Por José Manuel Jerez
El bloqueo del Estrecho de Ormuz por parte de Estados Unidos no debe analizarse como una operación militar convencional, sino como la activación deliberada del arma más poderosa del siglo XXI: el control de la energía global. No estamos ante una crisis regional, sino ante el inicio de una confrontación sistémica cuyo verdadero objetivo no es Irán, sino China y, con ella, el equilibrio completo del orden internacional.
Reducir este escenario a un conflicto entre Washington y Teherán es un error analítico grave. Irán es el teatro; China es el objetivo estratégico. Al controlar el principal cuello de botella energético del planeta, Estados Unidos no solo interrumpe flujos comerciales: redefine quién puede crecer, quién puede sostener su industria y quién puede proyectar poder en el sistema internacional.
Desde la lógica del realismo estructural, el movimiento es transparente: impedir el ascenso de China sin recurrir a una guerra directa. En lugar de confrontar militarmente a Beijing, se ataca su vulnerabilidad crítica: la dependencia energética. Un bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz equivaldría a una forma de asfixia estratégica, lenta pero devastadora.
En este contexto, Irán deja de ser el enemigo principal y pasa a ser el instrumento funcional de una disputa mayor. Paradójicamente, incluso bajo presión extrema, Teherán podría salir fortalecido en el plano político, al posicionarse como víctima de coerción global y catalizador de un discurso antihegemónico que ya encuentra eco en múltiples regiones del mundo.
Desde el punto de vista jurídico, el escenario es aún más inquietante. Un bloqueo prolongado del Estrecho de Ormuz tensionaría hasta el límite el principio de libertad de navegación y colocaría al derecho internacional en una situación de irrelevancia práctica. El mensaje implícito sería devastador: las normas existen mientras no interfieran con los intereses estratégicos de las grandes potencias.
Pero el verdadero terremoto se produciría en el plano económico. El alza del petróleo no sería un simple shock de precios: sería una redistribución global de poder. Economías dependientes, como la República Dominicana, sufrirían un impacto inmediato en inflación, costos logísticos y estabilidad fiscal, evidenciando la fragilidad estructural de los países periféricos frente a decisiones tomadas en centros de poder externos.
Sin embargo, el efecto más profundo sería sistémico. China, ante un escenario de bloqueo, se vería obligada a acelerar rutas alternativas, consolidar alianzas energéticas paralelas y, posiblemente, responder en otros teatros estratégicos. Lo que comienza en Ormuz podría trasladarse rápidamente al Indo-Pacífico, al Mar de China Meridional o incluso al ámbito financiero global.
Estamos, en esencia, ante una mutación del conflicto internacional: de guerras territoriales a guerras de flujos. Ya no se trata de conquistar espacios, sino de controlar circuitos. Quien controla la energía, controla la economía; quien controla la economía, controla el poder global.
En conclusión, el Estrecho de Ormuz no es solo un punto geográfico: es el detonante potencial de una guerra silenciosa, prolongada y estructural entre las grandes potencias. Su bloqueo marcaría el tránsito definitivo hacia un mundo donde la hegemonía no se discute en campos de batalla, sino en la capacidad de interrumpir la vida misma del sistema global.
La verdadera pregunta no es si Estados Unidos puede cerrar Ormuz. La pregunta es si el mundo está preparado para sobrevivir a las consecuencias de hacerlo.
