
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
José Manuel Jerez ha publicado una inteligente reflexión titulada La política ya no compite solo por votos. Su planteamiento describe con acierto la importancia alcanzada por las plataformas digitales, los creadores de contenido y las comunidades virtuales en la lucha política contemporánea.
Sin embargo, conviene introducir una precisión histórica: la política no comenzó ahora a competir por la atención. Siempre lo hizo.
Antes de Facebook, Instagram, TikTok, YouTube y X estuvieron el rumor, el teléfono, la conversación familiar, los cafés, las barberías, los sindicatos, los clubes culturales, las iglesias, las universidades, los mercados, los colmados y las esquinas de los barrios.
Estuvo también aquello que popularmente conocemos como “radio bemba”: la formidable transmisión oral de noticias, versiones, denuncias, verdades, medias verdades y rumores que circulaban de boca en boca, muchas veces con mayor rapidez e influencia que las informaciones oficiales.
Una noticia escuchada en la radio llegaba al café. Allí era comentada, interpretada y modificada. Después pasaba al lugar de trabajo, al hogar, al sindicato, al partido y a la calle. Cada ciudadano no era solamente receptor: se convertía también en retransmisor e intérprete.
El teléfono desempeñó igualmente una función política decisiva. Mucho antes de los mensajes instantáneos y los grupos de WhatsApp, una cadena de llamadas podía difundir una noticia, convocar una reunión, alertar sobre una detención, transmitir una consigna o movilizar una comunidad.
La política siempre necesitó llamar la atención antes de pedir el voto.

Eso lo estudió hace décadas Wilbur Schramm, uno de los fundadores de los estudios modernos de la comunicación. Schramm explicó que el mensaje, para producir algún efecto, debía primero captar la atención del receptor, ser comprensible, relacionarse con sus necesidades y proponerle alguna forma de satisfacerlas o actuar.
También rechazó la idea de una audiencia completamente pasiva. La comunicación no debía entenderse únicamente como una línea recta que parte del emisor y termina en el receptor. Es un proceso de interpretación, respuesta y retroalimentación.
El ciudadano recibe el mensaje desde su propia experiencia, sus creencias, sus temores, su educación y su ambiente social. Después lo comenta, lo acepta, lo rechaza o lo transforma. Para Schramm, los medios masivos necesitaban combinarse con los canales interpersonales y las organizaciones de las comunidades para producir verdaderos efectos sociales. Así lo documentan sus estudios sobre comunicación, desarrollo y medios de masas, recogidos en obras como Men, Messages, and Media. (Google Books; Santa Clara University)
Esto significa que la política de las plataformas no constituye una ruptura absoluta con el pasado. Es una nueva etapa de un fenómeno muy antiguo.
¿Qué ha cambiado entonces?
Han cambiado la velocidad, el alcance y la capacidad de medir la reacción del público. El rumor que antes necesitaba horas o días para atravesar una ciudad puede ahora recorrer el mundo en segundos. La conversación del café se ha trasladado parcialmente a las redes, pero ya no queda limitada a quienes ocupan una mesa: puede involucrar simultáneamente a miles o millones de personas.
La “radio bemba” no desapareció. Se digitalizó.
El antiguo rumor se convirtió en audio de WhatsApp, publicación anónima, video manipulado o mensaje reenviado. El comentario de café se transformó en foro digital. La llamada telefónica se convirtió en grupo. El mitin pasó a ser transmisión en vivo. La consigna política encontró una nueva forma en la etiqueta viral.
Existe, sin embargo, otra diferencia fundamental: entre el ciudadano y el mensaje se ha colocado el algoritmo.
Antes, el director de un periódico, el propietario de una emisora o el dirigente de un partido ayudaban a decidir qué información circulaba. Hoy una parte considerable de esa selección corresponde a sistemas tecnológicos que determinan qué aparece primero en nuestras pantallas.
Esos algoritmos no privilegian necesariamente lo verdadero, lo importante o lo conveniente para la sociedad. Favorecen con frecuencia aquello que provoca una reacción inmediata: indignación, miedo, entusiasmo, curiosidad o enfrentamiento.
Por eso, la política actual no inventó la competencia por la atención. La aceleró, la globalizó, la convirtió en datos y entregó buena parte de su organización a plataformas comerciales.
La República Dominicana conoce desde hace mucho tiempo el poder de la palabra oral, el rumor y las relaciones personales. Ningún partido dominicano importante se construyó únicamente mediante documentos doctrinales. Todos necesitaron líderes, símbolos, relatos, canciones, consignas, reuniones, contactos familiares y comunicación de persona a persona.
De cara a las elecciones de 2028, la verdadera novedad no consistirá en sustituir la política territorial por la digital. Consistirá en articularlas.
El candidato necesitará las plataformas, pero también los barrios. Necesitará seguidores, pero igualmente electores. Necesitará reproducciones, pero también organización. Necesitará una narrativa atractiva, pero sobre todo respuestas convincentes frente a los problemas nacionales.
La política siempre ha competido por votos y atención. La diferencia es que antes la atención circulaba por la plaza, el café, la radio, el teléfono y la “radio bemba”.
Ahora circula también por una pantalla gobernada por algoritmos.
