.
No procede de un cortesano ni de un cronista oficial.
Lo escribe un navegante experimentado que había recorrido durante años el Mediterráneo.
Sombras de la conquista
Precisamente porque Michele escribe con franqueza, su relato también muestra el lado más oscuro de la empresa colombina.
Describe sin eufemismos la violencia ejercida contra los indígenas.
Habla de castigos corporales, mutilaciones, esclavitud y de la obsesión por encontrar oro.
Cuenta cómo numerosos indígenas capturados murieron durante el viaje hacia Europa.
Relata igualmente los conflictos entre españoles y genoveses, las rivalidades internas y la creciente tensión dentro de la colonia.
Cuando algunos colonos realizaban intercambios clandestinos con los indígenas, las penas podían incluir azotes y el corte de las orejas o de la nariz.
La conquista distaba mucho de ser una empresa ordenada.
Era un mundo dominado por la ambición, las enfermedades, las rivalidades nacionales y la incertidumbre permanente.
Nada de ello es ocultado por Michele.
Su carta constituye precisamente un documento histórico de enorme valor porque no intenta justificar los hechos.
Simplemente los cuenta.
Y gracias a esa honestidad resulta posible comprender con mayor profundidad tanto las grandezas como las tragedias de aquellos primeros años de presencia europea en América.
Pero entre todas las experiencias vividas durante aquella expedición hubo una que Michele recordaría con especial orgullo: el descubrimiento de una hermosa isla situada frente a la costa oriental de La Española, cuyo nombre permanecería unido para siempre al de su ciudad natal.
El descubrimiento de la Bella Saonese
Fue durante la exploración de la costa meridional de La Española cuando ocurrió uno de los episodios más singulares de toda la empresa colombina.
Michele de Cuneo relata que, navegando junto a Cristóbal Colón, fue el primero en avistar un hermoso cabo provisto de un excelente puerto natural.
Como reconocimiento, el Almirante decidió bautizar aquel lugar con un nombre que hacía referencia directa a su compañero de expedición:
«Puso por nombre al cabo San Michele Saonese, en consideración a mí, y así lo anotó en su libro.»
Poco después apareció ante ellos una isla de extraordinaria belleza.
Michele continúa el relato con palabras que constituyen uno de los testimonios más importantes de toda la documentación colombina:
«Una isla hermosísima, situada frente a un cabo no demasiado lejano, que también fui el primero en descubrir. Su contorno era de unas veinticinco leguas y, también por afecto hacia mí, el señor almirante le puso por nombre la Bella Saonese y me la entregó como presente.»
Aquella frase, escrita apenas dos años después de los acontecimientos, posee un enorme valor histórico.
Por primera vez un testigo presencial explica el origen del nombre de la actual isla Saona.
No fue un nombre indígena.
Tampoco una denominación religiosa, como acostumbraba hacer Colón.
Mucho menos un homenaje a la Corona de Castilla.
Fue un homenaje personal a la ciudad italiana de Savona, patria de Michele de Cuneo.
Con el paso del tiempo, el nombre Bella Saonese terminó simplificándose hasta convertirse simplemente en Saona, denominación que conserva desde finales del siglo XV.
Un regalo excepcional
Pero el episodio no terminó con el bautismo de la isla.
Según el propio Michele, Cristóbal Colón realizó un gesto absolutamente extraordinario.
Le entregó la isla como regalo personal.
Escribió:
«Conforme a las formas y procedimientos correspondientes, tomé posesión de ella, del mismo modo que el señor almirante lo hacía con las demás en nombre de la majestad del rey; es decir, mediante un documento de notario público.»
Y añade inmediatamente:
«Arranqué hierba, corté árboles, planté la cruz y también la horca, y en nombre de Dios la bauticé con el nombre de la Bella Saonese.»
Aquellos gestos respondían al ceremonial jurídico castellano utilizado para tomar posesión de nuevos territorios.
La cruz simbolizaba la incorporación del territorio a la Cristiandad.
La horca representaba la autoridad para administrar justicia.
Arrancar hierba y cortar ramas constituían antiguos actos simbólicos de posesión territorial.
Michele afirma además que todo aquel procedimiento quedó registrado por Colón en su propio libro de navegación.
El único señorío concedido por el Almirante
Los historiadores consideran que éste constituye un caso único.
No se conoce otro episodio semejante en toda la trayectoria colombina.
Jacques Heers llegó a afirmar que Michele de Cuneo fue la única persona a quien Cristóbal Colón concedió un señorío colonial durante sus viajes americanos.
Más tarde, el gran historiador italiano Paolo Emilio Taviani, uno de los mayores especialistas del siglo XX en la vida del Descubridor, reforzó todavía más esta interpretación.
En su obra sobre Cristóbal Colón escribe que el Almirante tenía por costumbre bautizar las nuevas tierras con nombres relacionados con la fe cristiana o con la monarquía española.
Sin embargo, existió una sola excepción.
Refiriéndose precisamente a Saona, Taviani afirma:
«Sólo permitió una excepción, Saona, y lo hizo —lo dijo claramente— en honor a Miguel (Michele) de Cuneo, no a sí mismo o a su familia.»
Esta observación reviste enorme importancia.
Demuestra que el homenaje no fue una casualidad.
Fue una decisión consciente de Colón.
Mientras Bartolomé Colón fundaba la ciudad de Santo Domingo y bautizaba la nueva capital recordando a su padre Domenico Colombo, Cristóbal mantuvo intacto el nombre de Saona como recuerdo permanente de su amigo savonés.
Un vínculo profundamente ligur
Este episodio posee además otro significado histórico.
Durante siglos se discutió el verdadero origen de Cristóbal Colón.
Algunas teorías pretendieron presentarlo como catalán, portugués, corso o incluso castellano.
Sin embargo, Jacques Heers observó que un navegante perteneciente a cualquiera de esas tradiciones difícilmente habría bautizado una isla americana con el nombre de una pequeña ciudad de Liguria.
El homenaje sólo resulta plenamente comprensible dentro del ambiente genovés al que pertenecían tanto Colón como Michele de Cuneo.
Gabriella Airaldi ha insistido igualmente en que la empresa colombina debe entenderse dentro de la amplia red comercial ligur que durante siglos había unido el Mediterráneo con el Atlántico.
Cristóbal Colón servía a Castilla, pero seguía siendo un hombre formado en la cultura marítima de Génova.
Su amistad con Michele constituye uno de los ejemplos más claros de esa continuidad.
Una isla habitada
La descripción que Michele hace de Saona también resulta extraordinariamente valiosa.
No encontró una isla desierta.
Escribe que en ella existían treinta y siete aldeas y calcula una población de no menos de treinta mil habitantes.
La cifra seguramente está exagerada según los criterios demográficos actuales.
Sin embargo, revela una realidad indiscutible.
La isla estaba densamente poblada por comunidades taínas antes de la llegada de los europeos.
Michele describe un territorio fértil, cubierto de vegetación y habitado por pueblos perfectamente organizados.
Aquella visión contrasta profundamente con la imagen posterior de una isla casi despoblada como consecuencia del colapso demográfico que siguió a la conquista.
Hoy, cuando miles de visitantes recorren diariamente sus playas de arena blanca y sus aguas transparentes, resulta difícil imaginar aquella Saona indígena poblada por decenas de aldeas, integrada plenamente en la vida del cacicazgo de Higüey y convertida pocos años después en escenario de uno de los procesos más dramáticos de la historia americana.
El comerciante que veía más allá del oro
La mayor parte de los cronistas que acompañaron las primeras expediciones españolas describieron los acontecimientos desde una perspectiva militar, religiosa o política. Michele de Cuneo, en cambio, contemplaba el Nuevo Mundo con los ojos de un comerciante formado en la tradición mercantil de Génova.
Su interés iba mucho más allá del oro.
Registraba cuidadosamente la calidad de los puertos, la existencia de agua dulce, las condiciones de navegación, las posibilidades agrícolas, los recursos naturales y las especies animales.
Observó qué cultivos europeos prosperaban en aquellas tierras.
Escribió que el perejil, los melones, las sandías, las calabazas y los rábanos crecían con facilidad. En cambio, las cebollas, los puerros, la lechuga, el trigo, los garbanzos y las habas producían resultados mucho más modestos.
Anotó igualmente que las gallinas, los perros y los gatos se reproducían rápidamente, mientras que el crecimiento del ganado vacuno, de los caballos y de las ovejas era mucho más lento.
Su curiosidad científica era extraordinaria para un hombre de finales del siglo XV.
Describió numerosas especies de aves, peces y animales marinos. Explicó la utilización de la mandioca como alimento básico. Habló de las iguanas, de las canoas indígenas, de las armas fabricadas con piedra y madera, de los arcos semejantes a los ingleses y de los adornos elaborados con plumas de papagayo.
También describió las costumbres religiosas y sociales de los taínos.
Observó que vivían desnudos, que desconocían el cristianismo y que conservaban imágenes religiosas que, desde su mirada europea, le recordaban representaciones de la Piedad.
Narró igualmente la existencia de los pueblos caníbales, cuyos hábitos describió con la mezcla de curiosidad y temor característica de la mentalidad europea de su tiempo.
Luces y sombras
Precisamente porque Michele escribía con absoluta libertad, su carta conserva un enorme valor histórico.
No oculta la violencia.
Habla de la esclavitud como una práctica normal para la cultura europea de finales del siglo XV.
Describe castigos corporales, mutilaciones, expediciones militares y la desesperación de numerosos indígenas obligados a abandonar sus aldeas.
Cuenta cómo muchas madres huían dejando atrás a sus hijos pequeños y cómo numerosos esclavos morían durante el viaje hacia Europa.
Su relato contiene además uno de los pasajes más duros de toda la literatura colombina al narrar el episodio de la indígena que Colón le regaló como esclava.
Michele describe los hechos con una frialdad que hoy resulta estremecedora y que refleja la mentalidad dominante en buena parte de la Europa de aquella época.
Precisamente por ello su carta constituye un documento imprescindible.
No pretende justificar ni condenar.
Simplemente muestra la realidad tal como la vivieron quienes participaron directamente en la conquista.
Cinco siglos después, ese testimonio permite comprender mejor tanto la grandeza de la navegación colombina como el profundo drama humano que acompañó el nacimiento del mundo moderno.
Un homenaje que permanece vivo
Durante siglos, el origen del nombre de Saona permaneció prácticamente desconocido para el gran público.
Sin embargo, los trabajos de historiadores como Jacques Heers, Gabriella Airaldi y Giuseppe Milazzo permitieron reconstruir documentalmente toda la historia.
A ellos se sumó el gran historiador italiano Paolo Emilio Taviani, probablemente el mayor especialista del siglo XX en Cristóbal Colón.
Taviani confirmó el carácter excepcional del homenaje realizado por el Almirante.
Recordó que Colón acostumbraba dar a las nuevas tierras nombres religiosos o relacionados con la Corona española.
Sólo hizo una excepción.
Saona.
Y la hizo —como él mismo explicó— en honor de Michele de Cuneo, no en honor de sí mismo ni de su propia familia.
Esa afirmación de Taviani coincide plenamente con la carta escrita por Michele en 1495 y constituye una confirmación independiente del episodio.
Hoy ya no existen dudas razonables sobre el origen del nombre de la isla.
Saona, puente entre Liguria y el Caribe
Cinco siglos después, miles de visitantes llegan cada año a la isla Saona atraídos por sus playas de arena blanca, sus aguas transparentes, sus arrecifes coralinos y su extraordinaria riqueza ecológica.
Integrada actualmente en el Parque Nacional Cotubanamá, constituye uno de los espacios naturales más valiosos de la República Dominicana y uno de los principales destinos del turismo nacional e internacional.
Sin embargo, pocos de esos visitantes saben que el nombre de la isla constituye también un puente histórico entre el Caribe y la costa de Liguria.
Cada vez que pronunciamos la palabra Saona, estamos evocando indirectamente a Savona, la ciudad donde nació Michele de Cuneo y donde también transcurrieron parte de los primeros años de la familia Colombo.
Detrás de ese nombre sobrevive la memoria de una amistad nacida en el mundo mercantil genovés y consolidada durante una de las expediciones más extraordinarias de la historia de la humanidad.
Una historia que merece ser recordada
La historia de Saona demuestra que los grandes descubrimientos nunca fueron únicamente la obra de un solo hombre.
Detrás de Cristóbal Colón existía una extensa red de navegantes, comerciantes, cartógrafos, banqueros y hombres de negocios procedentes principalmente de Génova y de otras ciudades ligures, cuya experiencia marítima y comercial contribuyó decisivamente a hacer posible la expansión atlántica.
Michele de Cuneo fue uno de los representantes más notables de ese mundo.
Su carta constituye mucho más que un relato de viaje.
Es una ventana abierta al nacimiento de la modernidad.
Gracias a ella conocemos la vida cotidiana de los primeros europeos en América, la complejidad de las relaciones entre conquistadores e indígenas, las expectativas económicas que impulsaban las expediciones y, sobre todo, el episodio único mediante el cual Cristóbal Colón decidió perpetuar la amistad entre dos ligures dando a una isla del Caribe el nombre de la ciudad natal de su compañero.
Por ello, la isla Saona no es solamente uno de los mayores tesoros naturales de la República Dominicana.
Es también un monumento histórico vivo.
Un lugar donde convergen la memoria del pueblo taíno, la epopeya de los descubrimientos geográficos y la antigua tradición marítima de Liguria.
Cada playa, cada bosque y cada rincón de esa isla recuerdan un episodio singular de la historia universal: el momento en que Cristóbal Colón quiso inmortalizar la amistad con Michele de Cuneo bautizando aquella hermosa tierra con un nombre que, más de cinco siglos después, continúa uniendo a la República Dominicana con la ciudad italiana de Savona.
Bibliografía
Airaldi, Gabriella, «La “Bella Saonese”», en Studi in memoria di Teofilo Ossian De Negri, Génova, 1986.
Airaldi, Gabriella y Formisano, Luigi (eds.), La scoperta nelle relazioni sincrone degli Italiani, Roma, 1996.
Gil, Juan y Varela, Consuelo, Cartas de particulares a Colón y relaciones coetáneas, Madrid, 1994.
Heers, Jacques, Cristoforo Colombo, Milán, 1983.
Milazzo, Giuseppe, Michele da Cuneo e l’isola di Saona, Savona, 1995.
Milazzo, Giuseppe, L’isola regalata. Cronache caraibiche antiche e moderne, Milán, 2002.
Milazzo, Giuseppe, Dall’Eurasia al Nuovo Mondo. Una storia italiana, secoli XI-XVI, Génova, 2007.
Taviani, Paolo Emilio, 1. Cristoforo Colombo. La genesi della grande scoperta, Milán, diversas ediciones. 2. Los Viajes de Colón, el gran descubrimiento.
