Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El problema social dominicano aparece no solo con la pobreza sino también cuando la movilidad social se vuelve extremadamente difícil; cuando las conexiones pesan más que el mérito; cuando el acceso a determinados espacios depende más de la cercanía al poder político o económico que del talento o del esfuerzo personal; cuando demasiados ciudadanos llegan a pensar que las reglas no son iguales para todos.

El premio Nobel de Economía Paul Krugman acaba de publicar un ensayo que, aunque dedicado a la inteligencia artificial, en realidad trata sobre un problema mucho más antiguo: la concentración de la riqueza y del poder.
Su tesis es sencilla y, al mismo tiempo, inquietante.
La inteligencia artificial no está llegando a una sociedad caracterizada por la igualdad de oportunidades, sino a un país donde la riqueza y la influencia política se encuentran concentradas en una pequeña élite.

Si la IA hubiera aparecido en los Estados Unidos de las décadas de 1950 y 1960 —cuando los impuestos eran mucho más progresivos, existía una vigorosa legislación antimonopolio y la desigualdad era considerablemente menor— sus efectos probablemente habrían sido distintos.
Pero emerge en una sociedad donde la riqueza se concentra incluso más que durante la llamada Gilded Age, la “Edad Dorada” de finales del siglo XIX.
Krugman no condena la inteligencia artificial.
Advierte, más bien, que una tecnología extraordinariamente poderosa puede terminar amplificando una estructura social que ya favorece a quienes poseen capital, información, influencia política y capacidad tecnológica.
Mientras leía esas reflexiones pensé inmediatamente en Robert K. Merton.
Su nombre lo escuché por primera vez en 1966 durante una conferencia del sociólogo Frank Marino Hernández, uno de los profesores que más influyeron en mi formación intelectual. Años después comprendí la profundidad de su pensamiento.
Merton sostenía, en su célebre “teoría de la tensión”, que la conducta desviada puede surgir cuando una sociedad promueve obsesivamente el éxito económico, pero distribuye de manera profundamente desigual los medios legítimos para alcanzarlo.
Cuando una cultura enseña que todos deben triunfar, pero las oportunidades reales permanecen concentradas en unos pocos, aparecen la frustración, el resentimiento, la exclusión y, con frecuencia, diversas formas de desviación social.
Sesenta años después de aquella conferencia, no puedo evitar preguntarme si esa teoría no ayuda también a comprender algunos rasgos de la sociedad dominicana contemporánea.
No se trata únicamente de la pobreza.
El problema aparece cuando la movilidad social se vuelve extremadamente difícil; cuando las conexiones pesan más que el mérito; cuando el acceso a determinados espacios depende más de la cercanía al poder político o económico que del talento o del esfuerzo personal; cuando demasiados ciudadanos llegan a pensar que las reglas no son iguales para todos.
Naturalmente, esa reflexión no se limita al sector público. También alcanza a determinados ámbitos del sector privado, donde las oportunidades, el crédito, la información o la influencia pueden concentrarse en grupos muy reducidos.
Y fue precisamente esa reflexión la que me condujo, de manera inesperada, al Evangelio según san Mateo.
Hay frases que parecen escapar al tiempo.
Nacen en un contexto determinado, sobreviven a la desaparición de los imperios y terminan adquiriendo un significado completamente distinto del que probablemente tuvieron cuando fueron pronunciadas.
Pocas ilustran mejor ese fenómeno que una expresión contenida en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo:
“Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.”
Confieso que nunca he logrado leer ese versículo sin experimentar una cierta inquietud intelectual.
Leído con los ojos del siglo XXI, parece más una descripción del capitalismo financiero, de los mercados digitales o incluso de la inteligencia artificial que una enseñanza pronunciada por un predicador judío en la Galilea del siglo
La dificultad aparece precisamente cuando Jesús explica por qué habla en parábolas.
Los discípulos le preguntan por qué no habla con mayor claridad.
La respuesta sorprende.
“A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no.”
Y enseguida añade:
“Al que tiene, se le dará más…”
Vista aisladamente, la frase parece formular un principio de acumulación: quien posee continuará acumulando; quien carece terminará perdiéndolo todo.
La exégesis cristiana tradicional responde que Jesús no habla de riqueza material.
El “tener” significa apertura espiritual para acoger el Reino de Dios.
El “no tener” significa permanecer cerrado a él.
Esa interpretación posee una sólida coherencia teológica.
Sin embargo, no elimina completamente las dificultades que el texto plantea al lector moderno.
La investigación bíblica ha mostrado que los Evangelios fueron redactados varias décadas después de la muerte de Jesús, aproximadamente entre los años 70 y 100 de nuestra era.
No constituyen una transcripción taquigráfica de sus palabras.
Son el resultado de una prolongada tradición oral y de un proceso de redacción realizado por las primeras comunidades cristianas.
Muchos especialistas consideran que algunas explicaciones alegóricas de las parábolas reflejan también la experiencia pastoral de aquellas comunidades que intentaban comprender por qué unos aceptaban el mensaje cristiano mientras otros lo rechazaban.
Eso no significa que los Evangelios hayan sido falsificados.
Significa que los evangelistas escribieron historia desde la fe.
Conservaron la memoria de Jesús, pero también la interpretaron a la luz de la experiencia religiosa de las primeras comunidades.
La crítica textual confirma igualmente que los manuscritos contienen variantes, añadidos y correcciones introducidos durante siglos de transmisión. Casos como el final largo del Evangelio de Marcos o el episodio de la mujer sorprendida en adulterio muestran la complejidad del proceso de copia. Pero no existe evidencia documental seria que permita afirmar que los Evangelios fueron modificados para defender un determinado sistema económico.
Por el contrario.
El mismo Evangelio de Mateo contiene algunas de las críticas más severas contra el poder de las riquezas.
Jesús proclama bienaventurados a los pobres.
Afirma que nadie puede servir simultáneamente a Dios y al dinero.
Invita al joven rico a vender cuanto posee y repartirlo entre los pobres.
Y declara que resulta más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios.
Difícilmente puede sostenerse que los Evangelios constituyan una apología del capitalismo.
Y, sin embargo, la historia reservaba una extraordinaria paradoja.
En 1968, Robert K. Merton necesitaba un nombre para describir un fenómeno observado en la comunidad científica.
Había descubierto que los investigadores ya famosos recibían mayor reconocimiento, mayores recursos y más crédito que científicos igualmente valiosos, pero menos conocidos.
Recordó entonces aquella frase del Evangelio de Mateo.
Así nació el “Efecto Mateo”.
Merton no estaba haciendo teología.
Tomó una expresión bíblica para describir un mecanismo social observable.
Con el paso de los años, el concepto abandonó la sociología de la ciencia y comenzó a utilizarse prácticamente en todas las disciplinas.
En educación explica por qué los niños que aprenden a leer con facilidad continúan mejorando, mientras quienes presentan dificultades iniciales suelen quedar progresivamente rezagados si no reciben apoyo oportuno.
En economía describe cómo la riqueza genera nuevas oportunidades de inversión, que producen mayores beneficios y, por tanto, una concentración creciente del capital.
En las plataformas digitales, quien ya posee millones de seguidores continúa acumulando influencia con mucha mayor facilidad que quien comienza desde cero.
La ventaja produce ventaja.
El éxito genera más éxito.
La desigualdad tiende a reproducirse.
Y es precisamente aquí donde Paul Krugman vuelve a entrar en escena.
Su advertencia sobre la inteligencia artificial puede entenderse como una nueva formulación del “Efecto Mateo”.
La IA no crea por sí sola la desigualdad.
Pero puede amplificarla.
Quienes ya poseen centros de datos, infraestructura tecnológica, capital financiero, talento especializado y capacidad política para influir en las reglas del mercado estarán en condiciones de capturar la mayor parte de los beneficios de esta revolución tecnológica.
Los demás corren el riesgo de quedar aún más rezagados.
Quizá esa sea la mayor ironía de toda esta historia.
Jesús hablaba del Reino de Dios.
Robert K. Merton encontró en una de sus frases la mejor descripción de un mecanismo persistente de la organización social.
Y Paul Krugman nos advierte ahora que la inteligencia artificial puede convertir ese mecanismo en una fuerza todavía más poderosa durante el siglo XXI.
Tal vez el problema nunca estuvo en el Evangelio.
El problema ha sido que la historia terminó pareciéndose demasiado a aquella frase escrita hace casi dos mil años.
Robert K. Merton le dio un nombre.
Paul Krugman acaba de recordarnos que la inteligencia artificial puede acelerar ese mismo fenómeno.
La pregunta ya no es únicamente qué hará la inteligencia artificial con nuestras economías.
La verdadera pregunta es si tendremos instituciones suficientemente fuertes para impedir que el conocimiento, la riqueza, el poder político y la tecnología continúen concentrándose indefinidamente en las mismas manos.
Esa pregunta vale para Estados Unidos.
Pero también vale, y quizá con mayor urgencia, para la República Dominicana.
Porque las sociedades no se juzgan únicamente por la riqueza que producen.
- Se juzgan, sobre todo, por las oportunidades que ofrecen a quienes nacen con menos.
