Por José Manuel Jerez
La aparente calma que siguió al cese de hostilidades en el Estrecho de Ormuz ha sido interpretada por numerosos observadores como una victoria de la diplomacia y un alivio para la economía mundial. Sin embargo, detrás de la reducción de las tensiones se esconde una realidad mucho más profunda y trascendental: la guerra entre Estados Unidos e Irán no restauró la primacía estratégica norteamericana en Medio Oriente; por el contrario, terminó por certificar el agotamiento del orden regional construido por Washington tras el fin de la Guerra Fría.
Lejos de emerger debilitada, la República Islámica sobrevivió a la confrontación conservando intacta su estructura política y buena parte de sus capacidades de influencia regional. Después de meses de enfrentamientos, enormes gastos militares y un considerable desgaste diplomático, Washington se encuentra prácticamente en el mismo punto de partida, aunque con una credibilidad considerablemente erosionada. La guerra no produjo una capitulación iraní ni modificó el equilibrio estratégico de fondo; apenas consiguió una pausa temporal sustentada en la necesidad mutua de evitar una escalada mayor.
El verdadero perdedor del conflicto no ha sido Teherán, sino la arquitectura de seguridad estadounidense en el Golfo Pérsico. Durante décadas, las monarquías árabes descansaron bajo el paraguas militar norteamericano, convencidas de que cualquier amenaza sería contenida por la potencia hegemónica. Esa percepción ha comenzado a desmoronarse. Los ataques y contraataques que afectaron instalaciones energéticas y elevaron la vulnerabilidad de Arabia Saudita, Bahréin, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos dejaron al descubierto una realidad incómoda: Estados Unidos ya no parece dispuesto ni capaz de ejercer el papel de garante absoluto del orden regional.
La consecuencia más inmediata ha sido la aceleración de un proceso de reacomodo geopolítico sin precedentes. El Medio Oriente que emerge de esta guerra ya no gira alrededor de una sola potencia, sino que se fragmenta en varios polos de poder. De un lado, se consolida una alianza estratégica encabezada por Israel y los Emiratos Árabes Unidos, basada en la cooperación militar, tecnológica y de inteligencia. Del otro, comienza a tomar forma un eje más amplio integrado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, cuya prioridad es contener tanto la expansión iraní como las consecuencias del creciente unilateralismo israelí.
Esta división revela una transformación de enorme alcance. El mundo árabe no se encuentra unido frente a un enemigo común; por el contrario, experimenta una profunda redistribución de intereses y prioridades nacionales. Las divergencias entre Riad y Abu Dabi, que durante años actuaron como socios estratégicos, se han vuelto cada vez más evidentes. Las diferencias respecto al manejo de la cuestión iraní, las disputas por los mercados energéticos y sus agendas divergentes en Yemen, Sudán y el Cuerno de África han convertido las antiguas coincidencias en rivalidades estructurales.
La fractura del Consejo de Cooperación del Golfo constituye uno de los síntomas más visibles de esta nueva realidad. Las organizaciones multilaterales regionales, concebidas bajo una lógica de consenso y cooperación, muestran crecientes signos de parálisis. Los vetos cruzados, las prioridades nacionales divergentes y la ausencia de un liderazgo aceptado por todos han debilitado significativamente la capacidad de estas instituciones para actuar como mecanismos eficaces de coordinación política.
Mientras Washington se consume en sus propias contradicciones estratégicas, China avanza silenciosamente. Pekín no necesita desplegar grandes flotas ni mantener bases militares por toda la región para aumentar su influencia. Le basta con ofrecer aquello que muchos gobiernos consideran cada vez más valioso: previsibilidad, pragmatismo y ausencia de condicionamientos ideológicos. La mediación china en la reconciliación entre Arabia Saudita e Irán en 2023 demostró que la diplomacia asiática puede desempeñar funciones que anteriormente eran patrimonio exclusivo de Estados Unidos.
La cuestión palestina, lejos de desaparecer del escenario regional, ha recuperado una importancia política decisiva. La expansión de las operaciones israelíes en Gaza, el sur del Líbano y Siria ha fortalecido las presiones internas sobre numerosos gobiernos árabes, reduciendo los márgenes políticos para profundizar los procesos de normalización con Jerusalén. Arabia Saudita, consciente de la sensibilidad de la opinión pública regional, ha optado por congelar cualquier acercamiento significativo mientras no exista una perspectiva creíble para la autodeterminación palestina.
Todo ello configura un escenario caracterizado por la ausencia de una potencia con capacidad suficiente para imponer un orden estable. Es la lógica del denominado mundo G-Cero: una estructura internacional fragmentada, sin árbitros indiscutidos y con múltiples centros de poder compitiendo simultáneamente. En semejante contexto, las alianzas tradicionales pierden rigidez, las potencias medianas adquieren mayor margen de maniobra y la diversificación estratégica se convierte en una necesidad de supervivencia.
Las implicaciones de esta transformación trascienden ampliamente las fronteras de Medio Oriente. Europa acelera sus proyectos de autonomía estratégica; Japón y Corea del Sur reevalúan sus doctrinas de seguridad; las potencias emergentes incrementan sus espacios de influencia y las alianzas construidas bajo el liderazgo norteamericano comienzan a adaptarse a una realidad internacional crecientemente multipolar.
La gran lección de esta guerra es, quizás, la más amarga para Washington: la era del monopolio estratégico estadounidense ha llegado a su fin. Ni las sanciones económicas ni la superioridad militar son suficientes para restaurar una hegemonía cuya legitimidad y eficacia se encuentran en evidente retroceso. El poder del siglo XXI ya no pertenece exclusivamente a quien posee la mayor fuerza, sino a quien es capaz de administrar los vacíos que deja el declive del viejo orden.
El Estrecho de Ormuz podría pasar a la historia como mucho más que el escenario de una crisis militar. Tal vez sea recordado como el lugar donde terminó definitivamente la era unipolar y comenzó la transición hacia un mundo más complejo, más competitivo y, probablemente, mucho más impredecible.
