Por José Manuel Jerez
Hay mentiras políticas que adquieren tanta fuerza mediante su repetición que terminan aceptándose como verdades sin que nadie se detenga a comprobarlas. Una de ellas comienza a instalarse peligrosamente en la República Dominicana: «si los partidos de oposición no se unen, es imposible derrotar al PRM en 2028».
Suena lógico.
Precisamente por eso resulta peligrosa.
La primera virtud de una proposición engañosa consiste en parecer evidente. Nadie siente la necesidad de demostrar aquello que todos creen comprender. Y cuando una idea consigue instalarse en el sentido común, deja de ser interrogada y comienza a producir consecuencias políticas.
La afirmación de que solamente mediante la unificación de los partidos opositores puede producirse una victoria electoral confunde —deliberadamente o por desconocimiento— dos fenómenos completamente distintos: la unidad de los partidos y la unidad del voto.
No son lo mismo.
Los partidos son organizaciones.
El voto pertenece a los ciudadanos.
Los partidos pueden permanecer separados mientras los electores convergen. Y también puede ocurrir exactamente lo contrario: los partidos pueden firmar una alianza formal mientras una parte significativa de sus electores se niega a acompañarla.
Esta diferencia constituye el punto de partida de cualquier análisis serio sobre 2028.
La democracia dominicana no elige presidente mediante la suma administrativa de siglas partidarias. El presidente es elegido por ciudadanos. Y esos ciudadanos conservan una autonomía política que ninguna dirección partidaria puede transferir mediante resolución, pacto o fotografía.
Los votos no tienen propietarios.
Ese principio elemental destruye buena parte de la narrativa según la cual bastaría sumar matemáticamente los porcentajes de Fuerza del Pueblo, PLD y otras organizaciones para conocer el tamaño de una eventual coalición opositora.
La aritmética partidaria no equivale automáticamente a sociología electoral.
Si un partido obtiene diez por ciento y otro veinte, una alianza entre ambos no necesariamente produce treinta. Puede producir treinta, veinticinco, veinte o incluso menos, porque existen transferencias imperfectas, abstención, rechazo cruzado y desplazamiento hacia terceras opciones.
Pero también puede ocurrir el fenómeno inverso.
Dos partidos pueden competir separados y sus respectivos electorados converger posteriormente alrededor de una candidatura cuando los ciudadanos perciben que esa candidatura constituye la única alternativa con posibilidades reales de alcanzar el poder.
Y aquí aparece un fenómeno que puede resultar decisivo para comprender el escenario dominicano de 2028: el voto opositor puede comenzar a unificarse antes de que los partidos opositores lo hagan.
Incluso podría hacerlo contra la voluntad de algunas de sus dirigencias.
Si continúa una tendencia de crecimiento electoral de Leonel Fernández y Fuerza del Pueblo, mientras simultáneamente se consolida la percepción de que constituyen la principal alternativa frente al PRM, la dinámica electoral puede producir por sí misma una concentración progresiva del voto opositor.
Dos mecanismos ampliamente estudiados por la ciencia política ayudan a comprenderlo: el efecto bandwagon y el voto útil o estratégico.
El bandwagon effect —literalmente, el efecto de «subirse al carro del ganador»— describe la tendencia de determinados electores a aproximarse a una candidatura cuando comienzan a percibirla como probable vencedora.
No significa que todos los ciudadanos abandonen automáticamente sus preferencias para seguir al favorito. Significa que la percepción de viabilidad puede convertirse, por sí misma, en un recurso político.
Las elecciones no dependen solamente de preferencias ideológicas.
También dependen de expectativas.
Cuando una candidatura comienza a crecer sostenidamente, ese crecimiento puede generar atención mediática, nuevas adhesiones, incorporación de dirigentes, mayores expectativas de triunfo y una percepción creciente de inevitabilidad.
Entonces puede producirse una dinámica circular:
crecer genera percepción de victoria; la percepción de victoria atrae nuevos apoyos; y esos nuevos apoyos producen mayor crecimiento.
Ese mecanismo puede adquirir particular intensidad dentro de una oposición cuyo objetivo prioritario sea desplazar al partido gobernante.
Y junto al bandwagon aparece un segundo fenómeno todavía más importante: el voto útil.
El elector estratégico no necesariamente vota en primera instancia por la organización con la cual mantiene mayor identificación emocional o histórica. Puede votar por aquella candidatura que considera capaz de conseguir el resultado que desea.
Supongamos un ciudadano tradicionalmente peledeísta que conserva simpatía por el PLD, pero cuya prioridad política en 2028 sea impedir otra victoria del PRM.
Si, al aproximarse las elecciones, ese ciudadano percibe que el candidato del PLD posee pocas posibilidades reales de ganar mientras Leonel Fernández aparece a pocos puntos —o incluso por encima— del candidato oficialista, su decisión puede cambiar.
No necesita que el Comité Político del PLD le ordene votar por Leonel.
No necesita una alianza formal.
No necesita una rueda de prensa conjunta.
No necesita que Danilo Medina y Leonel Fernández se abracen.
Necesita solamente llegar a una conclusión:
«Si quiero sacar al PRM, este es el voto que puede hacerlo».
En ese instante se produce la verdadera unidad opositora.
No arriba.
Abajo.
No entre dirigentes.
Entre electores.
No mediante un pacto.
Mediante el voto.
Y ese proceso podría adquirir una dimensión todavía mayor si la distancia entre Fuerza del Pueblo y las restantes organizaciones opositoras continuara ampliándose.
Porque llega un momento en determinadas competencias electorales en que el ciudadano deja de preguntarse cuál es su candidato ideal y comienza a preguntarse cuál de los candidatos viables puede conseguir el resultado que considera prioritario.
Entonces la competencia se bipolariza antes de llegar formalmente a las urnas.
Ese fenómeno es crucial.
Porque significa que la segunda vuelta política puede comenzar antes de la primera vuelta electoral.
La legislación puede establecer dos rondas.
Pero la sociedad puede anticipar la segunda.
Si meses antes de las elecciones la percepción colectiva termina reduciendo la competencia efectiva a dos polos —PRM versus Fuerza del Pueblo; oficialismo versus Leonel Fernández—, millones de electores pueden comenzar a comportarse estratégicamente como si ya estuvieran ante una segunda vuelta.
Ahí la tesis de la imprescindible «unidad de los partidos» pierde todavía más fuerza.
Porque la unidad del voto podría producirse espontáneamente en primera vuelta.
Y si esa concentración alcanzara suficiente magnitud, la elección presidencial podría incluso decidirse en la primera ronda.
Ese escenario no debe presentarse como certeza —la política seria no convierte posibilidades en profecías—, pero tampoco puede excluirse analíticamente.
Si Leonel Fernández y Fuerza del Pueblo mantienen una trayectoria ascendente; si el PLD permanece significativamente rezagado; si el PRM continúa desgastándose después de ocho años de ejercicio gubernamental al llegar 2028; y si se instala socialmente la percepción de que solamente una candidatura opositora posee capacidad real para producir alternancia, entonces bandwagon, voto útil y concentración estratégica pueden comenzar a retroalimentarse.
La secuencia sería perfectamente comprensible.
Primero, Fuerza del Pueblo crece.
Después, el elector opositor percibe que es la alternativa más viable.
Luego, dirigentes y ciudadanos provenientes de otras organizaciones comienzan a acercarse.
Ese acercamiento incrementa las expectativas de victoria.
Las expectativas producen nuevas adhesiones.
Las nuevas adhesiones amplían la diferencia respecto de las demás fuerzas opositoras.
Y finalmente una parte de los electores que todavía permanecía en candidaturas con escasa viabilidad comienza a trasladar su voto hacia quien considera capaz de derrotar al oficialismo.
Eso es concentración electoral sin unificación partidaria.
Y puede resultar mucho más poderosa que una alianza negociada desde arriba.
Porque no necesita unanimidad entre dirigentes.
Necesita solamente una percepción mayoritaria entre ciudadanos.
Aquí aparece una paradoja extraordinaria.
Mientras determinadas élites podrían encontrarse negociando cómo «unificar la oposición», los electores podrían haber comenzado ya a unificarla por su cuenta.
Voto por voto.
Encuesta tras encuesta.
Adhesión tras adhesión.
Elección racional tras elección racional.
En ese escenario, la pregunta ya no sería si el PLD institucionalmente apoya a Leonel.
La pregunta sería cuántos electores peledeístas estarían dispuestos a sacrificar la posibilidad de derrotar al PRM únicamente porque su dirección política decidió mantener una candidatura sin posibilidades competitivas.
Y esa respuesta no la controla ninguna cúpula.
La controla el elector.
Por eso resulta conceptualmente equivocada la expresión «los votos del PLD», «los votos de Fuerza del Pueblo» o «los votos de cualquier partido», cuando se utiliza como si los ciudadanos fueran patrimonio transferible de las organizaciones.
Los partidos poseen estructuras.
Poseen dirigentes.
Poseen locales.
Poseen símbolos.
Poseen reconocimiento jurídico.
Pero no poseen electores.
El voto sigue perteneciendo al ciudadano hasta el instante mismo en que lo deposita.
Y ese ciudadano puede decidir estratégicamente.
La historia electoral comparada ofrece innumerables ejemplos de oposiciones fragmentadas que posteriormente concentraron sus votos alrededor de una alternativa. Los sistemas presidenciales con doble vuelta fueron diseñados, precisamente, para permitir recomposiciones cuando ninguna candidatura consigue inicialmente la mayoría requerida.
Francia ha conocido reiteradamente concentraciones electorales entre ambas rondas. En América Latina, países como Brasil, Chile, Colombia, Perú, Ecuador y Costa Rica han experimentado transferencias masivas del voto entre primera y segunda vuelta sin que previamente hubiese existido una unificación orgánica de todas las organizaciones cuyos electores terminaron convergiendo.
La conclusión es sencilla:
para ganar juntos no necesariamente hay que competir juntos desde el principio.
Pero el escenario dominicano permite formular una conclusión todavía más audaz:
quizás ni siquiera sea necesario esperar una segunda vuelta para que esa convergencia se produzca.
Puede producirse antes.
Puede producirla el electorado.
Y puede convertir la primera vuelta formal en la culminación de una segunda vuelta sociológica que comenzó meses antes.
Ese es precisamente el poder combinado del bandwagon y el voto útil.
Uno atrae porque una candidatura parece ganadora.
El otro concentra porque el elector no quiere desperdiciar su voto en una candidatura que considera inviable.
Ambos fenómenos pueden terminar empujando en la misma dirección.
Y cuando coinciden sobre una candidatura opositora en crecimiento, pueden producir aceleraciones electorales difíciles de capturar mediante una simple fotografía de encuestas tomada demasiado temprano.
Por eso resulta insuficiente analizar 2028 sumando porcentajes actuales como cantidades inmóviles.
Los electorados se desplazan.
Las preferencias se modifican.
La viabilidad altera las preferencias.
Y las expectativas pueden modificar la viabilidad.
Una elección no es una fotografía.
Es una película.
Y precisamente por eso la tendencia importa tanto como el porcentaje.
Una organización con determinado porcentaje pero creciendo puede encontrarse estratégicamente mejor posicionada que otra con un porcentaje ligeramente superior pero descendiendo.
El elector observa ambas cosas.
Observa quién crece.
Quién cae.
Quién incorpora dirigentes.
Quién llena espacios.
Quién domina la conversación.
Quién parece competitivo.
Y, finalmente, quién puede ganar.
Entonces aparece el bandwagon.
Después aparece el voto útil.
Y la suma de ambos puede producir algo que ninguna negociación partidaria consiguió:
la unificación espontánea del voto opositor.
Por eso la afirmación de que «sin unidad de los partidos opositores no hay victoria» no solamente carece de carácter universal.
Puede llevar a diagnosticar exactamente al revés la dinámica electoral.
La pregunta estratégica de Fuerza del Pueblo no debería ser:
«¿Cómo conseguimos que todas las cúpulas opositoras acepten previamente a nuestro candidato?»
Debería ser:
«¿Cómo conseguimos que una mayoría de electores opositores llegue a la conclusión de que nuestro candidato es el único capaz de derrotar al PRM?»
Si consigue responder exitosamente esa pregunta, buena parte del resto puede resolverlo el propio electorado.
La unidad desde arriba puede ayudar.
Pero la unidad desde abajo puede hacerla innecesaria.
Y esto nos lleva nuevamente al argumento que algunos pretenden convertir en axioma:
«Hay que escoger un candidato capaz de unir a toda la oposición».
Después viene:
«Leonel no puede unir al PLD».
Y finalmente:
«Entonces necesitamos otro candidato».
La arquitectura parece lógica.
Hasta que descubrimos que descansa sobre una premisa no demostrada:
que para unificar el voto primero hay que unificar los partidos.
No es verdad.
Los electores pueden hacerlo directamente.
Más aún: si Leonel Fernández llegara al tramo decisivo de la campaña claramente posicionado como la principal alternativa al PRM, el propio deseo de alternancia podría comenzar a producir la unidad que las cúpulas fueron incapaces —o no quisieron— construir.
Entonces el argumento se invertiría.
Ya no sería Fuerza del Pueblo quien necesitaría al PLD para hacer viable a Leonel.
Podrían ser los electores peledeístas quienes, mediante voto útil, terminaran haciendo irrelevante el veto de su propia dirigencia.
Esa posibilidad explica por qué el crecimiento sostenido de Fuerza del Pueblo tiene una importancia que trasciende sus números inmediatos.
Cada punto adicional no solamente suma votos.
Puede aumentar su percepción de viabilidad.
Y cada incremento de viabilidad puede atraer nuevos votos.
Ahí aparece el multiplicador político.
Un partido puede pasar de crecer aritméticamente a crecer políticamente.
La diferencia es enorme.
En el primer caso suma ciudadanos.
En el segundo comienza a convertirse en polo.
Y cuando una elección se polariza, las fuerzas intermedias enfrentan una dificultad conocida: conservar electores que temen desperdiciar su voto.
Por eso una candidatura situada en tercer lugar puede comenzar a perder apoyo incluso antes de las elecciones, no necesariamente porque sus electores hayan dejado de simpatizar con ella, sino porque han comenzado a priorizar otro objetivo.
Ganar.
Si la prioridad del votante opositor termina siendo producir alternancia y si Leonel aparece como la candidatura capaz de conseguirla, la lógica estratégica puede imponerse sobre la fidelidad partidaria.
No hace falta una orden.
No hace falta un pacto.
No hace falta una alianza.
Hace falta percepción de victoria.
Por eso, de mantenerse y profundizarse una tendencia favorable a Leonel Fernández y Fuerza del Pueblo, no resulta descabellado considerar un escenario en el cual la concentración del voto opositor termine produciendo una victoria en primera vuelta.
Debe insistirse: es una hipótesis condicionada, no una predicción inevitable.
Pero es políticamente plausible.
Y precisamente por ser plausible desmonta la supuesta inevitabilidad de la alianza partidaria previa.
La Constitución contempla la segunda vuelta como mecanismo de construcción mayoritaria cuando nadie alcanza el umbral requerido.
Pero nada impide que los ciudadanos construyan esa mayoría antes.
Ese sería el escenario más contundente de todos:
partidos opositores separados y voto opositor mayoritariamente unido.
Entonces quedaría demostrado de la manera más brutal que confundimos durante meses dos cosas distintas.
La unidad de las organizaciones.
Y la unidad de los ciudadanos.
Volvemos finalmente al Génesis.
La serpiente siempre necesita que el fruto parezca indispensable.
Ese es el secreto.
No basta con decir que es bueno.
Hay que convencer a Eva de que sin él está perdiendo algo extraordinario.
En política ocurre exactamente igual.
No basta con promover la unidad.
Hay que convencer a Fuerza del Pueblo de que sin determinada unidad no puede ganar.
Y una vez aceptada esa premisa, comienza la negociación desde la debilidad psicológica.
«Sin nosotros no puedes».
«Sin nuestro apoyo no llegas».
«Sin cambiar tu candidato perderás».
Pero ¿qué ocurriría si fueran los propios electores quienes desmontaran esa premisa?
¿Qué ocurriría si el voto útil comenzara a desplazarse?
¿Qué ocurriría si el bandwagon comenzara a operar?
¿Qué ocurriría si Fuerza del Pueblo continuara creciendo hasta convertirse inequívocamente en el polo opositor?
¿Qué ocurriría si una parte sustancial del electorado peledeísta decidiera que sacar al PRM resulta más importante que obedecer las preferencias de su dirigencia?
Entonces la segunda mentira quedaría expuesta.
Porque descubriríamos que la oposición nunca necesitó obligatoriamente unificar sus partidos.
Necesitaba algo mucho más poderoso:
unificar el voto.
Y si la tendencia política terminara convirtiendo a Leonel Fernández en el vehículo electoral inequívoco de ese voto útil, la paradoja podría ser todavía mayor:
la unidad que algunos decían indispensable negociar entre dirigentes podría terminar realizándola directamente el pueblo en las urnas.
Incluso en primera vuelta.
Porque al final no votan los comités políticos.
No votan las alianzas.
No votan las siglas.
Votan los ciudadanos.
Y los ciudadanos pueden producir en un solo domingo aquello que las cúpulas dijeron durante años que solamente ellas podían construir.
La serpiente no necesitó demostrar que el fruto era indispensable.
Solo necesitó conseguir que Eva lo creyera.
Esa podría ser la segunda mentira del diablo.
