Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante años, la inteligencia artificial fue presentada como la siguiente gran revolución tecnológica.
Se hablaba de algoritmos, modelos de lenguaje, robots, automatización y productividad.

Se insistía en que, como había ocurrido con todas las grandes innovaciones desde la Revolución Industrial, algunos empleos desaparecerían, otros surgirían y, al final, la sociedad sería más próspera.
Hoy ese discurso comienza a cambiar.
No porque la inteligencia artificial haya dejado de ser una extraordinaria oportunidad para el progreso humano, sino porque sus propias consecuencias económicas empiezan a manifestarse con una rapidez que pocos habían previsto.
Dos despachos publicados este 13 de julio por la agencia Associated Press constituyen una señal inequívoca de ese cambio.
El primero informa que más de doscientos economistas, científicos especializados en inteligencia artificial y ejecutivos de empresas como OpenAI, Google y Anthropic firmaron una declaración promovida por el Laboratorio de Economía Digital de la Universidad de Stanford. Entre ellos figuran dieciséis premios Nobel de Economía.
Su mensaje apenas ocupa cuatro frases, pero posee una enorme trascendencia.
Afirman que la inteligencia artificial podría producir durante la próxima década una transformación económica mayor que la Revolución Industrial, concentrada en un período muchísimo más corto.
Advierten que existe un riesgo real de desplazamiento masivo de trabajadores y sostienen que los gobiernos y las instituciones deben actuar desde ahora para garantizar que la inteligencia artificial complemente al ser humano en lugar de sustituirlo.
Lo verdaderamente importante no es únicamente el contenido de esa declaración.
Lo significativo es quiénes la firman.
Durante muchos años fueron precisamente numerosos economistas quienes minimizaron las advertencias sobre el impacto laboral de la automatización.
Hoy son ellos mismos quienes reconocen públicamente que esta revolución tecnológica podría tener características completamente diferentes a las anteriores.
La velocidad constituye el elemento decisivo.
La mecanización agrícola necesitó casi un siglo para transformar las sociedades occidentales.
La electrificación tardó varias décadas.
La informática personal requirió cerca de treinta años para convertirse en un fenómeno universal.
Internet necesitó aproximadamente veinte años para modificar profundamente la economía.
La inteligencia artificial, en cambio, podría alterar simultáneamente prácticamente todas las profesiones intelectuales en menos de una década.
Nunca antes la humanidad había enfrentado una transformación productiva de semejante rapidez.
Pero el segundo despacho de Associated Press introduce un elemento todavía más novedoso.
Hasta hace poco predominaba la idea de que la inteligencia artificial reduciría rápidamente los costos de producción y ayudaría a contener la inflación.
La realidad está demostrando exactamente lo contrario.
La gigantesca construcción de centros de datos para alimentar los nuevos modelos de inteligencia artificial está elevando los precios de semiconductores, memorias electrónicas, procesadores, computadoras, teléfonos inteligentes y, especialmente, de la electricidad.
Solo cuatro empresas —Alphabet, Amazon, Microsoft y Meta— invertirán este año alrededor de 720 mil millones de dólares en infraestructura para inteligencia artificial.
Ese volumen extraordinario de inversiones está creando una demanda sin precedentes de energía eléctrica y de componentes electrónicos.
Los economistas de JPMorgan estiman que algunos tipos de memorias electrónicas habrán aumentado hasta un 400 % entre 2024 y finales de 2026.
La consecuencia inmediata es que la inteligencia artificial, antes de producir ganancias de productividad, está ejerciendo presiones inflacionarias sobre la economía mundial.
Es una paradoja histórica.
La tecnología que promete abaratar la producción comienza encareciendo buena parte de la infraestructura necesaria para construirla.
La Reserva Federal de los Estados Unidos observa ahora con preocupación este fenómeno.
Si esas presiones inflacionarias persisten, podrían retrasar la reducción de las tasas de interés o incluso obligar a nuevos aumentos.
En otras palabras, la revolución tecnológica más importante del siglo XXI ya está influyendo directamente sobre la política monetaria internacional.
Hace meses vengo sosteniendo que la inteligencia artificial no debe analizarse únicamente como un avance científico.
Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva arquitectura económica.
Así como la máquina de vapor dio origen al capitalismo industrial y la electricidad impulsó la segunda revolución industrial, la inteligencia artificial está creando un nuevo capitalismo basado en datos, algoritmos, capacidad computacional y enormes infraestructuras energéticas.
En este nuevo sistema, el recurso estratégico ya no es solamente el petróleo.
Tampoco únicamente el capital financiero.
Son igualmente estratégicos los datos, los centros de procesamiento, la electricidad, los semiconductores avanzados y la capacidad de desarrollar modelos de inteligencia artificial cada vez más poderosos.
Por eso la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China constituye, en realidad, una competencia por el liderazgo económico del siglo XXI.
Pero existe otra dimensión aún más profunda.
Si una parte creciente del trabajo intelectual puede ser realizada por máquinas, la gran pregunta deja de ser tecnológica para convertirse en política.
¿Cómo se distribuirá la riqueza creada por la inteligencia artificial?
¿Qué ocurrirá con millones de trabajadores cuyos conocimientos puedan ser sustituidos parcial o totalmente por sistemas inteligentes?
¿Cómo sostendrán los Estados sus sistemas de seguridad social si disminuye el empleo tradicional?
¿Quién financiará las pensiones?
¿Quién pagará impuestos si una parte creciente de la producción depende de algoritmos y no de trabajadores?
Estas preguntas ya no pertenecen al terreno de la ciencia ficción.
Son interrogantes que comienzan a ocupar el centro del debate económico mundial.
La advertencia lanzada desde Stanford constituye un reconocimiento de enorme importancia.
No procede de adversarios de la inteligencia artificial.
Proviene precisamente de quienes mejor conocen su potencial.
Ellos mismos reconocen que no basta con confiar en que el mercado resolverá automáticamente todos los problemas.
Será indispensable construir nuevas instituciones, nuevas regulaciones y nuevos mecanismos de protección social.
La historia demuestra que cada revolución tecnológica obliga también a realizar una revolución institucional.
La Revolución Industrial produjo sindicatos, legislación laboral, educación pública obligatoria y sistemas modernos de seguridad social.
La revolución de la inteligencia artificial probablemente exigirá instituciones completamente nuevas que todavía no existen.
Nos encontramos apenas al comienzo de ese proceso.
Pero una conclusión ya parece evidente.
La inteligencia artificial no cambiará solamente la manera en que trabajamos.
Está comenzando a transformar el funcionamiento del capitalismo, el papel del Estado, la política monetaria, el mercado laboral, la competencia geopolítica y la propia organización de nuestras sociedades.
Las decisiones que se adopten durante los próximos diez años probablemente influirán sobre el siglo XXI tanto como las decisiones tomadas durante la primera Revolución Industrial marcaron los dos siglos posteriores.
La inteligencia artificial ya no es únicamente una cuestión tecnológica.
Ha pasado a ser uno de los grandes problemas políticos, económicos y civilizatorios de nuestro tiempo.
Fuentes: Associated Press, Hundreds of economists say “we must act now” on AI’s economic impact and job displacement risks (13 de julio de 2026); Associated Press, Massive AI buildout poses latest inflation threat as consumers pay more for laptops and electricity (13 de julio de 2026).
