Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Aquella mañana de enero de 2018 en el Vaticano tenía el peso silencioso de los momentos que no hacen ruido, pero que quedan.
Era el encuentro anual con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, una de esas ceremonias donde el protocolo parece dominarlo todo, pero donde, en realidad, lo que importa es lo que se dice entre líneas.
Papa Francisco entró sin estridencias, como acostumbraba, con ese paso que no busca imponerse, pero que termina llenando la sala.
Frente a él estábamos los embajadores, representantes de países distintos, con historias distintas, pero unidos por una preocupación común que en esos años ya marcaba la agenda del mundo: la migración.
No era un tema nuevo, pero sí era un tema cargado de tensión.
Europa vivía las consecuencias de flujos migratorios masivos, América Latina comenzaba a sentir sus propias presiones, y en muchas capitales el debate se había vuelto áspero, casi imposible.
Entre la apertura sin control y el cierre absoluto, el mundo parecía incapaz de encontrar un lenguaje común.
Fue entonces cuando el Papa habló.
No levantó la voz.
No hizo gestos dramáticos.
Pero dijo algo que, en su sencillez, contenía una verdad incómoda para muchos: los Estados tienen el derecho de garantizar la seguridad y de regular los flujos migratorios.
No era una concesión política. Era una afirmación de realidad.
En la sala hubo un silencio breve, de esos que indican que algo ha sido comprendido.
Pero Francisco no se detuvo ahí. Como si supiera que esa frase, aislada, podía ser utilizada para justificar cualquier cosa, añadió lo que completaba el pensamiento: ese derecho no es absoluto.
Está limitado por la dignidad de la persona humana. Está obligado por la conciencia. Está acompañado por un deber que no puede ser ignorado: acoger, proteger, promover e integrar.
Ahí estaba el equilibrio.
No el equilibrio fácil de los discursos diplomáticos, sino el difícil, el que incomoda porque obliga a pensar.
Gobernar las fronteras, sí.
Pero sin olvidar que detrás de cada frontera hay un rostro. Y que detrás de cada cifra hay una historia.
Cuando terminó el discurso, el protocolo retomó su curso.
Los embajadores avanzamos uno a uno para saludar.
Son segundos apenas, una frase, un gesto, una mirada.
Cuando me correspondió el turno, le expresé mi reconocimiento.
No por una posición política —que no era su intención—, sino por haber dicho lo que pocos se atrevían a decir en ese momento: que el orden sin humanidad es vacío, pero que la humanidad sin orden se vuelve inviable.
Francisco escuchó con atención y respondió con una leve inclinación de cabeza. No hacía falta más.
Con el paso del tiempo, he visto cómo esas palabras han sido citadas, recortadas, utilizadas.
Unos toman la primera parte: el derecho del Estado. Otros, la segunda: el deber de acoger.
Pero casi nadie retiene ambas al mismo tiempo.
Sin embargo, ahí está precisamente la clave.
Porque la política, cuando se separa de la ética, se vuelve fría. Y la ética, cuando ignora la realidad, se vuelve impotente.
Aquella mañana de enero de 2018 no resolvió el problema de la migración.
Ningún discurso podía hacerlo. Pero dejó algo más valioso: un criterio.
Un recordatorio de que gobernar no es elegir entre el corazón y la ley, sino aprender a sostener ambos sin que uno destruya al otro.
En un mundo donde todo tiende a simplificarse, aquella fue una lección de complejidad. Y también de responsabilidad.
Porque, al final, las fronteras no solo delimitan territorios. También revelan quiénes somos.
Y cómo elegimos tratar a los demás.
Eso es lo mismo que en su reciente IViaje al Africa ha reiterado el Papa León XIV.
