El pasado miércoles, 8 de abril, la República Dominicana se detuvo para recordar una de las madrugadas más oscuras de su historia reciente. Se cumplió el primer aniversario del colapso del techo del Jet Set Club, un siniestro que apagó 236 vidas —incluyendo la del icónico merenguero Rubby Pérez— y dejó heridas profundas en más de 180 sobrevivientes. Sin embargo, a doce meses de la tragedia, el sentimiento colectivo no es de consuelo, sino de una profunda y asfixiante impaciencia.
Es imposible escribir sobre lo ocurrido sin que el corazón se apriete al recordar esas interpretaciones que hoy suenan a despedida. La voz que con una potencia inigualable nos erizaba la piel al cantar "Enamorado de ella", se apagó bajo el peso de una estructura que nunca debió colapsar.
Hoy, las letras de "Hazme olvidarla" o la melancolía de "Perro ajeno" adquieren un matiz trágico. Cada nota alta que Rubby alcanzaba con aparente facilidad es ahora un recordatorio de la grandeza que perdimos por la negligencia. El merengue perdió su brillo y el país, una parte de su identidad sonora.
Lo que debió ser una conmemoración solemne el pasado miércoles se vio alterada por las inclemencias del tiempo, obligando a reprogramar los actos oficiales. Pero la verdadera tormenta no es la que cayó del cielo, sino la que persiste en los tribunales. A un año del derrumbe, el caso se encuentra todavía en fase preliminar, atrapado en un laberinto de aplazamientos que los familiares califican como una burla a su duelo.
El panorama judicial actual presenta un contraste inquietante:
Acuerdos vs. Sentencias: Mientras la defensa de los propietarios asegura haber alcanzado acuerdos económicos con el 70% de las familias, una parte significativa de los afectados rechaza el dinero como sustituto de la responsabilidad penal.
Imputaciones en pausa: El Ministerio Público ha solicitado el envío a juicio de fondo para los responsables, pero las audiencias siguen postergándose, alimentando la percepción de impunidad.
Negligencia estructural: Las investigaciones han revelado que el edificio, con más de 50 años de antigüedad, presentaba fallas estructurales que pudieron ser previstas. Informes sugieren que incluso el mismo día del evento se realizaron reparaciones improvisadas en los plafones.
"No buscamos solo compensación; buscamos que esto no vuelva a ocurrir. La justicia lenta no es justicia, es un segundo derrumbe sobre nosotros", así lo expresan miembros del Movimiento Justicia Jet Set.
El aniversario del miércoles pasado no solo recordó a las personalidades que perdimos —desde figuras del deporte como Octavio Dotel hasta funcionarios y ciudadanos de a pie—, sino que puso en evidencia la fragilidad de nuestros controles de seguridad en espacios públicos.
La justicia dominicana tiene hoy una deuda pendiente con las 236 víctimas. No basta con acuerdos extrajudiciales que busquen silenciar el reclamo; se requiere una sentencia que establezca un precedente real sobre la responsabilidad empresarial y la supervisión estatal. Mientras el tribunal decide si envía o no a los acusados a juicio, el solar de la avenida Independencia sigue siendo un recordatorio mudo de que, en este país, el techo puede caer sobre cualquiera, pero la justicia tarda demasiado en levantarse.
