Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A veces un artículo termina produciendo efectos inesperados. Uno escribe sobre un tema y descubre luego que el verdadero debate se encuentra en otro lugar.

Eso me ocurrió al leer la columna “Memoria”, publicada por Julio Hazim en elCaribe el 15 de junio de 2026.
Hazim se refiere explícitamente a un artículo mío publicado semanas antes en Diario Libre bajo el título “Cuando Abinader era un bebé y RD vivía entre complots, guerra fría y alianzas imposibles”. Allí desarrollaba una reflexión histórica sobre la República Dominicana de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, utilizando la fecha de nacimiento del presidente Luis Abinader como punto de referencia para comprender una diferencia generacional fundamental.
Mi propósito no era realizar un elogio político ni una crítica partidista. Mucho menos intervenir en las controversias cotidianas de la política nacional. Lo que intentaba era recordar una realidad histórica que con frecuencia se desvanece bajo el peso de la actualidad.
Luis Abinader nació el 12 de julio de 1967.
Cuando abrió los ojos por primera vez, la República Dominicana todavía vivía bajo el impacto de acontecimientos que habían transformado radicalmente su historia: el ajusticiamiento de Trujillo en 1961, la elección democrática de Juan Bosch en 1962, el golpe de Estado de septiembre de 1963, la insurrección constitucionalista de abril de 1965, la intervención militar norteamericana y la consolidación posterior del gobierno de Joaquín Balaguer.
Aquella no era una democracia tranquila.
Era un país sometido a tensiones permanentes.
La Guerra Fría dominaba la política mundial.
Washington observaba el Caribe con enorme preocupación después de la Revolución Cubana.
La izquierda revolucionaria latinoamericana creía posible repetir experiencias insurreccionales.
Los servicios de inteligencia vigilaban, infiltraban y analizaban movimientos políticos.
Los militares continuaban siendo actores decisivos.
Las conspiraciones eran parte de la vida cotidiana.
Las cárceles, los exilios y las persecuciones formaban parte del paisaje político.
En ese contexto analicé un documento contenido en la colección oficial Foreign Relations of the United States (FRUS), donde aparecía un informe de inteligencia de marzo de 1971 relacionado con un supuesto plan para asesinar a Balaguer.
Hice una precisión indispensable.
Un informe de inteligencia no constituye una sentencia judicial ni una verdad histórica definitiva.
Es una fotografía de percepciones, informaciones y análisis elaborados por organismos de seguridad en un momento determinado.
Sin embargo, precisamente por eso resulta valioso para reconstruir el clima político de una época.
Lo que más me llamó la atención fue la posibilidad de coincidencias tácticas entre actores aparentemente incompatibles.
Por una parte aparecía el Movimiento Popular Dominicano (MPD), una de las organizaciones revolucionarias más activas de aquellos años.
Por otra parte aparecía el nombre de Elías Wessin y Wessin, símbolo histórico del anticomunismo dominicano.
Muchos podrían considerar imposible una convergencia entre ambos.
Sin embargo, la historia dominicana demostró lo contrario.
En 1974, apenas tres años después del informe citado, el Acuerdo de Santiago reunió dentro de una misma coalición opositora al PRD de José Francisco Peña Gómez, al PQD de Wessin y Wessin, al MPD y a otras fuerzas políticas enfrentadas al balaguerismo.
La historia real suele ser mucho más compleja que las etiquetas ideológicas.
Los actores políticos pueden enfrentarse doctrinalmente y coincidir tácticamente cuando perciben un adversario común.
Eso fue precisamente lo que intenté explicar.
También recordé otro hecho significativo.
En 1971 Balaguer ordenó la detención y posterior deportación de Wessin y Wessin.
No se trataba de una anécdota menor.
Si el presidente tomó aquella decisión, era porque percibía amenazas reales o potenciales provenientes de sectores que podían alterar el equilibrio político existente.
A ello se sumaban las tensiones internacionales.
Décadas más tarde, investigaciones parlamentarias italianas mencionarían al dirigente del MPD Miguel Santana Reyes dentro de expedientes relacionados con redes subversivas observadas por organismos europeos en circuitos que conectaban París, Caracas y Roma.
La República Dominicana no vivía aislada.
Era parte de una confrontación global.
Estados Unidos vigilaba.
Cuba influía.
Europa observaba.
Los servicios de inteligencia intercambiaban información.
Los exiliados se desplazaban internacionalmente.
Todo ello formaba parte de un mismo escenario.
Mientras ocurrían esas cosas, Luis Abinader era apenas un niño.
Y allí aparecía la tesis central de mi artículo.
No afirmé que una generación fuera superior a otra.
No sostuve que haber nacido después de aquellos acontecimientos constituyera automáticamente una ventaja política.
Lo que señalé fue algo mucho más sencillo:
Abinader no pertenece a la generación que conspiró, combatió, exilió o reprimió. Pertenece a la generación nacida entre las ruinas del conflicto.
No vivió conscientemente la Guerra de Abril.
No participó en los enfrentamientos ideológicos de la Guerra Fría dominicana.
No perteneció al universo emocional de quienes experimentaron directamente aquellos acontecimientos.
Nació dentro de sus consecuencias.
Y esa diferencia generacional ayuda a comprender muchas características de la República Dominicana contemporánea.
Fue precisamente ahí donde intervino Julio Hazim.
Al leer su columna comprendí que había identificado correctamente el centro del argumento.
No respondió principalmente a Abinader.
Respondió a la memoria histórica.
Por eso tituló su reflexión “Memoria”.
No escogió “Gobierno”.
No escogió “Política”.
No escogió “Abinader”.
Escogió la palabra que mejor resumía el espíritu del artículo.
Hazim escribió que gobernar exige una comprensión profunda de la historia nacional.
Añadió que un liderazgo auténtico no solamente actúa, sino que interpreta.
Sostuvo que un gobernante debe conocer el origen de los conflictos para evitar caer en interpretaciones superficiales del presente.
Algunos podrían interpretar esas observaciones como una crítica.
Yo las interpreto de otra manera.
En realidad, Julio Hazim y yo estábamos dialogando sobre un mismo tema desde perspectivas complementarias.
Mi artículo afirmaba que existe una diferencia histórica entre la generación que vivió directamente los conflictos de la Guerra Fría dominicana y la generación nacida después de ellos.
Hazim respondía que ninguna generación puede gobernar adecuadamente sin comprender el pasado que la precedió.
No hay contradicción entre ambas afirmaciones.
Por el contrario, se refuerzan mutuamente.
Porque la democracia dominicana actual no apareció espontáneamente.
Fue construida lentamente.
Fue el resultado de conflictos, errores, pactos, confrontaciones, sacrificios y aprendizajes acumulados durante décadas.
Mi propia generación conoció directamente muchos de esos acontecimientos.
Yo tenía once años cuando cayó la dictadura de Trujillo.
Viví el gobierno de Bosch.
Viví el golpe de Estado.
Viví la Guerra de Abril.
Viví los años más intensos de la Guerra Fría en el Caribe.
Por eso cuando observo a las generaciones posteriores no veo simplemente diferencias de edad.
Veo experiencias históricas distintas.
Y precisamente ahí radica el valor de la memoria.
No para vivir atrapados en el pasado.
No para convertir la historia en una religión política.
Sino para comprender mejor el presente.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de este intercambio intelectual.
La democracia dominicana contemporánea fue construida por generaciones que atravesaron conflictos extraordinarios.
Las generaciones posteriores heredaron sus resultados.
Y las generaciones futuras necesitarán comprender ambas experiencias si desean preservar y perfeccionar las instituciones democráticas.
Por eso considero que la reflexión de Julio Hazim merece atención.
Porque termina reforzando una idea que comparto plenamente:
Los pueblos que olvidan su historia terminan perdiendo la capacidad de interpretar su presente.
Y ninguna democracia puede sostenerse durante mucho tiempo cuando pierde la memoria de cómo llegó a existir.
