Por José Manuel Jerez
En toda arquitectura democrática seria, los partidos políticos no son un accesorio del sistema: son su columna vertebral. Desde la tradición clásica del pensamiento político —que va desde Edmund Burke hasta Giovanni Sartori— se ha sostenido que los partidos constituyen el mecanismo institucional mediante el cual la voluntad popular se organiza, se articula y se transforma en poder político legítimo. Prescindir de ellos, o debilitarlos estructuralmente, equivale a erosionar la propia lógica de la representación democrática.
Los partidos políticos cumplen funciones esenciales que ningún otro actor puede sustituir plenamente: canalizan demandas sociales, estructuran la competencia electoral, forman cuadros políticos, generan programas de gobierno y permiten la alternancia en el poder. En palabras de la teoría democrática contemporánea, son los “intermediarios institucionales” entre la sociedad y el Estado.
Ahora bien, esta centralidad funcional tiene una implicación directa: sin financiamiento adecuado, los partidos no pueden cumplir su rol. La política moderna implica costos organizativos, comunicacionales y formativos que hacen inviable la existencia de partidos sin recursos estables. Por ello, el financiamiento público no es un privilegio, sino una condición estructural de la democracia contemporánea.
En efecto, la evidencia comparada demuestra que el financiamiento público cumple al menos tres funciones esenciales: reduce la dependencia de los partidos respecto de intereses privados, promueve condiciones de equidad en la competencia electoral y fortalece la institucionalidad democrática al garantizar la existencia de organizaciones políticas funcionales.
La experiencia latinoamericana, y particularmente la dominicana, confirma esta realidad. Sin este equilibrio, la democracia se convierte en una competencia desigual, donde el acceso al poder depende más del capital que del respaldo ciudadano.
Es en este contexto donde adquiere especial relevancia la posición institucional asumida por el FOPPPREDOM en defensa del financiamiento público de los partidos políticos en la República Dominicana. Lejos de ser una defensa corporativa, se trata de una defensa del sistema democrático mismo.
La historia comparada muestra que cuando se debilitan los partidos políticos, emergen fenómenos peligrosos: personalismo extremo, populismo sin institucionalidad y debilitamiento de los mecanismos de rendición de cuentas.
Más aún, una reducción abrupta del financiamiento público puede empujar a los partidos hacia fuentes de financiamiento opacas o ilegales, comprometiendo la integridad del sistema democrático.
Desde una perspectiva jurídico-constitucional, la defensa del financiamiento público se conecta con principios esenciales del Estado democrático: pluralismo político, igualdad electoral y fortalecimiento institucional.
En suma, debilitar a los partidos políticos es debilitar la democracia. Defender su financiamiento —con transparencia y control— es garantizar la estabilidad y legitimidad del sistema democrático dominicano.
