
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El domingo 20 de septiembre de 2026 conversé con un grupo de estudiosos de la historia contemporánea dominicana, en el Museo Nacional de Historia y Geografía, sobre Rafael Leónidas Trujillo Molina y todo ese proceso de transformación económica, política y social que yo llamo la Revolución Dominicana.
No me refiero solamente a la Guerra de Abril de 1965 como la Revolución Dominicana.
Después de salir del museo recordé un detalle profundamente humano. Pensé en cómo la muerte violenta de Trujillo —el magnicidio que los dominicanos llamamos ajusticiamiento— abrió un período de inestabilidad muy parecido al que siguió al asesinato del presidente Ramón Cáceres en 1911.
Desde la muerte de Cáceres hasta la ocupación estadounidense de 1916 transcurrieron cinco años. Desde el ajusticiamiento de Trujillo, en 1961, hasta la Guerra de Abril y la segunda intervención militar de Estados Unidos, en 1965, pasaron cuatro años; cinco, si extendemos el ciclo hasta las elecciones de 1966.
Los dos magnicidios fueron seguidos por crisis políticas, levantamientos, gobiernos débiles, guerras civiles y, finalmente, la intervención de las fuerzas militares de los Estados Unidos de América.
La Bella Cajera
Entonces volvió a mi memoria el rostro en 1976 de una bella cajera del Banco Popular Dominicano, cuando el banco se llamaba así con sus tres palabras completas y las llevaba orgullosamente en sus anuncios, documentos y letreros.
La sucursal estaba en la avenida Mella, frente al Mercado Modelo de Santo Domingo. Sobre el uniforme de aquella joven había un gafete con su nombre y un apellido que me producía una inquietud difícil de explicar: Matar.
Matar.
No era una amenaza ni una orden. Era el apellido de una familia de origen árabe. En aquella lengua significa lluvia y puede evocar generosidad y abundancia. Pero en español era el verbo desnudo, sin contemplaciones: quitarle la vida a otro ser humano.
No sé qué habrá sido de aquella manejadora de ahorros. Quizás nunca imaginó que su apellido permanecería durante tantos años en la memoria de uno de los clientes del banco. Tampoco podía saber que volvería a recordarlo al leer el artículo de Euri Cabral sobre el triste final de José Antonio Salcedo, Pepillo, presidente del Gobierno Provisional Restaurador.
A Pepillo Salcedo lo derrocaron sus propios compañeros de armas y después lo fusilaron en Maimón, en 1864, por orden del gobierno encabezado por Gaspar Polanco. Se alegaron sus negociaciones con los españoles y la sospecha de que pretendía facilitar el regreso de Buenaventura Báez. Pero alrededor de su muerte también revolotearon, como aves que presienten un cadáver, las rivalidades, las intrigas, las ambiciones y las envidias.
Pepillo había combatido para restaurar la República y terminó fusilado por los mismos hombres que luchaban por restaurarla.
Entonces recordé a Buenaventura Báez, que logró sobrevivir a revoluciones, destierros y enemistades. Una tradición genealógica afirma que su padre, Pablo Altagracia Báez, era hijo del sacerdote Antonio Sánchez Valverde, autor en el siglo XVIII de Idea del valor de la isla Española. De modo que Buenaventura no habría sido hijo, sino nieto del sacerdote.
Otra antigua versión atribuía a Báez la paternidad del general Manuel Altagracia Cáceres, llamado Memé. La filiación reconocida presenta a Memé como hijo de Juan Manuel Cáceres y María Fernández y González; pero el historiador Rufino Martínez recogió la versión de que era hijo natural de Báez, con quien guardaba un notable parecido físico. Un escrito político de aquellos años también lo incluyó entre los hijos atribuidos al caudillo. No es una filiación demostrada y debe repetirse únicamente como tradición.
Lo cierto es que Memé Cáceres murió asesinado en 1878. Y que su hijo, Ramón Cáceres, Mon, también moriría asesinado treinta y tres años después.
Ramón Cáceres había participado con Horacio Vásquez y otros conjurados en el ajusticiamiento del dictador Ulises Hilarión Heureaux Lebert, Lilís, ocurrido en Moca el 26 de julio de 1899. Lilís había gobernado mediante el miedo, pero también mediante una complicada red de préstamos, favores, concesiones y deudas con comerciantes y compañías extranjeras.
Entre sus prestamistas figuraron Cosme Batlle, de Puerto Plata, y Juan Bautista Vicini Cánepa, en Santo Domingo. Estuvieron además Bartolo Bancalari y Santiago Michelena. En el exterior aparecieron la casa holandesa Westendorp y, posteriormente, la estadounidense San Domingo Improvement Company. Juan Bautista Vicini llegó a ser uno de los principales acreedores personales de Lilís.
Cuando Cáceres alcanzó la Presidencia tuvo que enfrentar aquella maraña. La Convención Dominico-Americana de 1907 reorganizó las obligaciones, redujo a unos diecisiete millones de dólares las reclamaciones reconocidas y autorizó una emisión de bonos por veinte millones. Pero el arreglo tuvo un precio enorme: las aduanas dominicanas quedaron bajo administración estadounidense para garantizar el pago a los acreedores.
El domingo 19 de noviembre de 1911, los hombres encabezados por Luis Tejera esperaron el paso del presidente Cáceres en una propiedad de Pedro Marín situada frente a Güibia. Luis Felipe Mejía lo cuenta en De Lilís a Trujillo. Pedro Marín estaba casado con María del Carmen Vicini Perdomo, hija de Juan Bautista Vicini Cánepa y hermana de Felipe Vicini Perdomo.
Este vínculo familiar constituye un dato, no una acusación. No existe razón para atribuir a los Vicini responsabilidad por el hecho de que los conjurados se reunieran en aquella propiedad. La historia debe contar sus coincidencias sin convertirlas en culpabilidades hereditarias.
El plan inicial parecía ser el secuestro del presidente. Pero comenzó el tiroteo y Ramón Cáceres cayó abatido. El hombre que había participado en la muerte de Lilís murió como Lilís: alcanzado por las balas de sus adversarios.
Su asesinato abrió un vacío de poder. Volvieron las insurrecciones, las guerras civiles y los caudillos. El desorden desembocó en la ocupación estadounidense de 1916, que duró ocho años.
Los ocupantes crearon la Guardia Nacional. En ella ingresó un joven llamado Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Horacio Vásquez, otro de los hombres vinculados al ajusticiamiento de Lilís, volvió después a la Presidencia. Pero Trujillo, formado y ascendido en la institución armada creada durante la ocupación, lo desplazó en 1930 y se apoderó del país.
Entonces comenzó a matar.
Matar, matar, matar.
El Jefe mataba porque no quería que lo mataran. Mataba al adversario verdadero y al enemigo imaginario. Mataba para gobernar, para enriquecerse, para prevenir conspiraciones y para que el miedo llegara antes que sus órdenes. Mandó matar dentro y fuera del territorio nacional. Convirtió la sospecha en sentencia y la obediencia en una manera de sobrevivir.
Mató durante treinta y un años, hasta que lo mataron.
En la conspiración que terminó con su vida el 30 de mayo de 1961 participó discretamente Juan Bautista Vicini Cabral, Gianni, nieto de aquel Juan Bautista Vicini Cánepa que había sido acreedor de Lilís.
Los documentos del Gobierno de Estados Unidos lo identificaron mediante el nombre secreto de Míster X. Gianni encabezó un grupo de apoyo político, económico y logístico y mantuvo contactos con representantes estadounidenses. La documentación registra incluso reuniones celebradas en febrero de 1961 entre Gianni Vicini, Donald Reid Cabral y un agente de la Agencia Central de Inteligencia.

Así regresan los apellidos en la historia, pero no siempre para representar el mismo papel. Unas generaciones prestan dinero a los gobernantes; otras pierden privilegios; otras se encuentran cerca del lugar de un magnicidio; y alguna decide arriesgar la fortuna y la vida para terminar con una tiranía.

Más de doscientos años de historia dominicana parecen atravesados por el mismo verbo que llevaba aquella bella cajera sobre el pecho.
Matar.
Desde Caín y Abel, el poder mata porque teme perderse. El caudillo mata para no ser sustituido. El dictador mata para no ser juzgado. El conspirador mata porque cree que no queda otro camino. Y después aparecen otros hombres, otras familias y otras pasiones para continuar la historia.
Pero el apellido Matar no nació de la muerte. En la lengua de sus antepasados significa lluvia.
Quizás esa sea la última paradoja: que una palabra que en español recuerda tanta sangre, en otra lengua anuncie el agua que cae del cielo para limpiar la tierra.
