Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
«Meloni tiene cojones».
La expresión puede parecer brusca, pero no es nueva.
Mi abuelo la utilizaba para describir a un viejo amigo italiano que había combatido en la Primera Guerra Mundial.
No era una frase vulgar.
Era una forma popular de decir que aquel hombre poseía coraje, determinación y la capacidad de mantenerse firme cuando las circunstancias se volvían difíciles.
En Italia, como en España y en muchos países de América Latina, ese tipo de lenguaje coloquial forma parte de la cultura popular.
No alude únicamente a la valentía física, sino al carácter.
A la capacidad de sostener una decisión aun cuando genera críticas, aislamiento o elevados costos políticos.
Al observar la trayectoria de Giorgia Meloni resulta inevitable recordar aquella expresión de mi abuelo.
Desde que asumió el Gobierno en octubre de 2022, Meloni ha debido enfrentar desafíos de enorme magnitud: la guerra en Ucrania, la crisis energética europea, las presiones migratorias sobre el Mediterráneo, la desaceleración económica y las complejas negociaciones dentro de la Unión Europea.
A ello se suma la permanente vigilancia de los mercados financieros y de las instituciones comunitarias sobre una economía que continúa siendo una de las más endeudadas del mundo desarrollado.
Muchos analistas pronosticaron que su Gobierno tendría una vida breve.
Otros afirmaban que las diferencias entre Fratelli d’Italia, la Liga y Forza Italia terminarían provocando una crisis interna. Hasta ahora, esos pronósticos no se han cumplido.
Es cierto que la coalición ha conocido tensiones.
Hace apenas unos días el Ejecutivo perdió una votación sobre una enmienda durante el debate de la reforma electoral.
Los titulares hablaron inmediatamente de una supuesta derrota de Meloni.
Sin embargo, dos días más tarde la Cámara de Diputados aprobó en primera lectura el proyecto principal impulsado por el Gobierno, demostrando que la mayoría parlamentaria permanece intacta.
Las encuestas también respaldan esa estabilidad. Fratelli d’Italia continúa siendo el primer partido del país con alrededor del 28 % de intención de voto.
El Partido Democrático obtiene aproximadamente un 22 %, el Movimiento Cinco Estrellas un 13 %, mientras que Forza Italia y la Liga alcanzan cerca del 8 % y el 7 %, respectivamente.
En conjunto, la coalición de centroderecha reúne alrededor del 43 % del respaldo electoral, una cifra que la mantiene como el bloque político más sólido de Italia y con claras posibilidades de conservar el Gobierno en las próximas elecciones generales.
Ese dato es más importante que cualquier derrota parlamentaria ocasional.
En toda democracia pueden producirse discrepancias internas y votaciones adversas sobre aspectos específicos de un proyecto de ley.
Lo verdaderamente relevante es si esas diferencias ponen en peligro la estabilidad del Gobierno.
En el caso italiano, la respuesta, al menos por ahora, es negativa.
Mientras tanto, la oposición continúa enfrentando el mismo problema que ha limitado sus posibilidades desde las elecciones de 2022: la falta de unidad.
El Partido Democrático, el Movimiento Cinco Estrellas y las demás fuerzas del centro y la izquierda mantienen estrategias, liderazgos y prioridades diferentes. Esa fragmentación dificulta la construcción de una alternativa de gobierno capaz de disputar el poder a la actual coalición.
La figura de Giorgia Meloni también ha adquirido una dimensión internacional que fortalece su posición interna.
Su protagonismo en los debates europeos sobre inmigración, seguridad, política industrial, defensa y relaciones transatlánticas ha contribuido a consolidar su imagen como una de las principales dirigentes del continente.
Incluso quienes discrepan de sus posiciones reconocen que Italia ha recuperado una presencia política más visible en la Unión Europea y en el escenario internacional.
Naturalmente, tener firmeza no significa tener siempre la razón.
En democracia, todas las decisiones deben ser discutidas y sometidas al juicio de los ciudadanos.
Pero una cosa es discrepar de las políticas de un gobernante y otra muy distinta negar su capacidad de liderazgo.
Italia ha conocido, durante décadas, gobiernos que caían con extraordinaria rapidez.
La continuidad institucional era casi una excepción.
En ese contexto, la estabilidad alcanzada por el actual Ejecutivo constituye un hecho político relevante y poco común en la historia reciente de la República.
Nada garantiza que esta situación permanezca inalterable hasta las próximas elecciones.
La política italiana conserva una larga tradición de cambios rápidos y alianzas inesperadas.
Sin embargo, las encuestas actuales, la estabilidad parlamentaria y la ausencia de una oposición cohesionada permiten afirmar que Giorgia Meloni sigue siendo la figura dominante de la política italiana y la favorita para buscar un segundo mandato al frente del Gobierno.
Quizá por eso vuelve a mi memoria aquella frase de mi abuelo, pronunciada al recordar a su viejo amigo italiano que había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial:
«Ese sí que tenía cojones.»
Hoy, trasladada al lenguaje político, la expresión resume la impresión que muchos italianos —incluso algunos que no comparten todas sus ideas— tienen de Giorgia Meloni: una dirigente que ha demostrado determinación para sostener su proyecto político en medio de uno de los escenarios más complejos de Europa.
La experiencia demuestra que las elecciones no las gana únicamente quien obtiene más votos, sino quien consigue articular una mayoría política estable.
Hoy, esa mayoría continúa estando del lado de Giorgia Meloni y de la coalición de centroderecha que la sostiene.


