Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La deuda pública no siempre cuenta toda la historia.
Cada cierto tiempo reaparecen titulares alarmistas sobre el crecimiento de la deuda pública dominicana. Se presentan cifras en miles de millones de dólares que, aisladas de todo contexto, parecen anunciar una catástrofe inminente.
Sin embargo, la realidad económica internacional obliga a mirar el problema con mucha más serenidad.
Las nuevas proyecciones del Fondo Monetario Internacional (World Economic Outlook, abril de 2026), difundidas por Visual Capitalist el 20 de julio de 2026, ofrecen precisamente esa perspectiva global.
Y el resultado es bastante revelador.
La deuda pública debe analizarse desde dos dimensiones distintas.
La primera es el monto absoluto de la deuda.

La segunda —y para la mayoría de los economistas la más importante— es qué proporción representa respecto al Producto Interno Bruto (PIB), es decir, la capacidad que tiene una economía para generar ingresos y sostener sus compromisos financieros.
Ambas mediciones cuentan historias muy diferentes.
Estados Unidos aparece como el país más endeudado del planeta.
Su deuda gubernamental alcanzaría 40.7 billones (trillions estadounidenses) de dólares durante 2026.
La cifra resulta tan gigantesca que supera la deuda combinada de China, Japón, Reino Unido y Francia.
Sin embargo, nadie sostiene seriamente que Estados Unidos se encuentre al borde de la bancarrota.
¿Por qué?
Porque emite la principal moneda de reserva internacional, posee el mercado financiero más profundo del planeta y los bonos del Tesoro estadounidense siguen siendo considerados uno de los activos más seguros del mundo.
En otras palabras, la confianza internacional importa tanto como la magnitud de la deuda.
Cuando la deuda se mide como porcentaje del PIB, el panorama cambia completamente.
Japón ocupa desde hace años el primer lugar mundial.
Su deuda equivale al 204 % de toda su economía anual.
Le siguen Singapur con 172 %, Sudán con 169 %, Bahréin con 152 %, Italia con 138 % y Grecia con 137 %.
Estados Unidos aparece bastante más abajo, con aproximadamente 126 % del PIB.
Incluso economías europeas consideradas perfectamente estables presentan cargas fiscales superiores al cien por ciento del PIB.
Italia.
Grecia.
Francia.
Bélgica.
Reino Unido.
Todos figuran en ese grupo.
España ronda el 98 %, prácticamente el mismo nivel que algunos países latinoamericanos.
Esto demuestra que un elevado nivel de deuda, por sí solo, no determina la salud económica de un país.
Lo decisivo es la capacidad de financiarla, refinanciarla y mantener la confianza de los inversionistas.
También importa quién compra esa deuda.
Japón, por ejemplo, financia gran parte de sus obligaciones con ahorro interno.
Estados Unidos lo hace gracias al papel internacional del dólar.
Alemania, por el contrario, mantiene una tradición de disciplina fiscal mediante su conocido “freno constitucional a la deuda”, razón por la cual su deuda relativa continúa siendo menor que la de Francia, Italia o el Reino Unido.
El propio informe destaca un aspecto que suele olvidarse en los debates políticos.
No todos los países con una elevada deuda relativa enfrentan el mismo riesgo.
Los mercados consideran múltiples variables.
La estabilidad política.
La calidad institucional.
La credibilidad de los bancos centrales.
La historia de cumplimiento de pagos.
La fortaleza del sistema financiero.
El crecimiento económico esperado.
La calificación crediticia.
El acceso permanente al financiamiento internacional.
Por esa razón, Singapur puede mantener una deuda equivalente al 172 % de su PIB sin provocar preocupación internacional, mientras que economías mucho menos endeudadas enfrentan tasas de interés considerablemente más altas debido al mayor riesgo percibido.
En consecuencia, hablar únicamente del tamaño de la deuda constituye un análisis incompleto.
La deuda siempre debe interpretarse dentro de un contexto mucho más amplio.
¿Y dónde queda la República Dominicana?
Precisamente ahí aparece una noticia poco comentada.
La República Dominicana ni siquiera figura entre los treinta países con mayor deuda pública relativa del mundo.
Tampoco aparece entre las treinta mayores deudas absolutas.
Esto no significa que pueda endeudarse sin límites.
Ningún país puede hacerlo.
Toda deuda genera intereses y compromete recursos futuros del presupuesto nacional.
Pero sí significa que, en comparación con muchas economías desarrolladas y emergentes, la posición dominicana está lejos de constituir un caso excepcional.
Conviene recordar además que durante las últimas décadas la economía dominicana ha mantenido uno de los ritmos de crecimiento más elevados de América Latina.
Mientras el PIB aumenta, también crece la capacidad potencial para atender las obligaciones financieras.
Por eso los economistas observan siempre la evolución conjunta del crecimiento económico, los ingresos fiscales y el costo del financiamiento.
No basta con mirar un solo número.
En el lenguaje popular dominicano existe una expresión muy gráfica.
Cuando alguien exagera un problema que en realidad no resulta tan grave, suele decirse que es una “chivita jarta de jobo”.
La imagen resulta apropiada para describir muchas discusiones sobre la deuda pública.
No porque la deuda sea irrelevante.
No lo es.
Debe administrarse con prudencia, transparencia y responsabilidad.
Pero tampoco conviene convertir cualquier incremento del endeudamiento en un anuncio permanente de desastre nacional.
Las comparaciones internacionales ayudan a poner las cosas en perspectiva.
Mientras Japón administra una deuda superior al doble de toda su producción anual, mientras Estados Unidos sostiene una deuda superior a cuarenta billones de dólares, mientras Italia, Grecia, Francia y Bélgica mantienen niveles superiores al cien por ciento del PIB, la República Dominicana continúa situada bastante por debajo de esos umbrales.
La verdadera discusión debería concentrarse menos en el volumen aislado de la deuda y mucho más en la calidad del gasto público financiado con ella.
Endeudarse para cubrir déficits permanentes no produce riqueza.
Endeudarse para construir infraestructura, puertos, carreteras, hospitales, sistemas eléctricos eficientes, educación de calidad o innovación tecnológica puede aumentar la productividad futura y hacer sostenible esa misma deuda.
La pregunta correcta, entonces, no es solamente cuánto debemos.
La pregunta verdaderamente importante es para qué nos estamos endeudando y qué capacidad tendrá esa inversión para generar crecimiento futuro.
Porque, al final, la sostenibilidad de la deuda depende menos de su tamaño que de la fortaleza de la economía que debe pagarla.
Fuentes: Fondo Monetario Internacional (World Economic Outlook, abril de 2026); Visual Capitalist, Ranked: Countries With the Most Government Debt in 2026 (Gabriel Cohen, 20 de julio de 2026).
