Por José Manuel Jerez
En toda elección presidencial competitiva existe una dimensión visible y otra subterránea. La primera se expresa en encuestas, mítines, alianzas, recursos económicos, estructuras partidarias y narrativas de campaña. La segunda, menos evidente pero muchas veces más decisiva, se mueve en el terreno de la percepción, la expectativa y la psicología colectiva del electorado. En ese espacio se forman las convicciones profundas sobre quién puede ganar, quién puede gobernar, quién representa una alternativa real y quién, aun despertando simpatías, no logra transmitir capacidad efectiva de poder.
Dentro de esa dimensión psicológica de la competencia política adquieren relevancia dos fenómenos ampliamente observados en la conducta electoral: el efecto underdog y el efecto top dog. El primero describe la inclinación emocional de ciertos electores a favorecer al competidor percibido como débil, excluido, injustamente atacado o colocado en desventaja frente a un adversario más poderoso. El segundo alude a la tendencia de otros electores a respaldar a quien aparece como el candidato con mayor probabilidad de triunfo, no necesariamente por adhesión ideológica absoluta, sino por sentido de eficacia política, cálculo estratégico y búsqueda de certidumbre.
En política, el efecto underdog puede ser poderoso cuando un candidato logra presentarse como víctima de un aparato dominante, como expresión de una causa moral o como símbolo de resistencia frente a poderes establecidos. Su fuerza descansa en la empatía. El elector no solo vota por una propuesta, sino por una historia: la historia del que lucha contra circunstancias adversas. Sin embargo, ese efecto tiene límites claros. Para que opere con intensidad, la ciudadanía debe percibir que la desventaja es real, injusta y superable. Si la desventaja se interpreta como falta de preparación, debilidad orgánica o incapacidad de gobernar, el underdog deja de inspirar solidaridad y empieza a producir desconfianza.
El efecto top dog, por el contrario, se activa cuando el electorado comienza a identificar a un candidato como opción ganadora. En escenarios de alta polarización, desgaste gubernamental o deseo de alternancia, muchos ciudadanos tienden a concentrar su apoyo en quien consideran más viable. Esa lógica no es emocional en sentido estricto; es estratégica. El elector puede simpatizar con varias opciones, pero termina inclinándose por aquella que percibe con mayor capacidad de derrotar al oficialismo, estabilizar el sistema político y conducir el Estado con autoridad.
Desde esta perspectiva, la figura de Leonel Fernández no encaja de manera plena en la categoría clásica del underdog. No se trata de un actor marginal, desconocido o carente de experiencia. Es un expresidente de la República, un líder político de larga trayectoria, un dirigente con proyección internacional y el principal referente de una organización partidaria que ha venido construyendo estructura, discurso y vocación de poder. Por tanto, su mayor fortaleza no consiste en ser visto como el candidato débil que despierta compasión, sino como el dirigente con capacidad real para articular una mayoría política y electoral.
No obstante, sería un error descartar por completo la dimensión underdog en torno a su candidatura. Leonel Fernández puede beneficiarse parcialmente de ella si logra instalar la percepción de que enfrenta no solo a un partido de gobierno, sino a un aparato estatal con recursos superiores, capacidad de influencia institucional y una maquinaria de poder orientada a preservar la continuidad. En ese caso, la narrativa de la desventaja no se construiría alrededor de su persona como figura débil, sino alrededor de la desigualdad de condiciones frente al oficialismo. La simpatía no surgiría de la fragilidad, sino de la idea de una competencia que debe ser equilibrada democráticamente.
Pero el eje central de una estrategia presidencial ganadora hacia 2028 no debería descansar en la victimización ni en la apelación emocional al agravio. La política dominicana, por su historia reciente y por la naturaleza de su cultura electoral, suele premiar la viabilidad, la experiencia, la organización y la percepción de gobernabilidad. En momentos de incertidumbre económica, deterioro institucional o desencanto ciudadano, el elector no busca únicamente una protesta; busca una salida. Y una salida política solo se vuelve mayoritaria cuando combina crítica al presente con confianza en el futuro.
Ahí aparece la importancia del voto útil. En sistemas multipartidarios, especialmente cuando la oposición se encuentra fragmentada, el voto útil opera como un mecanismo de racionalización electoral. Muchos ciudadanos que inicialmente se identifican con opciones distintas terminan preguntándose quién tiene mayores posibilidades de ganar. Esa pregunta, cuando se vuelve dominante, reorganiza el mapa político. El voto deja de dispersarse por simpatías menores y empieza a concentrarse en la candidatura que representa eficacia electoral. En ese momento, la competencia deja de ser una suma de preferencias individuales y se convierte en una convergencia estratégica.
Para Leonel Fernández, el desafío fundamental consiste en consolidarse ante la sociedad dominicana como el punto de convergencia de ese voto útil opositor. No basta con conservar una base partidaria sólida ni con mantener altos niveles de recordación pública. La tarea decisiva es proyectar la imagen de que su candidatura es la única con capacidad de derrotar al oficialismo, encabezar una transición ordenada y gobernar con experiencia en un contexto nacional e internacional complejo. Esa percepción, si se instala con fuerza, puede producir un efecto acumulativo: atrae independientes, reduce la dispersión opositora, disciplina alianzas y convierte la viabilidad en magnetismo político.
La Fuerza del Pueblo cumple en ese escenario una función estratégica de primer orden. Un liderazgo fuerte sin organización corre el riesgo de convertirse en fenómeno personalista; una organización sin liderazgo carismático y reconocido puede convertirse en maquinaria sin alma. La particularidad del proyecto encabezado por Leonel Fernández es que combina liderazgo, memoria de gestión, estructura partidaria en expansión y narrativa de retorno al equilibrio institucional. Esa combinación lo coloca en una posición distinta frente a otros actores que pueden tener presencia mediática, pero carecen de densidad política suficiente para articular una mayoría nacional.
La experiencia comparada demuestra que los procesos electorales no se ganan solo por acumulación de adhesiones tempranas, sino por capacidad de convertirse en vehículo de expectativas colectivas. Un candidato puede partir con un núcleo duro importante y aun así estancarse si no transmite posibilidad de crecimiento. Otro puede iniciar con simpatías dispersas y expandirse rápidamente si logra ser percibido como opción inevitable. En ese tránsito entre simpatía, expectativa y viabilidad se decide la suerte de muchas candidaturas presidenciales. La política, en última instancia, no solo mide lo que un candidato es, sino lo que la ciudadanía cree que puede llegar a representar.
Por eso, el debate sobre si Leonel Fernández se beneficia más del efecto underdog o del efecto top dog debe resolverse con precisión analítica. El underdog puede servir como componente táctico cuando se denuncia la desigualdad de condiciones, el uso abusivo del poder o la necesidad de defender la competencia democrática. Pero el top dog debe constituir el eje estratégico: Leonel no necesita convencer al país de que es débil; necesita convencerlo de que es el más fuerte para producir la alternancia. No debe presentarse como una opción de resistencia testimonial, sino como una alternativa de poder real.
En términos comunicacionales, esa diferencia es crucial. Una campaña centrada exclusivamente en el agravio puede movilizar a los convencidos, pero difícilmente conquista a los indecisos. Una campaña centrada en la viabilidad, en cambio, puede ordenar el campo opositor y atraer a quienes no buscan revancha, sino dirección. El elector moderado, independiente o desencantado no siempre vota por quien grita más fuerte contra el gobierno; muchas veces vota por quien le ofrece mayor seguridad de que el cambio no será improvisación, ruptura institucional ni salto al vacío.
De cara a 2028, Leonel Fernández tiene la posibilidad de ocupar un espacio político singular: no el del outsider antisistema, no el del candidato meramente emocional, no el del dirigente reducido a la nostalgia, sino el del estadista que puede convertir el descontento en mayoría, la crítica en programa y la oposición en poder. Esa es la verdadera clave. En una coyuntura donde pueden surgir figuras estridentes, candidaturas coyunturales y discursos de ruptura, su ventaja comparativa consiste en proyectar experiencia sin parecer pasado, autoridad sin parecer imposición y liderazgo sin desconectarse de las nuevas demandas sociales.
El oficialismo, por su parte, intentará impedir precisamente esa consolidación perceptiva. Buscará fragmentar la oposición, estimular candidaturas funcionales, presentar a Leonel como figura del pasado y evitar que el electorado lo identifique como el principal vehículo de alternancia. Esa batalla no será solo electoral; será semiótica, narrativa y psicológica. Se disputará en el territorio de los símbolos: continuidad o cambio, improvisación o experiencia, dispersión o concentración, desgaste o renovación.
La respuesta estratégica no puede ser defensiva. Debe consistir en construir una narrativa superior: Leonel Fernández como garantía de gobernabilidad democrática, recuperación económica, respeto institucional y reencuentro nacional. Esa narrativa debe hablarle a la base política, pero también al votante independiente; al ciudadano preocupado por la economía, pero también al que teme la inestabilidad; al joven que exige futuro, pero también al adulto que valora la experiencia. Solo así el liderazgo deja de ser patrimonio de una organización y se convierte en expectativa de nación.
En definitiva, el efecto que más puede beneficiar a Leonel Fernández es el que lo consolide como el candidato inevitable de la alternancia democrática. Puede aprovechar el underdog cuando denuncie los desequilibrios del poder, pero debe conquistar el top dog cuando proyecte fortaleza, viabilidad y capacidad de victoria. La simpatía puede abrir puertas, pero la percepción de triunfo moviliza mayorías. Y en 2028, más que conmover al electorado, Leonel Fernández necesita convencerlo de que votar por él no es solo una preferencia política, sino la decisión más eficaz para producir el cambio.
