Por José Manuel Jerez
La reciente experiencia electoral colombiana ha dejado una lección de extraordinaria importancia para el análisis político contemporáneo: las estructuras partidarias tradicionales, por sí solas, ya no garantizan el acceso al poder. La victoria de Abelardo de la Espriella, al frente de una organización de reciente creación, ha vuelto a demostrar que en los sistemas presidenciales modernos los electores votan fundamentalmente por liderazgos y no por maquinarias. Los partidos pueden organizar, movilizar y defender votos; pero son las figuras con capacidad de representar una esperanza colectiva las que terminan conquistando las mayorías.
La conclusión adquiere una relevancia particular para la República Dominicana de cara a las elecciones de 2028. A diferencia de otras coyunturas históricas, el panorama político nacional presenta una característica singular: la existencia de un liderazgo claramente consolidado frente a organizaciones que, aunque disponen de importantes estructuras, atraviesan evidentes problemas de sucesión, identidad y articulación de liderazgos competitivos. En ese contexto, puede afirmarse que Leonel Fernández llega al próximo proceso electoral prácticamente solo frente al tablero político dominicano.
No se trata de una soledad orgánica. La Fuerza del Pueblo cuenta con una estructura nacional en expansión, con representación congresual, municipal y una sólida implantación territorial. La soledad a la que hacemos referencia es de naturaleza estratégica: entre las principales fuerzas políticas dominicanas, Leonel Fernández aparece como el único dirigente con una autoridad política plenamente consolidada, una experiencia presidencial ampliamente reconocida y una capacidad probada para encarnar una alternativa de poder.
El Partido Revolucionario Moderno posee, sin duda, la maquinaria estatal y una poderosa estructura territorial construida a partir del ejercicio gubernamental. Sin embargo, la imposibilidad constitucional de una nueva candidatura del presidente Luis Abinader abre inevitablemente una disputa por la sucesión. Ninguno de los potenciales aspirantes oficialistas ha alcanzado todavía una gravitación política equivalente a la del actual mandatario. El oficialismo dispone de estructura; lo que aún está por verse es si podrá producir un liderazgo nacional indiscutido.
La situación del Partido de la Liberación Dominicana resulta aún más compleja. Después de la salida de Leonel Fernández en 2019 y de las derrotas consecutivas sufridas desde entonces, la organización morada continúa enfrentando el desafío de reconstruir su centralidad política. La eventual insistencia en una candidatura de Gonzalo Castillo, impulsada por el expresidente Danilo Medina, podría profundizar las dificultades de una organización que, además de haber perdido parte importante de su capital electoral, se enfrenta al problema de presentar una figura con limitaciones evidentes en materia de comunicación política y conexión emocional con el electorado.
La experiencia colombiana constituye una advertencia para quienes continúan sobrevalorando las estructuras partidarias. El triunfo de Abelardo de la Espriella confirma que los ciudadanos no votan automáticamente por las organizaciones, ni mucho menos transfieren mecánicamente sus preferencias de una figura a otra. La política contemporánea es cada vez más presidencialista, más personalizada y más influida por la capacidad de los liderazgos para interpretar las demandas sociales y comunicar una visión de futuro.
La historia política dominicana ofrece abundantes ejemplos en esa dirección. Juan Bosch, Joaquín Balaguer, José Francisco Peña Gómez, Leonel Fernández y Luis Abinader construyeron proyectos presidenciales que trascendieron las propias estructuras partidarias. En todos los casos, la fuerza decisiva fue el liderazgo. Las maquinarias acompañaron; los liderazgos encabezaron.
Por esa razón, la verdadera pregunta hacia 2028 no parece ser cuál partido posee más dirigentes medios, más alcaldes o más locales partidarios. La interrogante fundamental es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más trascendental: ¿existe hoy en la República Dominicana un liderazgo alternativo con la estatura política, la experiencia de gobierno, la proyección nacional y la capacidad de comunicación suficientes para disputar en igualdad de condiciones con Leonel Fernández?
Hasta este momento, la respuesta parece ser negativa.
Ello explica por qué, paradójicamente, Leonel Fernández se encuentra prácticamente solo en la carrera hacia 2028. No porque carezca de adversarios, sino porque ninguno de ellos ha logrado todavía consolidarse como un liderazgo nacional plenamente equiparable. Mientras unos disponen de estructuras sin un líder definido y otros conservan liderazgos parciales sin capacidad expansiva, el expresidente de la República mantiene una combinación excepcional de experiencia, reconocimiento nacional, capacidad intelectual y una narrativa política construida durante décadas.
La política, sin embargo, es dinámica y las elecciones aún están relativamente distantes. Nuevos liderazgos pueden emerger y las circunstancias pueden modificarse. Pero si las tendencias actuales permanecen inalteradas, las elecciones de 2028 podrían presentar una paradoja histórica: un hombre acompañado por un partido joven, enfrentando prácticamente en solitario a dos grandes maquinarias políticas que todavía buscan quién las conduzca.
Y como acaba de recordar Colombia, en las democracias contemporáneas las estructuras pueden ganar convenciones internas y controlar aparatos partidarios, pero son los liderazgos los que terminan conquistando las presidencias.
