Por José Manuel Jerez
La política posee una característica recurrente que la historia comparada demuestra con frecuencia: las estrategias concebidas para debilitar a un adversario terminan, en no pocas ocasiones, fortaleciendo al actor que originalmente se procuraba contener. El exceso de cálculo táctico puede conducir a errores estratégicos de grandes proporciones, especialmente cuando se subestiman las dinámicas reales del electorado y la capacidad de liderazgo de las figuras con vocación histórica de poder. En la República Dominicana, el escenario político que se perfila hacia el 2028 parece confirmar esa lógica.
Desde hace varios años, la principal preocupación del oficialismo ha consistido en impedir la consolidación de una oposición unificada alrededor del liderazgo de Leonel Fernández. Dentro de esa lógica, la existencia de varias fuerzas opositoras con peso específico podría ser vista como una ventaja para el partido gobernante, bajo la premisa clásica de que una oposición fragmentada beneficia siempre al oficialismo. Sin embargo, esa apreciación parte de una lectura excesivamente mecanicista de la realidad política dominicana y desconoce las tendencias que han venido configurándose desde las elecciones de 2024.
Si se parte de la hipótesis de que determinadas decisiones o acontecimientos pudieran favorecer la recomposición interna del Partido de la Liberación Dominicana, con el propósito de detener la migración de dirigentes y simpatizantes hacia la Fuerza del Pueblo, el cálculo político implícito sería evidente: preservar al PLD como una fuerza con suficiente capacidad para impedir que la organización liderada por Leonel Fernández continúe absorbiendo el espacio opositor. Desde esa perspectiva, mantener un equilibrio entre las fuerzas opositoras podría parecer funcional a los intereses del partido oficialista.
No obstante, semejante razonamiento podría contener una contradicción fundamental. El fortalecimiento relativo del segundo partido opositor no necesariamente beneficia al oficialismo. Por el contrario, incrementa las probabilidades de una segunda vuelta electoral, y la experiencia política dominicana demuestra que, en escenarios de balotaje, las contradicciones entre las organizaciones opositoras tienden a diluirse frente al objetivo común de desplazar al partido gobernante. La historia electoral latinoamericana ofrece múltiples ejemplos donde las fuerzas adversarias terminan convergiendo alrededor del candidato con mayores posibilidades de producir la alternancia.
Más aún, la hipótesis oficialista parecería ignorar una realidad que las tendencias políticas recientes han puesto de manifiesto: la Fuerza del Pueblo ha venido experimentando un crecimiento sostenido, mientras diversos estudios de opinión reflejan una disminución gradual de la ventaja que anteriormente exhibía el partido oficialista. En ese contexto, el problema estratégico del gobierno podría dejar de ser impedir que la Fuerza del Pueblo llegue al segundo lugar, para convertirse en la necesidad de evitar que dicha organización alcance la primera posición del sistema político.
Ese escenario conduciría a una situación completamente distinta a la originalmente prevista. La disputa principal ya no sería entre el oficialismo y la Fuerza del Pueblo por la supremacía electoral, sino entre el PRM y el PLD por la segunda posición. De mantenerse las tendencias actuales y de continuar la consolidación opositora alrededor del liderazgo de Leonel Fernández, no resultaría descartable que la Fuerza del Pueblo se convierta en la primera fuerza política del país antes incluso del inicio formal de la campaña electoral de 2028.
La explicación de este fenómeno no puede comprenderse únicamente en términos partidarios. La figura de Leonel Fernández ha demostrado poseer una extraordinaria capacidad de resiliencia política. Pocos líderes latinoamericanos han logrado reinventarse después de abandonar el partido que contribuyeron decisivamente a construir y, posteriormente, convertir una nueva organización en una fuerza con auténtica vocación de gobierno. La trayectoria del expresidente constituye uno de los procesos de reconstrucción política más relevantes de la historia democrática contemporánea de la República Dominicana.
La consolidación de la Fuerza del Pueblo tampoco puede ser entendida exclusivamente como una suma de dirigentes provenientes de otras organizaciones. Su crecimiento responde, además, a la percepción de amplios sectores sociales que identifican en Leonel Fernández experiencia de Estado, capacidad de gestión y una visión estratégica del desarrollo nacional. En tiempos caracterizados por la incertidumbre económica y las tensiones internacionales, la experiencia gubernamental suele convertirse en un activo político de primer orden.
Paradójicamente, los intentos dirigidos a impedir la expansión de la Fuerza del Pueblo podrían acelerar el proceso contrario. La política registra numerosos casos en los que los adversarios terminan contribuyendo involuntariamente a la consolidación del liderazgo que pretendían neutralizar. Cuando una organización posee cohesión interna, liderazgo definido y una narrativa de retorno al poder, las maniobras tácticas de corto plazo suelen resultar insuficientes para alterar las tendencias estructurales.
La verdadera proeza política de Leonel Fernández reside precisamente en haber transformado una organización nacida en circunstancias adversas en una fuerza competitiva con posibilidades reales de conquistar nuevamente la Presidencia de la República. La historia juzgará si la estrategia de sus adversarios contribuyó involuntariamente a acelerar ese proceso. Lo cierto es que, si las tendencias actuales se mantienen, la elección de 2028 podría no ser simplemente una competencia entre oficialismo y oposición, sino la culminación de uno de los más sorprendentes procesos de reconstrucción política registrados en la historia democrática dominicana, con la Fuerza del Pueblo y Leonel Fernández como protagonistas principales.
