Por José Manuel Jerez
En política internacional, las represalias más eficaces rara vez vienen acompañadas de una declaración formal. Las grandes potencias no necesitan anunciar públicamente cada movimiento, ni dejar sus huellas sobre cada acontecimiento que favorece sus intereses. A veces basta con modificar el entorno estratégico, retirar determinados frenos, fortalecer a un aliado y permitir que los demás actores comprendan el mensaje. Por eso, ante las nuevas tensiones que involucran a España, Marruecos y Estados Unidos, resulta inevitable formular una pregunta incómoda: ¿no estará Donald Trump cobrándole a Pedro Sánchez, indirectamente y a través de Marruecos, algunas de las facturas acumuladas entre Washington y Madrid?
La pregunta es deliberadamente provocadora. Pero provocación no significa afirmación. No existe, hasta donde alcanza la información pública disponible, evidencia concluyente que permita sostener que Donald Trump haya instruido al Gobierno marroquí para presionar a España. Afirmarlo sería intelectualmente irresponsable. Sin embargo, el análisis geopolítico no se limita a descubrir órdenes escritas, conversaciones secretas o conspiraciones demostrables. También estudia intereses convergentes, relaciones de poder, señales diplomáticas, ventanas de oportunidad y, especialmente, aquello que los Estados creen que pueden hacer cuando cambia la correlación internacional de fuerzas.
Pedro Sánchez y Donald Trump representan, en numerosos asuntos, dos concepciones diferentes de la política internacional. Sus divergencias alrededor del gasto militar europeo, la OTAN, Oriente Medio, Gaza, Israel y la autonomía estratégica europea han convertido la relación entre ambos gobiernos en un vínculo considerablemente menos cómodo de lo que tradicionalmente cabría esperar entre dos aliados occidentales. España continúa siendo un aliado formal de Estados Unidos, pero alianza y afinidad política nunca han sido conceptos equivalentes.
Trump entiende las relaciones internacionales de manera fundamentalmente transaccional. Para él, las alianzas tienen costos, las lealtades deben producir resultados y las discrepancias importantes pueden generar consecuencias. Su concepción del poder se encuentra mucho más próxima al realismo político clásico que al internacionalismo liberal que predominó durante buena parte del período posterior a la Guerra Fría. No pregunta solamente quién es aliado de Estados Unidos; pregunta cuánto aporta, qué concede y hasta dónde acompaña los objetivos estratégicos estadounidenses.
Y aquí aparece Marruecos.
Rabat ocupa una posición extraordinariamente importante en el tablero estratégico norteafricano. Es socio de Estados Unidos, interlocutor fundamental de Europa, potencia regional ascendente y actor indispensable en cuestiones migratorias, antiterroristas, comerciales y de seguridad. A todo ello se agrega una cuestión absolutamente determinante: el Sáhara Occidental.
Fue precisamente durante la primera presidencia de Donald Trump cuando Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, rompiendo décadas de cautela diplomática estadounidense. Aquella decisión transformó profundamente el equilibrio estratégico regional y proporcionó a Marruecos uno de los mayores triunfos diplomáticos de su historia contemporánea. Para Rabat, Trump no es simplemente otro presidente norteamericano. Es el dirigente estadounidense bajo cuya administración se produjo una decisión fundamental para una de las grandes prioridades estratégicas de la monarquía marroquí.
España, mientras tanto, se encuentra atrapada por una realidad geográfica imposible de modificar. Puede discutir con Marruecos, negociar con Marruecos o aproximarse a Marruecos, pero nunca podrá ignorarlo. El Estrecho de Gibraltar, Ceuta, Melilla, Canarias, la inmigración irregular, la pesca, la cooperación antiterrorista, las aguas territoriales y el Sáhara convierten la relación hispano-marroquí en una de las más delicadas de toda Europa.
La inmigración constituye, además, una extraordinaria herramienta de poder. Las fronteras contemporáneas ya no son exclusivamente líneas territoriales. También pueden convertirse en instrumentos de presión política. Cuando un Estado situado en una ruta migratoria fundamental incrementa o disminuye sus controles fronterizos, las consecuencias pueden sentirse inmediatamente en la política interior de sus vecinos.
Europa conoce perfectamente esa realidad.
Marruecos también.
Y España, quizás más que ningún otro país europeo, sabe lo que significa.
Por eso cualquier episodio de presión migratoria sobre Ceuta o Melilla posee inevitablemente una dimensión que trasciende la cuestión humanitaria. No significa que cada crisis migratoria sea organizada deliberadamente por Rabat. Esa simplificación sería igualmente equivocada. Significa algo diferente: Marruecos posee capacidad objetiva para influir sobre la intensidad de la presión migratoria que recibe España, y esa capacidad forma parte inevitablemente de la relación de poder entre ambos Estados.
Ya ocurrió algo suficientemente ilustrativo en mayo de 2021. En apenas unas horas, miles de personas entraron irregularmente en Ceuta desde territorio marroquí durante una grave crisis diplomática entre Madrid y Rabat relacionada con la presencia en España del dirigente del Frente Polisario Brahim Ghali. Aquel episodio demostró hasta qué punto migración, diplomacia y poder podían entrelazarse en la relación bilateral.
La pregunta verdaderamente interesante, por tanto, no consiste en determinar solamente qué quiere Marruecos. Consiste en preguntarnos qué cree Marruecos que puede hacer ahora que Donald Trump ocupa nuevamente la Casa Blanca.
Ese matiz cambia completamente el análisis.
En las relaciones internacionales, los Estados calculan permanentemente costos y oportunidades. Una potencia regional puede comportarse con prudencia cuando teme una reacción adversa de Washington y actuar con mucha mayor seguridad cuando interpreta que Estados Unidos comparte sus intereses fundamentales. No hace falta recibir una llamada desde la Casa Blanca. Basta con saber dónde están las simpatías estratégicas del poder dominante.
De ahí surge una hipótesis particularmente inquietante para Pedro Sánchez: Marruecos podría disponer actualmente de un margen de maniobra frente a España mayor del que tendría bajo una Administración estadounidense más próxima al Gobierno español.
Y entonces aparece Trump.
El presidente norteamericano tampoco necesitaría convertir a Marruecos en un instrumento consciente contra Sánchez. Esa interpretación sería excesivamente elemental. Las grandes estrategias de poder funcionan muchas veces de una manera mucho más sofisticada. Estados Unidos puede fortalecer a Marruecos diplomáticamente, respaldar sus intereses estratégicos, reducir la capacidad española de equilibrar esa relación y, simultáneamente, permitir que Rabat saque sus propias conclusiones.
Es lo que podríamos denominar coerción por habilitación estratégica: no necesariamente ordenar a un tercero que presione al adversario, sino crear las condiciones internacionales dentro de las cuales ese tercero tenga mayores incentivos y menores costos para hacerlo.
Aquí la política internacional abandona definitivamente el terreno de las ingenuidades.
Durante décadas se nos explicó que el sistema internacional contemporáneo descansaba fundamentalmente sobre instituciones, normas, tratados y organizaciones multilaterales. Todo ello continúa existiendo y conserva importancia. Pero debajo de esa arquitectura jurídica permanece intacta una realidad muchísimo más antigua: el poder.
Hans Morgenthau lo explicó desde el realismo clásico. Raymond Aron lo comprendió desde la sociología de las relaciones internacionales. Henry Kissinger convirtió esa lógica en práctica diplomática. Y la nueva competencia entre grandes potencias está devolviendo aquella concepción al centro del escenario mundial.
Trump simplemente la expresa sin demasiados eufemismos.
Su política exterior transmite un mensaje sencillo: los Estados que cooperan con Washington pueden recibir beneficios; quienes desafían sus prioridades deben asumir que la relación tendrá costos. No necesariamente sanciones formales. No necesariamente amenazas públicas. A veces simplemente cambia el comportamiento estadounidense respecto de los adversarios, competidores o vecinos del país que se pretende presionar.
Eso convierte la relación Trump-Marruecos-Sánchez en un extraordinario laboratorio geopolítico.
Sánchez necesita preservar una relación funcional con Rabat porque España no puede permitirse una confrontación permanente con Marruecos. Pero simultáneamente necesita mantener la alianza estratégica con Estados Unidos porque la seguridad española continúa profundamente integrada en la arquitectura atlántica. Cuando las relaciones Madrid-Washington y Madrid-Rabat se tensionan simultáneamente, la posición española se vuelve considerablemente más compleja.
Marruecos lo sabe.
Washington también.
Y probablemente Pedro Sánchez sea perfectamente consciente de ello.
Existe además una dimensión histórica que jamás debe olvidarse. Marruecos nunca ha considerado completamente cerrada la cuestión territorial relacionada con Ceuta y Melilla. España las considera inequívocamente territorio español; Marruecos mantiene una reivindicación histórica sobre ambas ciudades. Esa divergencia permanece generalmente administrada mediante prudencia diplomática, cooperación económica y cálculo estratégico.
Pero las reivindicaciones territoriales adquieren significados diferentes cuando cambia el equilibrio internacional.
La historia demuestra que las potencias regionales suelen avanzar sus posiciones cuando perciben debilitamiento, aislamiento o distracción en sus adversarios. No necesariamente mediante guerra. En el siglo XXI existen instrumentos considerablemente más sofisticados: migración, comercio, energía, información, presión diplomática, reconocimiento internacional, cooperación policial y control fronterizo.
Es la zona gris situada entre la paz convencional y la confrontación abierta.
Por eso sería un error analizar cualquier nueva presión marroquí exclusivamente como un problema bilateral entre Madrid y Rabat. Hay que observar simultáneamente Washington, Argel, Bruselas, el Sáhara Occidental, el Mediterráneo y el Sahel. El verdadero tablero es mucho más grande que Ceuta y Melilla.
También sería un error caer en el extremo contrario y atribuir automáticamente cada movimiento marroquí a Donald Trump. Marruecos tiene agenda propia, intereses propios y una diplomacia extraordinariamente activa. Mohamed VI no necesita instrucciones estadounidenses para perseguir los objetivos estratégicos de su país.
Precisamente ahí reside la sutileza.
Los intereses de Trump y Marruecos no necesitan ser idénticos. Basta con que circunstancialmente converjan.
Trump desea mayor disciplina entre sus aliados europeos, mayores compromisos defensivos y gobiernos menos resistentes a determinadas prioridades estadounidenses. Marruecos desea consolidar definitivamente su posición sobre el Sáhara, incrementar su influencia regional y fortalecer su capacidad negociadora frente a España y Europa.
Pedro Sánchez se encuentra justamente en medio de esas dos ecuaciones.
La hipótesis adquiere entonces una formulación mucho más seria que cualquier teoría conspirativa: ¿está Marruecos aprovechando el deterioro político entre Trump y Sánchez para ampliar su capacidad de presión sobre España, convencido de que Washington difícilmente intervendrá para limitarlo?
Mi respuesta es que esa posibilidad no puede descartarse.
Incluso podría formularse una segunda pregunta todavía más delicada: ¿comprende Washington que su acercamiento extraordinario a Marruecos aumenta indirectamente la presión estratégica sobre el Gobierno español?
Probablemente sí.
Y si lo comprende, surge inmediatamente una tercera cuestión: ¿le incomoda realmente?
Ahí comienza la verdadera geopolítica.
Porque las grandes potencias no siempre necesitan castigar directamente. En ocasiones basta con dejar de proteger, modificar equilibrios, fortalecer aliados alternativos o simplemente permitir que otros actores hagan aquello que anteriormente consideraban demasiado costoso.
Ninguna de estas consideraciones demuestra la existencia de una operación coordinada contra Pedro Sánchez. Conviene insistir en ello. Pero sería igualmente ingenuo ignorar que la política internacional está entrando nuevamente en una etapa donde las relaciones personales entre líderes, los intereses nacionales, las alianzas selectivas y las demostraciones de fuerza adquieren un peso creciente.
El orden internacional posterior a 1945 pretendió domesticar el poder mediante el Derecho. El mundo que está emergiendo parece recorrer parcialmente el camino inverso: el poder vuelve a condicionar cada vez más la eficacia del Derecho.
Ese fenómeno trasciende ampliamente a España y Marruecos. Forma parte de la transformación estructural del sistema internacional: debilitamiento relativo del multilateralismo, regreso de las esferas de influencia, competencia entre grandes potencias, instrumentalización de dependencias económicas y migratorias y utilización creciente de actores intermedios.
Las potencias ya no necesitan ocupar territorios para ejercer coerción. Pueden controlar mercados, tecnologías, rutas comerciales, recursos energéticos, fronteras migratorias o respaldos diplomáticos.
La geopolítica del siglo XXI será probablemente menos visible que la del siglo XX, pero no necesariamente menos despiadada.
Pedro Sánchez podría estar descubriendo esa nueva realidad antes que muchos otros dirigentes europeos.
Quizás Donald Trump no esté cobrándole directamente ninguna factura a Sánchez en Marruecos.
Quizás Marruecos simplemente esté defendiendo sus propios intereses.
Quizás estemos contemplando solamente una coincidencia de tensiones independientes.
Pero existe una cuarta posibilidad, mucho más interesante desde el análisis estratégico: que Trump no necesite pedirle absolutamente nada a Marruecos porque Marruecos sabe perfectamente qué quiere Trump, Trump sabe perfectamente qué quiere Marruecos y ambos saben perfectamente qué necesita Pedro Sánchez.
Cuando tres actores conocen simultáneamente las vulnerabilidades, necesidades e intereses de los demás, las órdenes explícitas dejan de ser indispensables.
Eso se llama poder.
Y comprenderlo constituye, hoy más que nunca, la diferencia entre observar los acontecimientos internacionales y entender verdaderamente la geopolítica.
