Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay vocaciones que uno cree descubrir por voluntad propia, pero que en realidad son descubiertas por otros antes de que uno mismo tenga conciencia de ellas.
A mí me ocurrió así.
No fue una decisión calculada ni un proyecto de vida trazado con disciplina académica.
Fue, más bien, una señal repetida que llegó desde distintas direcciones: la capacidad de comunicar, de tender puentes, de resolver conflictos cuando otros no encontraban salida.
El primero en verlo con claridad fue Joaquín Balaguer, en 1977, a su regreso de Washington tras la firma de los tratados del Canal de Panamá.
Decidió entonces que yo podía servir al país en la diplomacia. No lo busqué yo: me llegó.
A través del canciller Ramón Emilio Jiménez recibí la propuesta de dirigir prensa y comunicaciones de la Cancillería con rango de embajador.
Años después, otra voz, distinta pero igualmente decisiva, volvió a señalar el mismo camino.
Fue el profesor Juan Bosch, quien, en medio de una conversación sin solemnidad, me dijo con una certeza que no admitía dudas:
“Tú vas a ser mi embajador en Washington”. No lo estaba buscando. Ni siquiera lo imaginaba.
Pero Bosch tenía esa capacidad de ver más allá del presente inmediato.
El tiempo terminó colocándome en la diplomacia, no como una elección personal, sino como la consecuencia de esas miradas que supieron adelantarse a los hechos.
Años después, ya en Roma, en 2014, esa vocación se puso a prueba en circunstancias más complejas.
Una crisis diplomática entre Italia y la República Dominicana exigía algo más que protocolos: exigía inteligencia, paciencia y silencio.
Desde Roma aprendí que la diplomacia no se ejerce en los discursos, sino en los espacios invisibles.
En las conversaciones discretas. En los gestos medidos. En la capacidad de evitar que un conflicto crezca hasta volverse irreparable.
Junio de 2014. Roma.
El presidente Danilo Medina llega al aeropuerto y nos dirigimos al Hotel Regys.
Todo transcurre dentro de la normalidad de una visita oficial. Pero al llegar al parqueo del hotel, ocurre lo esencial.
La comitiva se dispersa. Quedamos unos pocos. Y allí, sin micrófonos, sin cámaras, sin discursos, comienza la verdadera diplomacia.
El presidente se vuelve hacia Carlos Paredes y le dice:
—Carlos, saca la carta que tenemos para el presidente de la República Italiana… y la del primer ministro.
En ese momento, Italia estaba bajo la jefatura de Giorgio Napolitano y el gobierno lo encabezaba Matteo Renzi.
Eran dos cartas distintas, dirigidas a dos niveles del poder, pero con un mismo trasfondo: el cierre de la embajada de Italia en Santo Domingo.
El argumento oficial era presupuestario. Pero en diplomacia, los argumentos nunca son solo lo que dicen ser. Ese cierre había provocado una crisis. No declarada, pero real.
El presidente continuó:
—Entrégale los originales al embajador Vinicio Tobal.
Y de inmediato añadió:
—Vinicio, saca copias y entrégaselas a Víctor para que también le dé seguimiento a este tema.
Ahí, en ese parqueo, se produjo algo que ningún protocolo recoge: la asignación directa de una responsabilidad diplomática.
La visita continuó. El presidente cumplió su agenda. Se reunió con el Papa Francisco. Y regresó a Santo Domingo.
Pero la diplomacia no termina cuando termina la visita.
En agosto de ese mismo año, viajé a Santo Domingo por unos días y visité al presidente. Le llevaba las fotografías de su audiencia con el Papa, pero la conversación tomó otro rumbo.
—Víctor —me dijo—, si Italia cierra definitivamente su embajada en Santo Domingo, yo voy a cerrar la nuestra en Roma.
Hizo una pausa breve.
—Y quiero que tú te encargues de esa embajada mientras esté cerrada.
Le respondí con franqueza:
—Presidente, eso no es posible. La Santa Sede y el gobierno italiano no aceptan que un embajador ejerza simultáneamente ambas funciones. Son representaciones distintas.
En septiembre, el presidente regresó a Roma. Se organizó una convocatoria de empresarios italianos y dominicanos para sostener las relaciones bilaterales.
Finalmente, la embajada italiana en Santo Domingo cerró. Sin embargo, la embajada dominicana en Roma no se cerró. Y eso fue una decisión estratégica.
El embajador Vinicio Tobal, antes de retirarse, me invitó a cenar.
—Víctor —me dijo—, te felicito por la manera como has desarrollado tu trabajo aquí en Roma desde 2009 y la firmeza que has mantenido ante diferentes temas. Mantente firme.
Lo esencial estaba dicho.
Mantener la postura y los principios.
Porque en diplomacia, lo difícil no es actuar. Lo difícil es mantenerse.
Y fue entonces que comprendí algo con claridad definitiva: la diplomacia no es una carrera que uno elige, sino una responsabilidad que lo elige a uno.
La República Dominicana no ha sobrevivido por casualidad. Ha sobrevivido porque ha producido hombres capaces de sostener posiciones sin romper puentes.
Esa es la verdadera diplomacia.
Y esta esa es la lección que deja el tiempo: la estabilidad no se importa; se fabrica.
