
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La historia de nuestros medios está vinculada al comercio, a la formación del Estado y a las relaciones entre el poder político y económico.
Cada innovación amplió las posibilidades de informar, pero también creó dependencias y conflictos.
Por eso, estudiar las comunicaciones exige atender tanto a las máquinas como a las personas, las empresas y las instituciones que deciden qué se publica, cómo circula y a quién llega.
Durante el siglo XIX, los periódicos participaron en las controversias sobre independencia, soberanía y organización nacional. Dependían de imprentas pequeñas, disponibilidad de papel y transportes terrestres o marítimos. Sus lectores constituían un público limitado por las condiciones educativas.

El telégrafo alteró profundamente ese escenario: las noticias podían viajar más rápido que las personas. Después, el teléfono y las agencias informativas ampliaron las conexiones de nuestras redacciones con el exterior.
El nacimiento del Listín Diario Marítimo, el primero de agosto de 1889, permite comprender la relación entre información y actividad comercial.
Arturo Pellerano Alfau, mediante la agencia Pellerano-Atiles, impulsó una publicación que anunciaba entradas y salidas de embarcaciones del puerto de Santo Domingo.
Conocer el movimiento marítimo facilitaba operaciones mercantiles. Aquella información tenía un valor práctico inmediato para comerciantes, transportistas y compradores.
La publicación evolucionó hacia un periódico de información general.
La familia Pellerano participó en una experiencia empresarial que acompañó importantes transformaciones de la sociedad dominicana.
Su desarrollo exigió mejores equipos, servicios informativos y organización profesional.
Sin embargo, el Listín dejó de circular en 1942, durante la dictadura de Trujillo, y reapareció en 1963. Su trayectoria demuestra que la supervivencia de un periódico también depende de las condiciones políticas.
Rafael Leónidas Trujillo comprendió la importancia estratégica de las comunicaciones.
Durante su régimen surgieron La Nación, en 1940, y El Caribe, en 1948, periódicos modernos de su propiedad.
Las inversiones permitían desarrollar capacidades técnicas y formar trabajadores especializados, mientras las publicaciones contribuían a proyectar y legitimar el poder. La modernización de los talleres convivía con mecanismos de censura y subordinación editorial.
Esta experiencia merece estudiarse sin confundir dos procesos distintos: el progreso tecnológico y la libertad de información.
Un país puede disponer de excelentes instalaciones y carecer de condiciones para investigar o criticar a sus gobernantes.
Después de 1961, las redacciones participaron en una apertura política llena de tensiones. La desaparición de la dictadura amplió la circulación de ideas, aunque no eliminó las presiones sobre el ejercicio periodístico.
La radio produjo otra revolución. La inauguración de HIX, en 1928, durante el gobierno de Horacio Vásquez, marcó un momento importante de su desarrollo nacional. La voz podía alcanzar simultáneamente a miles de personas, incluso en comunidades donde los periódicos llegaban tarde o difícilmente circulaban. También permitía acceder a noticias y contenidos culturales sin necesidad de saber leer.
La Voz del Yuna, establecida en Bonao en 1942 por José Arismendy Trujillo Molina, Petán, fue una experiencia fundamental. Su evolución hacia La Voz Dominicana enlazó el desarrollo radiofónico con el televisivo.
La radio difundió música, deportes, discursos y noticias; también sirvió para la propaganda y la movilización.
Durante la Revolución de Abril de 1965, el control de las transmisiones tuvo una importancia política y estratégica evidente.
Con La Voz Dominicana, en 1952, la televisión incorporó las imágenes en movimiento a esa comunicación inmediata. Exigía estudios, cámaras, iluminación, transmisores y personal especializado. Creó nuevas ocupaciones y obligó a transformar otras.
La publicidad encontró una poderosa vía de entrada a los hogares, mientras el periodismo político incorporó gestos, expresiones y escenografías que la palabra escrita o la voz, por sí solas, no podían mostrar.
Posteriormente, los canales privados, la televisión en colores, los enlaces satelitales y los equipos portátiles ampliaron las posibilidades informativas.
Los acontecimientos internacionales pasaron a formar parte de la experiencia cotidiana dominicana.
También cambió la competencia económica: prensa, radio y televisión debían repartirse los ingresos publicitarios.
Las innovaciones técnicas modificaban simultáneamente las prácticas profesionales, las preferencias del público y la organización de las empresas.
Mi experiencia personal me permite apreciar la profundidad de esos cambios. En 1967 con diez y siete años de edad publiqué reportajes en el suplemento sabatino del Listín Diario. El 14 de junio de 1969 ingresé a El Nacional de Ahora como reportero y redactor.
Conocí las redacciones de máquinas de escribir, los servicios telegráficos, las linotipias, los laboratorios fotográficos y las grandes rotativas. La noticia atravesaba numerosos procedimientos antes de llegar al lector.
Había que escribir, revisar, componer, diagramar, imprimir y distribuir. Las fotografías requerían películas y revelado químico.
Los horarios de cierre imponían límites concretos: un acontecimiento tardío podía obligar a rehacer páginas o esperar otra edición. Ese trabajo enseñaba una lección todavía válida: el periódico era una obra colectiva.
La calidad dependía de periodistas, fotógrafos, correctores, técnicos, impresores y distribuidores, unidos por responsabilidades diferentes y complementarias.
La trayectoria de José Luis Corripio Estrada, Pepín Corripio, representa otra etapa de modernización. Su interés juvenil por la impresión, nacido al dirigir un periódico escolar, precedió a su participación en La Noticia en 1973.
En 1979 Pepín adquirió la mayoría accionaria de El Nacional; en 1981 apareció Hoy, y en 2002, El Día. Eran proyectos dirigidos a distintos públicos y modelos de circulación.
Su desarrollo muestra que modernizar un medio supone mucho más que comprar equipos. Exige financiar instalaciones, organizar redacciones, remunerar profesionales y sostener inversiones.
También plantea preguntas sobre concentración empresarial, autonomía editorial y diversidad de opiniones. Una empresa sólida puede financiar investigaciones y tecnologías costosas.
La sociedad necesita, al mismo tiempo, que esa fortaleza económica contribuya a una oferta informativa plural.
La televisión por cable multiplicó las señales disponibles. Telecable Nacional fue pionera, con la inauguración formal de su servicio en diciembre de 1982.
Las redes permitieron distribuir programación internacional y abrir espacios para productores nacionales. En ciudades como La Vega, Santiago y Puerto Plata surgieron oportunidades para canales y programas cercanos a sus comunidades. El público podía conocer mejor acontecimientos que recibían escasa atención desde la capital.
Esa expansión también fragmentó las audiencias y aumentó la competencia publicitaria.
Internet profundizó posteriormente la transformación al reunir textos, fotografías, sonidos, videos y documentos en una misma red.
Un periódico podía producir audiovisuales; una emisora, publicar artículos; un canal, ofrecer información escrita. Las fronteras entre los medios comenzaron a depender menos del soporte original y más de su capacidad para investigar y comunicar.
La primera versión del Listín Diario en Internet, en diciembre de 1996, forma parte de ese recorrido. La publicación digital permitió actualizar noticias sin esperar otra edición impresa y facilitó el surgimiento de nuevos medios.
Para los investigadores, las bibliotecas digitales, los archivos electrónicos y las bases de datos abrieron posibilidades extraordinarias.
Sin embargo, disponer de abundante información exige aprender a seleccionar, contextualizar y comprobar.
Las redes sociales llevaron la transformación más lejos. Cualquier ciudadano con un teléfono conectado puede publicar imágenes y transmitir desde el lugar de un acontecimiento.
Ese testimonio puede ser valioso, pero también circular incompleto o fuera de contexto. La rapidez favorece tanto la información útil como el rumor. Además, los algoritmos de grandes plataformas influyen en la visibilidad de los contenidos y en la formación de las audiencias.
La inteligencia artificial introduce capacidades que alcanzan el procesamiento y la elaboración de información. Puede ayudar a transcribir entrevistas, traducir documentos, organizar archivos, resumir materiales e identificar patrones.
Para el periodista y el historiador, esas herramientas pueden ahorrar tiempo y facilitar búsquedas.
Su aprovechamiento exige conocer sus límites: un texto convincente puede contener datos falsos, referencias inexistentes o interpretaciones que los documentos no sostienen.
También pueden producirse imágenes, voces y videos de sucesos que nunca ocurrieron.
Por eso, la verificación adquiere mayor importancia. Ninguna herramienta exonera al periodista de contrastar fuentes y revisar lo que firma.
La automatización plantea, además, cuestiones laborales, derechos de autor y nuevas necesidades de formación.
Las redacciones deberán decidir qué tareas delegan y cómo mantienen la supervisión humana sobre los contenidos publicados.
La financiación merece particular atención. Investigar requiere tiempo, desplazamientos, acceso a documentos y profesionales preparados.
Aunque desaparezcan algunos gastos de impresión, los medios digitales necesitan infraestructura, seguridad informática y recursos para producir contenidos propios.
Cuando la publicidad se desplaza hacia plataformas internacionales, las empresas nacionales enfrentan dificultades para mantener esas funciones.
La búsqueda de ingresos tampoco debería convertir cada noticia en una competencia por provocar reacciones inmediatas.
El valor social del periodismo incluye explicar procesos complejos, dar seguimiento a problemas y publicar asuntos que quizá atraigan menos visitas, pero resulten indispensables para comprender la vida de una comunidad y sus instituciones.
Los desafíos incluyen sostener económicamente el periodismo, preservar nuestros archivos y garantizar la pluralidad.
Digitalizar periódicos, grabaciones y fotografías permite proteger una memoria nacional que permanece dispersa o amenazada por el deterioro.
Las universidades, las empresas y el Colegio Dominicano de Periodistas pueden cooperar en esa tarea y en la actualización profesional.
Los jóvenes necesitan herramientas digitales, pero también historia, buena escritura, investigación y pensamiento crítico.
La imprenta multiplicó las palabras; la radio extendió las voces; la televisión incorporó imágenes; Internet conectó públicos y archivos; la inteligencia artificial amplía nuestras posibilidades de procesamiento.
Permanecen las preguntas esenciales: qué ocurrió, cómo lo sabemos y qué debemos comunicar responsablemente.
La sociedad necesita información confiable para comprender su realidad y participar en los asuntos públicos.
La responsabilidad intelectual y moral del periodismo continúa siendo humana.
(*) Este artículo es un sintético resumen de mi conferencia «De la imprenta a la inteligencia artificial», preparada para el Segundo Congreso de la Prensa Nacional e Internacional del Colegio Dominicano de Periodistas, en la Universidad Católica Tecnológica del Cibao, UCATECI, La Vega, los días 23 y 24 de octubre de 2026. Su propósito es examinar cómo la tecnología ha transformado el periodismo dominicano y qué responsabilidades permanecen vigentes frente a esos cambios.
