José Manuel Jerez
La serpiente del Génesis jamás le dijo a Eva que pretendía destruirla. De haberle mostrado las consecuencias finales de su propuesta, probablemente el engaño habría terminado antes de comenzar. Le habló, por el contrario, de conocimiento, grandeza y una condición superior: «seréis como Dios». El fruto no fue presentado como perdición, sino como oportunidad. Esa es quizás una de las enseñanzas políticas más inquietantes que pueden extraerse del relato bíblico: los engaños verdaderamente sofisticados no vienen vestidos de amenaza; vienen vestidos de oportunidad.
El Génesis ni siquiera habla de una manzana, sino del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pero aquí importa menos la naturaleza del fruto que la arquitectura de la seducción. La serpiente consiguió que Eva percibiera como beneficioso aquello cuyas consecuencias no alcanzaba a dimensionar. No la obligó. No la amenazó. No le arrebató su voluntad. Modificó su percepción de la realidad hasta conseguir que ella misma tomara la decisión que produciría su caída.
Esa metáfora merece ser observada cuidadosamente en el escenario político dominicano y, particularmente, alrededor de Omar Fernández.
Omar ha hablado públicamente de la buena relación que mantiene con Danilo Medina y sectores de su entorno. También ha sostenido una tesis difícil de cuestionar: una oposición dividida tendrá mayores dificultades para desplazar al Partido Revolucionario Moderno del poder en 2028. El razonamiento parece impecable. Pero precisamente ahí podría encontrarse la vulnerabilidad.
Porque una verdad puede convertirse en el vehículo perfecto para introducir una conclusión falsa.
Sí: la oposición necesita construir mecanismos de entendimiento.
Pero de esa premisa no se desprende que Omar Fernández tenga que ser candidato presidencial en 2028.
Mucho menos que la unidad dependa de excluir a Leonel Fernández.
Y muchísimo menos que quienes eventualmente presenten esa fórmula estén necesariamente interesados en llevar a Omar al Palacio Nacional.
Ahí está el punto que debe comprenderse.
El verdadero problema estratégico del danilismo —entendido aquí como corriente política y no como simple relación personal entre dirigentes— no sería Omar Fernández. Tampoco sería exclusivamente Leonel Fernández. El problema de fondo sería Fuerza del Pueblo como proyecto político en expansión y con vocación de poder.
Comprender esa diferencia permite observar toda la operación desde otra perspectiva.
Leonel puede ser hoy el principal obstáculo porque encabeza Fuerza del Pueblo. Omar podría convertirse mañana en exactamente el mismo problema si llegara a encabezarla con posibilidades reales de conquistar el poder.
Por tanto, sería ingenuo interpretar un eventual acercamiento del danilismo hacia Omar como evidencia automática de que ese sector desea verlo convertido en presidente de la República.
Quizás la finalidad inmediata pudiera ser otra.
Utilizar su legítima aspiración futura para alterar la correlación interna de Fuerza del Pueblo, dividir su liderazgo, impedir su victoria en 2028 y neutralizar el proceso de absorción política que amenaza al PLD.
Después vendría otra historia.
Ese es el verdadero fruto.
El error consistiría en personalizar excesivamente el conflicto. Pensar que todo se reduce a Danilo contra Leonel puede impedir observar una realidad estratégica mucho mayor. Los dirigentes pasan; las organizaciones permanecen. Si Fuerza del Pueblo llegara al Gobierno, independientemente de quién encabezara su candidatura, adquiriría una capacidad de atracción extraordinaria sobre el antiguo universo peledeísta.
Ese escenario podría resultar existencialmente peligroso para el PLD.
La política dominicana posee una poderosa fuerza gravitacional alrededor del poder presidencial. Si desde la oposición dirigentes, cuadros medios, estructuras territoriales y miembros de la base peledeísta continúan desplazándose hacia Fuerza del Pueblo, resulta legítimo preguntarse qué ocurriría si ese partido llegara al Palacio Nacional.
La respuesta es incómoda.
El proceso podría acelerarse.
Y Omar lo sabe.
Sabe que existe un desplazamiento sostenido desde la base del PLD hacia Fuerza del Pueblo. Sabe que muchos antiguos peledeístas consideran a Fuerza del Pueblo parte de la continuidad histórica de aquel proyecto. Sabe también que una victoria electoral podría transformar ese flujo gradual en una auténtica corriente política.
Por eso el problema del danilismo no tendría apellido.
Tendría siglas: FP.
Esta distinción resulta fundamental.
Si mañana Leonel Fernández desapareciera electoralmente y Fuerza del Pueblo encontrara en Omar un candidato capaz de llevarla al poder, el problema estratégico para quienes procuran preservar al PLD seguiría siendo esencialmente el mismo.
Porque un presidente Omar Fernández respaldado por una Fuerza del Pueblo gobernante podría producir sobre el PLD un efecto gravitacional semejante, e incluso generacionalmente más profundo.
De manera que resulta necesario formular una pregunta que Omar debería hacerse antes de interpretar cualquier acercamiento como una alianza estratégica permanente:
¿quienes hoy pudieran estimular su candidatura desean realmente que Omar llegue al poder, o necesitan temporalmente a Omar para impedir que Fuerza del Pueblo llegue al poder con Leonel?
La diferencia es gigantesca.
Porque si la segunda hipótesis fuese correcta, Omar no sería el beneficiario final de la estrategia.
Sería el instrumento.
Primero podría ser útil para introducir una contradicción dentro de Fuerza del Pueblo.
Después, una vez neutralizada la candidatura de Leonel, aparecerían nuevas condiciones, nuevas objeciones, nuevos candidatos, nuevas encuestas, nuevas alianzas y nuevos argumentos para explicar por qué tampoco Omar debería encabezar la oposición.
La historia política está repleta de aliados circunstanciales que dejaron de ser necesarios exactamente en el momento en que cumplieron la función para la cual fueron cortejados.
Por eso Omar debería observar cuidadosamente la secuencia.
Hoy podrían decirle:
«Con Leonel no podemos unirnos; contigo sí».
Mañana, neutralizado Leonel, podrían decirle:
«Ahora necesitamos un candidato de consenso».
Después:
«El candidato debe surgir de unas encuestas».
Más adelante:
«Ningún partido puede imponer unilateralmente la candidatura».
Y finalmente podría aparecer otro nombre, mientras Fuerza del Pueblo llegaría debilitada a la negociación después de haber provocado internamente una disputa que nunca necesitó tener.
Entonces se comprendería demasiado tarde que el objetivo nunca fue Omar.
Tampoco Leonel.
Era impedir que Fuerza del Pueblo llegara al poder.
Esta hipótesis explica mejor la aparente contradicción.
¿Por qué un sector que tendría razones estratégicas para temer el crecimiento de Fuerza del Pueblo estaría dispuesto repentinamente a entregar la candidatura presidencial precisamente a una de sus figuras de mayor proyección?
Quizás porque no estaría entregando nada.
Quizás estaría ofreciendo una expectativa.
Y las expectativas políticas pueden ser instrumentos extraordinariamente eficaces.
Aquí vuelve a adquirir sentido el relato del Génesis.
La serpiente no necesitó entregar inmediatamente aquello que prometía. Necesitó conseguir una decisión.
Eso es todo.
En política, muchas veces la promesa tampoco necesita cumplirse. Basta con que produzca oportunamente el comportamiento deseado.
Si alguien consiguiera convencer a Omar de que su candidatura presidencial inmediata constituye la única vía para alcanzar la unidad opositora, el primer resultado no sería necesariamente la unidad.
El primer resultado podría ser una discusión dentro de Fuerza del Pueblo sobre si su candidato debe ser Leonel u Omar.
Y desde ese instante el objetivo estratégico estaría parcialmente alcanzado.
El conflicto que hasta entonces enfrentaba al PLD con Fuerza del Pueblo comenzaría a reproducirse dentro de Fuerza del Pueblo.
Leonelistas contra omaristas.
Presente contra futuro.
Padre contra hijo.
Continuidad contra renovación.
Todo ello mientras quienes sembraron la premisa podrían observar desde fuera cómo el adversario consume sus energías en una contradicción que antes no existía.
Sería una extraordinaria operación política.
No destruir al adversario desde afuera.
Conseguir que comience a fracturarse desde adentro.
Y aquí adquiere especial importancia la buena relación que Omar ha reconocido públicamente mantener con Danilo Medina y su entorno. Esa relación no tiene nada censurable por sí misma. La política democrática exige comunicación incluso entre adversarios. El error consistiría en confundir cordialidad personal con coincidencia de intereses estratégicos.
Los intereses siguen siendo diferentes.
Omar quiere que Fuerza del Pueblo llegue al poder.
Leonel quiere que Fuerza del Pueblo llegue al poder.
La dirigencia de Fuerza del Pueblo quiere que Fuerza del Pueblo llegue al poder.
Pero si nuestra hipótesis sobre los incentivos de supervivencia del danilismo es correcta, su prioridad racional sería evitar precisamente que Fuerza del Pueblo llegue al poder, porque una FP gobernante podría acelerar la pérdida de dirigentes, militantes, estructuras y electores del PLD.
Ahí desaparece la aparente contradicción.
Y aparece el engaño.
Porque Omar podría interpretar el acercamiento como:
«Ellos me prefieren a mí».
Cuando quizás debería interpretarlo como:
«Ellos necesitan que yo compita ahora con Leonel».
Son dos proposiciones radicalmente distintas.
La primera halaga.
La segunda alerta.
La primera construye una expectativa presidencial.
La segunda revela una posible función instrumental.
Y quizás precisamente por eso el fruto resulta tan atractivo.
Omar posee méritos suficientes para aspirar algún día a la Presidencia de la República. Juventud, formación, disciplina, apellido, posicionamiento electoral y capacidad comunicacional. Su futuro político no necesita ser inventado por Danilo Medina ni por nadie.
Precisamente por eso no debería permitir que otros le administren el calendario.
Quien tiene futuro puede esperar su momento.
Quien se precipita puede terminar consumiendo anticipadamente su capital.
Leonel Fernández representa hoy el liderazgo central de Fuerza del Pueblo. Omar representa una de sus posibilidades más importantes hacia el futuro. Esas dos fortalezas no tienen por qué convertirse en contradicción.
Salvo que alguien consiga convencerlos de lo contrario.
Ese sería el verdadero éxito de la operación.
Porque la mejor manera de neutralizar una organización que posee un líder fuerte y un relevo prometedor consiste en hacer que ambos comiencen a disputar prematuramente el mismo espacio.
Entonces aquello que era una fortaleza —tener presente y futuro— se convierte en debilidad.
Y quienes temen a Fuerza del Pueblo habrían conseguido algo extraordinario: utilizar el futuro del partido para destruir su presente y, posteriormente, impedir también ese futuro.
Primero Leonel.
Después Omar.
Porque si el problema real es Fuerza del Pueblo, cambiar el candidato no resuelve el problema para sus adversarios.
Solo cambia el nombre del adversario.
Esta es la idea que Omar debería examinar con mayor serenidad.
Si mañana fuera él quien apareciera encabezando una Fuerza del Pueblo con 40 o 45 por ciento de intención electoral, ¿desaparecerían mágicamente los intereses de quienes necesitan preservar al PLD?
Evidentemente, no.
Entonces probablemente surgirían razones para detener también a Omar.
Ese ejercicio mental permite distinguir una alianza verdadera de una alianza instrumental.
Quien está dispuesto a apoyarte únicamente mientras sirves para neutralizar a otro no necesariamente es tu aliado.
Puede simplemente estar utilizando tu ambición contra tu propia organización.
Y cuando el primer objetivo desaparezca, tú puedes convertirte en el segundo.
Por eso el episodio bíblico resulta tan poderoso.
La serpiente jamás dijo:
«Eva, quiero expulsarte del Edén».
Le dijo, en esencia:
«Hay algo mejor esperándote».
No presentó destrucción.
Presentó superación.
No presentó pérdida.
Presentó ganancia.
No presentó subordinación.
Presentó libertad.
Y Eva contempló el fruto.
Omar también podría estar contemplándolo.
El fruto sería extraordinariamente atractivo: la candidatura presidencial, la reunificación del viejo espacio peledeísta, el respaldo de sectores que hoy parecen inaccesibles, la posibilidad de derrotar al PRM y la gloria histórica de haber reconciliado aquello que sus mayores dividieron.
¿Puede existir una oferta políticamente más seductora para un dirigente joven?
Precisamente por eso debe desconfiar.
No de su legítima aspiración.
De quienes tienen demasiado interés en adelantarla.
Porque quizás no quieran coronarlo.
Quizás necesiten utilizarlo.
Y una vez cumplido el primer propósito —neutralizar a Leonel, dividir Fuerza del Pueblo o impedir su llegada al poder— nada garantizaría que quienes hoy susurran «Omar sí» continuaran diciendo lo mismo mañana.
Podrían descubrir súbitamente que tampoco Omar sirve.
Porque nunca se trató realmente de Omar.
Nunca se trató exclusivamente de Leonel.
Se trataba de Fuerza del Pueblo.
Ese es el punto que permite comprender toda la posible maniobra.
El danilismo no tendría que escoger entre padre e hijo.
Le bastaría con enfrentar sus tiempos.
Utilizar al hijo para neutralizar al padre.
Y después, neutralizado el padre, utilizar cualquier otro instrumento disponible para impedir también la llegada del hijo.
El resultado final sería exactamente el mismo:
Fuerza del Pueblo fuera del poder.
Por eso Omar debería hacerse cinco preguntas antes de morder el fruto:
¿Quién gana si Leonel deja de ser candidato?
¿Quién gana si Fuerza del Pueblo se divide entre leonelistas y omaristas?
¿Quién gana si se detiene el desplazamiento de la base peledeísta hacia Fuerza del Pueblo?
¿Quién gana si la oposición llega fragmentada a 2028?
Y, finalmente:
¿quién garantiza que quienes hoy dicen «con Omar sí» no dirán mañana «con Omar tampoco»?
Quizás esa última sea la pregunta decisiva.
Porque el engaño político perfecto no consiste en destruir a un adversario.
Consiste en convencer a uno de sus principales dirigentes de que aquello que necesita hacer para debilitar a su propia organización constituye, precisamente, el camino más corto hacia la Presidencia de la República.
La serpiente no obligó a Eva.
Le mostró el fruto.
Eva creyó comprender la oportunidad.
Y mordió.
Omar todavía no lo ha hecho.
Pero si detrás de los elogios, acercamientos y promesas existe realmente una estrategia destinada a contener a Fuerza del Pueblo, debería comprenderlo antes de que sea demasiado tarde:
el fruto puede haber sido preparado para Leonel, pero quien podría terminar mordiéndolo es Omar.
Y después de la primera mordida, posiblemente descubriría la verdad más amarga de todas:
que nunca quisieron hacerlo rey; solamente necesitaban utilizar al príncipe para impedir el regreso del rey y, después, cerrar también las puertas del reino al príncipe.
