Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay lugares donde la historia no pasa: se queda.
Se deposita en las paredes, se esconde en los patios, se mezcla con el polvo que nadie mira pero que todo lo cubre.
En Santo Domingo hay uno de esos lugares. Una casa. Un terreno. Un espacio donde el poder, la ruptura y el conocimiento se sucedieron sin moverse de sitio.
Allí, en lo que había sido propiedad de Héctor Bienvenido Trujillo Molina, se instaló después de la caída del régimen el Campamento 16 de Agosto del Ejército. Y fue allí —al mediodía del 24 de abril de 1965— donde el capitán Mario Peña Taveras arrestó al Jefe de Estado Mayor del Ejército. Ese gesto, aparentemente técnico, tuvo consecuencias históricas: rompió la cadena de mando y se convirtió en uno de los detonantes inmediatos de la Revolución Dominicana de 1965.
La historia, sin embargo, no se detuvo en la violencia ni en la ruptura.
Años después, el presidente Joaquín Balaguer tomó esa misma propiedad —cargada de memoria militar y política— y la donó al INTEC. A partir de 1973–1974, ese espacio dejó de ser cuartel. Se convirtió en campus.
Lo que antes había sido mando, pasó a ser aprendizaje. Lo que fue obediencia, se transformó en pensamiento. Lo que fue ruptura, comenzó a ser construcción.
Yo llegué a ese proceso desde antes de saberlo.
Desde 1966 estaba vinculado a los lasallistas del Colegio De La Salle.
Allí se enseñaba algo más que materias: se formaba carácter. Disciplina. Método. Una manera de entender que el conocimiento no era un adorno, sino una responsabilidad.
Por eso, cuando comenzó a surgir el INTEC —en aquellos primeros años, todavía en el patio de La Salle— no lo vi como una novedad, sino como una continuidad.
Antes de ser estudiante regular, entre 1976 y 1980, pasé por aulas que no tenían todavía la solemnidad de una universidad consolidada, pero sí la intensidad de un laboratorio intelectual.
Hice diplomados.
En una de esas aulas enseñaba Carlos María Vilas. No era un profesor cualquiera. Hablaba de sistemas económicos, pero en realidad hablaba de poder.
Comparaba modelos, pero en el fondo explicaba por qué unos países avanzan y otros quedan atrapados.
Años después supe que había estado vinculado a procesos reales de transformación, como la Revolución Sandinista. Enseñaba lo que había vivido.
En otra aula, Isis Duarte enseñaba técnicas de investigación social y encuestas. Allí aprendí que la realidad no se adivina: se estudia. Que el país no es solo discurso, sino también evidencia.
Aquellos años me enseñaron a mirar.
Luego, en 1981, entré como estudiante regular. Y encontré una universidad que ya tenía sede, pero que conservaba el espíritu de sus orígenes: cercanía, exigencia, maestros que dejaban huella.
Ligia Ramírez de Tena en Lengua Española, rigurosa y formadora. Kreemly Pérez en Cálculo Integral, enfrentándonos a la abstracción. Orlando Pagán y Miguel Lajara en Química, mostrando que la ciencia se entiende trabajando. Plácido Gómez en Física, enseñando a pensar el universo. Altagracia López y Nurys González en Matemáticas, formando disciplina mental.
Estaban también Antonio Díaz en Computación y Guillermo Rodríguez en Lenguajes de Programación, cuando el futuro apenas comenzaba a insinuarse. Félix Jiménez en Economía, conectando teoría con realidad. Alberto Fiallo en Ecología, adelantándose a preocupaciones que hoy dominan el mundo. Y aquel arquitecto Gómez en Filosofía de la Ciencia, recordándonos que todo conocimiento necesita interrogarse a sí mismo.
No era solo una universidad. Era un momento.
Un país que salía de una historia dura. Un Estado que reorganizaba espacios heredados. Una generación que buscaba entender lo vivido para construir lo que venía.
Y en el centro de todo, esa casa.
Esa misma casa que había sido del trujillismo. Esa misma casa que fue cuartel. Esa misma casa donde estalló Abril. Esa misma casa que terminó siendo universidad.
Hoy, cuando se pasa por el INTEC, pocos piensan en todo eso. Ven edificios, estudiantes, movimiento. Pero bajo ese suelo —sin ruido— siguen superpuestas las capas de la historia.
Porque los países no se construyen borrando su pasado. Se construyen transformándolo.
Y en Santo Domingo hay un lugar donde eso ocurrió de manera casi perfecta:
una casa del poder convertida en escenario de ruptura, y luego en semilla de conocimiento.
Allí, sin moverse de sitio, la historia cambió de sentido.
