Por José Manuel Jerez
En la política, hay dos formas de aspirar al poder: desde la comodidad del discurso o desde la crudeza del contacto directo con la realidad social. Lo ocurrido este fin de semana en la provincia de Barahona, durante el recorrido del expresidente Leonel Fernández, no es un hecho aislado ni una simple actividad proselitista; es la manifestación concreta de una estrategia política coherente, disciplinada y profundamente anclada en la comprensión del poder como construcción territorial y social.
Mientras otros actores políticos se limitan a operar desde estudios de televisión, redes sociales o círculos cerrados de poder, Leonel Fernández ha optado por lo esencial: volver al territorio, escuchar, observar, reconectar. Esa decisión, que pudiera parecer elemental, es en realidad el factor diferenciador más determinante en una contienda electoral. La política no se gana en abstracto; se gana en el terreno, en el cara a cara, en la construcción de vínculos reales con la ciudadanía.
La multitudinaria actividad desarrollada en Barahona no solo evidencia capacidad de convocatoria, sino algo mucho más relevante: la persistencia de un liderazgo con arraigo popular. En ciencia política, el liderazgo no se mide únicamente por encuestas coyunturales, sino por la capacidad de movilización sostenida en el tiempo. Y en ese aspecto, Leonel Fernández demuestra una ventaja estructural frente a cualquier otro aspirante presidencial.
Pero más allá de la masa, hay un elemento que no debe pasar desapercibido: el contacto con personalidades locales y la visita a lugares emblemáticos. Esto revela una comprensión estratégica del poder territorial. No se trata solo de reunir multitudes, sino de tejer redes de influencia, de consolidar apoyos cualitativos que luego se traducen en estructuras políticas eficaces. Es la diferencia entre una campaña improvisada y una operación política de alto nivel.
Desde la perspectiva del realismo político —en la línea de Hans Morgenthau o Kenneth Waltz—, el poder no es una abstracción moral, sino una relación concreta de fuerzas. Y quien aspire a gobernar debe construir esa relación con método, con disciplina y con inteligencia estratégica. Eso es precisamente lo que está haciendo Leonel Fernández: acumulando poder real, no simbólico.
En contraste, muchos de sus potenciales competidores parecen apostar a una lógica inversa: esperar que el poder les llegue por desgaste del adversario o por coyunturas mediáticas. Esa es una apuesta débil, porque la historia política dominicana ha demostrado que las elecciones se ganan con organización, presencia territorial y liderazgo consolidado. No hay atajos para llegar a la presidencia.
Además, el accionar del líder de la Fuerza del Pueblo envía un mensaje claro: la política no es un ejercicio de coyuntura, sino de permanencia. Quien quiere gobernar, debe estar presente antes, durante y después de los procesos electorales. Esa constancia es la que genera confianza, y la confianza es el activo político más valioso en cualquier democracia.
No se trata, por tanto, de una simple gira, sino de una demostración de método. Leonel Fernández está haciendo lo que históricamente hacen los líderes que regresan al poder: reconstruir su base, ampliar su influencia y proyectarse como la única alternativa viable frente a un escenario político fragmentado. Esa es la lógica de quienes entienden el poder como proceso, no como accidente.
Por eso, afirmar que Leonel Fernández es el único candidato que está haciendo lo que se debe hacer para volver a la presidencia de la República no es una consigna, es un diagnóstico. Está en la calle, está en el territorio, está construyendo poder real. Y en política, quien construye poder real, gana.
Que no le quepa la menor duda a nadie.
