Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La Declaración Final de la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), celebrada en Ankara el 8 de julio de 2026, puede convertirse en uno de los documentos estratégicos más importantes surgidos de la guerra entre Estados Unidos e Irán.
Más allá de reafirmar el compromiso de los treinta y dos aliados con la defensa colectiva, el texto introduce un mensaje político de enorme alcance: Irán nunca debe poseer armas nucleares y debe respetar plenamente la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz.
Se trata de la primera vez que la Alianza incorpora de forma tan explícita ambos elementos en una declaración aprobada por consenso de todos sus jefes de Estado y de Gobierno.
Poco después, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, fue aún más lejos al afirmar que los nuevos ataques estadounidenses contra objetivos iraníes habían sido “absolutamente necesarios”, al considerar que Teherán había violado el alto el fuego y que Washington debía responder con firmeza. Esa posición convirtió la crisis de Ormuz en una prioridad estratégica para toda la Alianza Atlántica.
La evolución de la propia cumbre resulta reveladora.
Donald Trump llegó a Ankara criticando a varios aliados europeos por no respaldar plenamente la ofensiva contra Irán, cuestionó nuevamente el nivel del gasto militar europeo y reabrió el debate sobre Groenlandia.
Sin embargo, al concluir las deliberaciones habló de una “unidad tremenda” dentro de la OTAN.
Esa cohesión quedó reflejada no sólo en la declaración final, sino también en el fortalecimiento del apoyo a Ucrania, en el incremento del gasto en defensa y en la decisión de autorizar la fabricación de sistemas Patriot bajo licencia estadounidense, un paso significativo hacia una mayor integración militar entre Estados Unidos y sus aliados.
A primera vista podría parecer que Irán logró demostrar nuevamente su enorme capacidad de presión estratégica sobre la economía mundial.
Después de todo, el estrecho de Ormuz continúa siendo el principal corredor por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado por vía marítima. Sin embargo, un análisis más detenido conduce a una conclusión diferente. Todo indica que la República Islámica está comenzando a experimentar el mayor fracaso estratégico de su historia reciente.

Desde la revolución islámica de 1979, el régimen iraní convirtió la confrontación permanente en una doctrina de Estado.
La toma de la embajada estadounidense, la guerra con Irak, el apoyo a organizaciones armadas en el Líbano, Gaza, Siria, Irak y Yemen, el desarrollo del programa nuclear y las sucesivas crisis en el Golfo Pérsico fueron parte de una estrategia destinada a consolidar la influencia regional de Teherán sin necesidad de enfrentarse directamente con las grandes potencias.
Durante muchos años esa política pareció funcionar. Irán sobrevivió a las sanciones internacionales, amplió su influencia tras la caída de Saddam Hussein y transformó el estrecho de Ormuz en uno de sus principales instrumentos de presión.
No necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos.
Bastaba recordar periódicamente que podía alterar el suministro energético internacional y provocar fuertes aumentos en los precios del petróleo.
Pero toda estrategia basada en la amenaza contiene una contradicción esencial.
Funciona únicamente mientras los demás continúan dependiendo de aquello que puede utilizarse como instrumento de coerción.
Cuando esa dependencia comienza a disminuir, también empieza a desaparecer el valor estratégico de la amenaza.
Amanda Taub explicó ese fenómeno en The World, boletín internacional de The New York Times del 6 de julio de 2026.
A su juicio, la guerra demostró nuevamente la enorme importancia del estrecho de Ormuz, pero precisamente esa demostración convenció a numerosos gobiernos de acelerar la búsqueda de rutas alternativas de suministro energético y reducir su dependencia de ese paso marítimo.
La historia reciente ofrece precedentes elocuentes.
Después de la invasión rusa de Ucrania, Europa redujo aceleradamente su dependencia del gas ruso mediante nuevas terminales de gas natural licuado, mayores importaciones desde Noruega y Estados Unidos y una rápida diversificación de proveedores.
Japón hizo algo semejante respecto de las tierras raras controladas por China después de las restricciones impuestas durante las disputas territoriales en el Mar de China Oriental.
En ambos casos, el intento de convertir una posición dominante en un arma política terminó impulsando la independencia de quienes dependían de ella.
Todo indica que el mismo proceso comienza a desarrollarse respecto al estrecho de Ormuz.
La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) lo identifica desde hace años como el principal cuello de botella del comercio energético mundial.
La Agencia Internacional de Energía (AIE) ha advertido reiteradamente que cualquier interrupción repercute inmediatamente sobre la inflación y los mercados internacionales.
Precisamente por ello, cada amenaza iraní acelera proyectos destinados a disminuir esa vulnerabilidad.
Los Emiratos Árabes Unidos amplían la capacidad de sus oleoductos que desembocan fuera del estrecho; Europa estudia nuevas conexiones energéticas; numerosos países incrementan sus reservas estratégicas de petróleo y gas, mientras otros aceleran inversiones en energías renovables y diversifican proveedores.
Reuters informó que el mercado mundial logró absorber una pérdida histórica de suministro mediante reservas estratégicas, inventarios y nuevos flujos comerciales, aunque advirtió que esos mecanismos no pueden mantenerse indefinidamente.
El propio comportamiento de los mercados confirma que la reacción internacional ya no consiste únicamente en responder a cada crisis, sino en reducir progresivamente la dependencia estructural respecto de Ormuz.
Sin embargo, en los últimos días ha surgido un elemento nuevo que completa este panorama. El boletín The World de The New York Times, publicado el 10 de julio y firmado por Katrin Bennhold, muestra que el fracaso estratégico iraní ya no es solamente externo; comienza también a manifestarse dentro del propio régimen.
Los funerales del ayatolá Alí Jameneí fueron concebidos como una demostración de unidad nacional.
Ocurrió exactamente lo contrario.
Durante las ceremonias, grupos radicales atacaron físicamente al presidente Masoud Pezeshkian mientras gritaban “muerte al apaciguador”.
El ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi fue perseguido y alcanzado por una piedra durante las exequias.
Los hechos revelaron una profunda división entre quienes consideran indispensable negociar con Estados Unidos y quienes prefieren continuar la guerra antes que aceptar cualquier compromiso político.
Según Bennhold y la especialista Ellie Geranmayeh, del European Council on Foreign Relations, los sectores más radicales están convencidos de que Washington nunca buscó realmente la paz y que el memorando de entendimiento firmado semanas atrás sólo pretendía ganar tiempo para debilitar progresivamente las capacidades estratégicas de Irán.
Desde esa perspectiva, los ataques contra buques en el estrecho de Ormuz no fueron únicamente operaciones militares contra Occidente; también constituyeron un desafío interno dirigido contra los sectores pragmáticos del propio régimen.
Paradójicamente, esa lucha interna confirma la tesis central de este análisis.
Incluso los sectores más radicales reconocen implícitamente que el estrecho de Ormuz constituye hoy el principal instrumento de presión que conserva la República Islámica.
Pero cuanto más intentan utilizarlo, mayor resulta el incentivo para que el resto del mundo deje de depender de él.
Ese es, probablemente, el verdadero fracaso estratégico de Irán.
No consiste necesariamente en la caída inmediata del régimen ni en la destrucción de su capacidad militar.
Consiste en haber utilizado durante demasiado tiempo el mismo instrumento de presión hasta convencer a sus adversarios de que debían construir alternativas permanentes y, al mismo tiempo, haber provocado una creciente fractura dentro del propio sistema político iraní.
La Declaración de Ankara confirma ese proceso.
En lugar de dividir a Occidente, la crisis fortaleció la cohesión de la OTAN.
En vez de debilitar la cooperación transatlántica, impulsó mayores compromisos de defensa, reforzó el respaldo a Ucrania y convirtió la libertad de navegación en Ormuz en un objetivo estratégico común de la Alianza.
La historia demuestra que cuando un Estado transforma un recurso estratégico en un arma política, tarde o temprano los demás invierten enormes recursos para neutralizar esa ventaja. Ocurrió con Rusia y el gas europeo.
Ocurrió con China y las tierras raras.
Todo indica que comienza a ocurrir también con Irán y el estrecho de Ormuz.
Paradójicamente, la guerra de 2026 pudo representar el momento de mayor demostración del poder iraní sobre esa vía marítima, pero también el inicio de su pérdida de valor estratégico.
Cuanto más utilice Teherán el estrecho como instrumento de coerción, mayor será el incentivo del resto del mundo para construir rutas alternativas, desarrollar nuevas infraestructuras energéticas y disminuir su dependencia.
Después de casi cincuenta años de confrontación permanente, la República Islámica corre el riesgo de descubrir que su mayor instrumento de presión está dejando de ser indispensable.
Quiso demostrar que podía cerrar una puerta al mundo.
Puede terminar comprobando que el mundo ya comenzó a construir otras y que, además, esa demostración fortaleció la unidad política y militar de sus adversarios y abrió profundas divisiones dentro de su propio régimen.
Fuentes: Declaración de la Cumbre de Ankara de la OTAN (8 de julio de 2026); Reuters, New US attacks on Iran were absolutely necessary, NATO chief says (8 de julio de 2026); República, Trump elogia la unidad de la OTAN tras fuertes críticas (8 de julio de 2026); The New York Times, The World (Amanda Taub, 6 de julio de 2026; Katrin Bennhold, 10 de julio de 2026); Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA); Agencia Internacional de Energía (AIE).
