
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Mientras nosotros continuamos discutiendo las pequeñas cosas de todos los días, peleándonos por cargos, intereses y miserias domésticas y, para decirlo en buen dominicano, comiendo bolas, las grandes potencias están haciendo otra cosa.
Se están preparando.
Estados Unidos acaba de fortalecer extraordinariamente su acceso al petróleo venezolano.
Europa aumenta sus presupuestos militares.
Suecia prepara a sus ciudadanos para una crisis o una guerra.

Alemania vuelve a hablar de reservas, infraestructura crítica y defensa territorial.
Gran Bretaña recomienda a su población estar en condiciones de resistir por lo menos 72 horas sin servicios esenciales.
Rusia reorganiza su economía para soportar una confrontación prolongada.
China acumula recursos estratégicos y desarrolla aceleradamente sus capacidades militares.
Oriente Medio continúa ardiendo.
Y la guerra de Ucrania acerca peligrosamente a Rusia y Europa hacia una confrontación que nadie dice querer, pero para la cual todos parecen prepararse.
No afirmo que la Tercera Guerra Mundial haya comenzado.

Tampoco que sea inevitable.
Pero sí podemos afirmar algo más inquietante:
la posibilidad de una gran guerra ha dejado de ser inimaginable.
Estados Unidos asegura energía
El presidente Donald Trump anunció el pasado viernes un gigantesco acuerdo petrolero con Venezuela mediante el cual intereses estadounidenses obtendrán control mayoritario sobre proyectos vinculados con más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas.
Desde Caracas se insiste en que Venezuela conserva la propiedad y soberanía sobre sus recursos.
Pero, independientemente de las fórmulas jurídicas, existe una realidad geopolítica evidente:
Estados Unidos fortalece su acceso a una de las mayores concentraciones de petróleo del planeta.
Y ocurre precisamente ahora.
El petróleo venezolano está cerca de las refinerías estadounidenses del Golfo de México y buena parte de esas instalaciones fueron históricamente diseñadas para procesar crudos pesados como los venezolanos.
No significa necesariamente que Washington haya firmado ese acuerdo porque espere una guerra mundial.

Significa algo más sencillo:
si el mundo entra en una etapa prolongada de confrontación, Estados Unidos estará mejor preparado energéticamente.
Y ninguna gran guerra puede librarse sin energía.
Ejércitos, aviones, barcos, fábricas, cadenas logísticas y sistemas industriales dependen de ella.
La tecnología ha cambiado desde 1945, pero el principio continúa intacto:
sin energía no existe poder militar sostenido.
Oriente Medio y la peligrosa ilusión de las guerras separadas
Aquí aparece otro escenario que no podemos olvidar.
Oriente Medio.
Durante años nos hemos acostumbrado a contemplar sus guerras como acontecimientos separados del resto del mundo.
Gaza.
Israel.
Irán.
Líbano.
Siria.
Yemen.
El Mar Rojo.
El Estrecho de Ormuz.
Cada crisis parece poseer su propia explicación y su propia geografía.
Pero esa separación puede ser una ilusión.
Estados Unidos está involucrado directamente en la seguridad de Israel y de las rutas marítimas.
Irán posee relaciones estratégicas con Rusia y China.
El petróleo y el gas que atraviesan Oriente Medio alimentan la economía mundial.
Las rutas del Mar Rojo y del Golfo Pérsico son arterias del comercio internacional.
Una guerra regional suficientemente grande puede afectar el precio de la energía, paralizar rutas marítimas, involucrar bases norteamericanas y provocar respuestas militares en cadena.
Por eso Ucrania, Oriente Medio y el Indo-Pacífico ya no deben analizarse como mundos completamente separados.
Las crisis comienzan a comunicarse entre sí.
Y ahí reside uno de los mayores peligros de nuestro tiempo.
Europa prepara a sus ciudadanos
Mientras Estados Unidos asegura recursos estratégicos, Europa comienza nuevamente a preparar a sus poblaciones.
Primero Suecia.
Después Alemania.
Ahora Gran Bretaña.
Agua.
Alimentos.
Medicamentos.
Radio.
Linternas.
Baterías.
Dinero en efectivo.
Power banks.
No estamos ante una movilización general ni ante el anuncio de una guerra inminente.
Pero tampoco estamos simplemente ante consejos domésticos.
Estamos ante el regreso de la defensa civil europea.
Suecia distribuyó entre su población una guía cuyo título resulta suficientemente explícito:
In case of crisis or war.
En caso de crisis o guerra.
Alemania vuelve a discutir rearme, defensa territorial, reservas estratégicas e infraestructura crítica.
Gran Bretaña habla ahora de 72 horas de autonomía doméstica ante una emergencia severa.
Después de 1989 y de la desaparición de la Unión Soviética, Europa creyó que las grandes guerras continentales pertenecían al pasado.
La invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022 destruyó esa ilusión.
Y ya olvidamos el Covid
Hay algo todavía más sorprendente.
Hace apenas unos años la humanidad vivió una tragedia verdaderamente mundial.
El Covid paralizó ciudades.
Cerró fronteras.
Detuvo aviones.
Interrumpió cadenas de suministro.
Colapsó hospitales.
Separó familias.
Provocó millones de muertes.
Durante meses hablamos de vulnerabilidad, reservas sanitarias, producción nacional de medicamentos, seguridad alimentaria y necesidad de prepararnos para acontecimientos extraordinarios.
Parecía que aquella experiencia cambiaría nuestra manera de pensar.
Pero la memoria humana es corta.
El Covid casi ha desaparecido de la conversación pública.
La tragedia se convirtió rápidamente en recuerdo.
Y muchas de las preguntas que entonces nos hicimos siguen siendo exactamente las mismas:
¿Cuánto puede resistir una sociedad si se interrumpen sus suministros?
¿Qué ocurre cuando dejan de funcionar las cadenas globales?
¿Qué sucede cuando cada país comienza a competir por medicamentos, alimentos o energía?
La pandemia fue una advertencia.
Ahora la guerra puede presentarnos otra.
Y quizás mucho más peligrosa.
Ucrania: la retaguardia desaparece
La guerra de Ucrania ya no consiste solamente en conquistar territorio.
Consiste en destruir la capacidad del adversario para continuar combatiendo.
Depósitos.
Ferrocarriles.
Puentes.
Refinerías.
Centrales eléctricas.
Fábricas.
Aeropuertos.
Comunicaciones.
Logística.
La retaguardia se convierte progresivamente en frente.
Y una parte considerable de la capacidad militar ucraniana está conectada con Europa mediante financiamiento, inteligencia, entrenamiento, armamentos, drones y municiones.
Cuanto más profundamente se integra Europa en esa estructura, más difícil resulta establecer dónde termina la guerra ruso-ucraniana y dónde comienza la confrontación estratégica ruso-europea.
Sergey Markov, antiguo asesor de Vladimir Putin, ha planteado incluso que una guerra entre Rusia y Europa podría llegar a ser inevitable si continúa la actual dinámica de escalada.
No tenemos que aceptar su interpretación.
Pero tampoco debemos ignorarla.
Porque muchas grandes guerras comenzaron de esa manera: cada parte considerando defensivas sus propias acciones y ofensivas las del adversario.
Europa se rearma porque teme a Rusia.
Rusia contempla ese rearme y afirma que Europa se prepara contra ella.
Moscú aumenta entonces su capacidad militar.
Europa observa ese aumento y considera confirmados sus temores.
Y vuelve a rearmarse.
Ese círculo es uno de los mecanismos clásicos de las guerras que inicialmente nadie decía querer.
Rusia resiste y China observa
Rusia parece prepararse para una larga guerra de desgaste.
Su industria militar aumenta la producción.
Su presupuesto privilegia defensa y seguridad.
Su estrategia parece consistir en resistir más tiempo que Ucrania y más tiempo que la voluntad política occidental de sostenerla.
China, mientras tanto, observa.
Observa Ucrania.
Observa Oriente Medio.
Observa a Rusia.
Observa las reservas occidentales de municiones.
Observa la resistencia de las economías sometidas a sanciones.
Y naturalmente observa Taiwán.
Petróleo.
Gas.
Tierras raras.
Semiconductores.
Uranio.
Cobre.
Litio.
Alimentos.
Puertos.
Canales.
Refinerías.
La globalización nos acostumbró a contemplarlos como mercancías.
La geopolítica vuelve a recordarnos que son también instrumentos de poder.
Una guerra puede comenzar sin declaración
Las guerras del siglo XXI pueden comenzar sin que sepamos exactamente cuándo comenzaron.
Un ciberataque.
Un cable submarino cortado.
Un aeropuerto paralizado.
Una instalación industrial destruida.
Un barco atacado.
Un drone atravesando una frontera.
Una represalia.
Después otra.
Hasta que un día descubramos que aquello que durante meses llamábamos escalada ya se ha convertido en guerra.
Y existe otro peligro:
que continuemos llamando conflictos regionales a guerras que progresivamente están conectándose.
Ucrania por un lado.
Oriente Medio por otro.
Taiwán más allá.
Pero detrás aparecen repetidamente las mismas grandes potencias:
Estados Unidos.
Rusia.
China.
Europa.
La pregunta verdaderamente inquietante es entonces:
¿en qué momento varias guerras regionales dejan de ser guerras separadas y comienzan a convertirse en una sola confrontación mundial?
¿Y nosotros?
Aquí llegamos al Caribe.
Porque Venezuela no está en Asia.
Está aquí.
Muy cerca de nosotros.
Mientras el petróleo venezolano vuelve a integrarse estratégicamente al espacio estadounidense, Europa prepara a sus ciudadanos y las grandes potencias acumulan recursos, ¿qué estamos haciendo nosotros?
Comiendo bolas.
Discutiendo pequeñas miserias políticas.
Peleándonos por cargos.
Mirando exclusivamente hacia dentro.
Como si República Dominicana estuviera situada en otro planeta.
No lo está.
Dependemos del exterior para combustibles, alimentos, medicamentos, fertilizantes, transporte marítimo, turismo, telecomunicaciones y financiamiento.
El Covid ya nos enseñó lo que significa que las cadenas internacionales se interrumpan.
Y parece que lo hemos olvidado.
Una guerra de grandes dimensiones podría golpearnos sin que jamás cayera un misil sobre Santo Domingo.
Bastaría una interrupción prolongada del petróleo, los alimentos, los fletes, los mercados financieros o las cadenas de abastecimiento.
Por eso también nosotros deberíamos preguntarnos:
¿Cuántas reservas estratégicas de combustible tenemos?
¿Cuántos medicamentos esenciales?
¿Cuánto trigo y maíz?
¿Cuánto tiempo podrían resistir nuestros servicios eléctricos, bancarios y de telecomunicaciones ante una gran crisis internacional?
¿Qué debería tener una familia dominicana para sobrevivir durante las primeras 72 horas de una emergencia grave?
No son preguntas alarmistas.
Son preguntas de Estado.
Estados Unidos asegura petróleo.
Rusia produce armas.
China acumula poder.
Europa se rearma.
Suecia prepara a sus ciudadanos.
Alemania recupera la defensa civil.
Gran Bretaña habla de 72 horas.
Oriente Medio continúa incendiándose.
Ucrania lucha por sobrevivir.
Y nosotros debemos decidir si continuaremos observando todo aquello como si nada tuviera que ver con nosotros.
La Tercera Guerra Mundial no ha comenzado.
Quizás nunca comience.
Ojalá nunca comience.
Pero demasiados gobiernos importantes están actuando como si tuvieran la obligación de prepararse para esa posibilidad.
Esa es la verdadera noticia.
No que la guerra mundial sea inevitable.
Sino que ha dejado de ser inimaginable.
Sobrevivimos al Covid y demasiado rápidamente olvidamos su advertencia.
Ahora vemos multiplicarse las guerras y corremos el riesgo de cometer el mismo error: acostumbrarnos a ellas hasta creer que siempre permanecerán lejos y separadas.
Europa habla de paz mientras se prepara para resistir.
Estados Unidos asegura energía.
Rusia se prepara para aguantar.
China acumula poder.
Oriente Medio continúa ardiendo.
Todos parecen comprender que estamos entrando en una época diferente.
¿Y nosotros?
Aquí estamos comiendo bolas mientras el mundo se prepara para lo peor.
