
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En una de sus memorables conversaciones con el periodista y escritor Alain Elkann, Indro Montanelli formuló una reflexión que trasciende la historia política italiana y ayuda a comprender la evolución de numerosos partidos inspirados en el humanismo cristiano, tanto en Europa como en América Latina.

Refiriéndose a Alcide De Gasperi, afirmó que era un verdadero estadista, un auténtico demócrata cristiano y, precisamente por ello, no era un clerical.
Luego añadió, con la ironía que caracterizó toda su carrera periodística, que muchos de los dirigentes demócrata-cristianos que le sucedieron eran profundamente clericales, aunque en realidad ni siquiera creían en Dios.
Aquella frase no pretendía juzgar la fe personal de individuos concretos.
Era, más bien, una crítica a la utilización de la religión como instrumento político.
Para Montanelli existía una diferencia fundamental entre vivir la fe como inspiración ética para el servicio público y utilizar los símbolos religiosos como mecanismo de legitimación del poder.
De Gasperi pertenecía a la primera categoría.
Su profunda convicción católica se reflejaba en una conducta austera, en un respeto absoluto por las instituciones democráticas y en una clara comprensión de que la Iglesia y el Estado desempeñan funciones distintas.
Gobernó para todos los italianos, creyentes y no creyentes, sin convertir al Estado en un instrumento confesional.
Por ello Montanelli lo distinguía de muchos dirigentes posteriores de la Democracia Cristiana italiana, quienes, a su juicio, terminaron confundiendo la inspiración cristiana con el clericalismo político.
Su crítica no era contra la Iglesia ni contra el cristianismo, sino contra quienes utilizaban la religión para conservar poder, construir clientelas o revestir de legitimidad decisiones que poco tenían que ver con el Evangelio.
Esta observación permite comprender también la trayectoria de numerosos partidos socialcristianos en América Latina.
Muchos de ellos nacieron inspirados en la doctrina social de la Iglesia, en el humanismo cristiano y en el pensamiento de Jacques Maritain, Emmanuel Mounier o Luigi Sturzo.
Sin embargo, al convertirse en organizaciones de gobierno o en maquinarias electorales, en muchos casos el contenido doctrinal fue perdiendo fuerza frente al pragmatismo político.
La referencia al cristianismo permaneció en los nombres, en los discursos y en los símbolos, mientras la práctica cotidiana respondía cada vez más a las lógicas del poder.
En Venezuela, COPEI desempeñó un papel fundamental en la consolidación democrática del país y produjo dirigentes de gran calidad intelectual.
Sin embargo, Copei con el paso del tiempo también sufrió el desgaste propio de los partidos que permanecen largos períodos en el poder. La organización terminó alejándose, en buena medida, del impulso reformador y humanista de sus fundadores. Rafael Caldera renunció del Partido y volvió a ser Presidente de Venezuela por un frente de organizaciones.
Algo semejante ocurrió en Chile. La Democracia Cristiana fue durante décadas uno de los pilares de la vida política nacional y aportó dirigentes de extraordinaria importancia histórica.
No obstante, las divisiones internas, las tensiones ideológicas y las luchas por el poder fueron debilitando progresivamente aquella identidad doctrinal que había distinguido al partido chileno desde sus orígenes.
La experiencia dominicana fue diferente, pero conduce a una conclusión semejante. En realidad, nunca llegó a consolidarse una fuerza política demócrata-cristiana comparable a la Democracia Cristiana italiana, al Partido Demócrata Cristiano chileno o a COPEI en Venezuela.
El núcleo doctrinal del socialcristianismo dominicano se organizó inicialmente alrededor del Partido Revolucionario Social Cristiano, inspirado en los principios del humanismo cristiano y de la doctrina social de la Iglesia.
Sin embargo, esa organización nunca alcanzó una dimensión electoral capaz de convertirse en una de las grandes fuerzas políticas nacionales.
Posteriormente, el Partido Revolucionario Social Cristiano decidió fusionarse con el Partido Reformista dirigido por Joaquín Balaguer.
De esa unión surgió el Partido Reformista Social Cristiano, incorporando oficialmente la denominación socialcristiana. Sin embargo, el cambio de nombre no modificó la naturaleza política del balaguerismo ni convirtió al nuevo partido en una auténtica organización demócrata-cristiana.
La realidad era evidente.
La fuerza del nuevo partido no provenía del pequeño núcleo socialcristiano, sino del liderazgo excepcional de Joaquín Balaguer.
Era Balaguer quien movilizaba al electorado, organizaba la estructura política, definía la estrategia y otorgaba cohesión al partido.
Los socialcristianos aportaron una corriente doctrinal y dirigentes valiosos, pero nunca constituyeron el centro de gravedad de la organización.
Tampoco puede afirmarse, en sentido estricto, que Balaguer fuera un dirigente socialcristiano. Era un hombre de formación católica y mantenía una relación respetuosa con la Iglesia, pero su pensamiento político descansaba fundamentalmente sobre el reformismo, el nacionalismo, el presidencialismo y una concepción desarrollista del Estado.
Aunque Balaguer en determinados momentos incorporó elementos de la doctrina social católica, nunca construyó su proyecto político alrededor del humanismo cristiano como hicieron De Gasperi o los grandes fundadores de la Democracia Cristiana europea.
En este aspecto resulta particularmente útil la observación de Montanelli.
Mientras Alcide De Gasperi dio origen a un gran partido cuya identidad provenía del humanismo cristiano, en la República Dominicana ocurrió exactamente lo contrario: una pequeña corriente socialcristiana terminó integrándose en un movimiento político ya consolidado cuya identidad seguía siendo esencialmente balaguerista.
La comparación permite comprender una diferencia histórica fundamental.
En Italia, el partido creó una tradición política alrededor de un estadista.
En la República Dominicana, fue un gran caudillo político quien absorbió una corriente doctrinal minoritaria sin modificar la esencia de su proyecto.
Quizá por ello la reflexión de Montanelli conserva hoy tanta vigencia.
Un partido inspirado en el cristianismo no se define por el número de referencias religiosas que incorpora a su nombre, ni por la proximidad de sus dirigentes a las jerarquías eclesiásticas. Se define por la coherencia ética de quienes lo conducen, por su respeto a las instituciones democráticas, por la honestidad en el ejercicio del poder y por la convicción de que la política es, antes que nada, una forma de servicio al bien común.
Esa fue, según Montanelli, la grandeza de Alcide De Gasperi.
Y esa sigue siendo la medida con la que pueden juzgarse, tanto en Europa como en América Latina, quienes han pretendido gobernar en nombre del humanismo cristiano.
