Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El mundo nunca fue ancho.
Esa es la primera verdad que la historia enseña y que la modernidad, por comodidad, decidió olvidar.
El mundo es estrecho, comprimido, lleno de gargantas invisibles por donde debe pasar todo lo que los hombres producen, consumen y ambicionan.
No son muchas, pero son decisivas.
Más de doscientas, dicen los expertos: doscientas puertas por donde circula la economía del planeta.
Durante décadas se creyó que esas puertas no tenían dueño.
Que el mar era libre por naturaleza, que el comercio navegaba como el viento, sin pedir permiso.
Fue una ilusión útil, casi necesaria, para que el mundo creciera sin detenerse.
Pero como todas las ilusiones, tenía fecha de caducidad.
Hoy esa fecha ha llegado.
Todo parece haber comenzado con el estremecimiento del Estrecho de Ormuz, ese punto donde el petróleo del mundo se estrecha hasta volverse vulnerable.
Bastó una idea —la posibilidad de imponer un costo, de convertir el paso en instrumento de presión— para que la memoria histórica despertara.
No se trató de un decreto, ni de una ley, ni siquiera de una acción concreta. Fue algo más profundo: la reaparición de una lógica antigua.
Porque antes de que existiera la globalización, existía el peaje.
Los sultanes del Imperio otomano lo sabían cuando cobraban por el paso de los barcos hacia el Mar Negro.
Los daneses lo sabían cuando vigilaban el Báltico con cañones y hacían de ese control la base de su riqueza nacional.
Los corsarios del norte de África lo practicaban sin rodeos, llamándolo tributo o protección según convenía.
Nadie lo consideraba una anomalía.
Era, simplemente, el orden natural de un mundo fragmentado.
Ese orden cambió cuando la economía industrial necesitó velocidad.
El comercio no podía detenerse en cada estrecho, en cada canal, en cada frontera líquida.
Entonces surgió un consenso que fue más poderoso que cualquier tratado: dejar pasar era mejor que cobrar.
La libertad de navegación se convirtió en regla, y esa regla quedó consagrada en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, como si fuera una verdad eterna.
Pero no lo era.
Lo que hoy comienza a revelarse es que ese sistema dependía de algo frágil: la voluntad de sostenerlo.
Y cuando esa voluntad se debilita, la geografía vuelve a imponerse.
Ormuz no está solo.
Nunca lo estuvo.
Es apenas uno entre más de doscientos puntos críticos —naturales o artificiales— donde el tráfico marítimo se concentra, se canaliza, se vuelve inevitable.
Dos centenares de lugares donde el mundo se hace estrecho.
Malaca
En Oriente, el Estrecho de Malaca es quizá el más elocuente.
Por allí pasa una parte esencial del comercio entre Asia y Occidente.
Es una arteria que no puede ser sustituida fácilmente.
Y cuando algo no puede ser sustituido, se convierte en poder.
No es casual que, en medio de este nuevo clima, surgiera la idea —rápidamente negada, pero ya irreversible— de cobrar por su uso.
No importa que no se aplique.
Importa que se haya pensado.
Porque el pensamiento precede al cambio.
Panama
En el otro extremo del planeta, el Canal de Panamá recuerda que incluso la geografía puede ser reescrita.
Antes de su apertura, los barcos debían rodear América, enfrentarse a mares largos y peligrosos. Hoy, ese canal concentra uno de los flujos más intensos del comercio mundial. Es una obra humana que transformó el mapa, pero también creó un nuevo punto de dependencia. Si se detiene, el mundo se alarga.
Y cuando los canales fallan o se encarecen, el planeta retrocede en el tiempo.
Vuelven entonces las rutas del Cabo de Buena Esperanza y del Cabo de Hornos, caminos antiguos donde el mar es más largo, más hostil, más impredecible.
No son alternativas eficientes; son recordatorios de lo que cuesta la libertad cuando se pierde.
Más al norte, el hielo comienza a retirarse y deja al descubierto nuevas posibilidades.
El Paso del Noroeste, buscado durante siglos como una obsesión de exploradores, empieza a ser navegable en ciertos momentos del año.
Y junto a él, la ruta del noreste, bajo la influencia de Rusia, acorta distancias entre Europa y Asia.
El cambio climático no solo altera la naturaleza: reconfigura el comercio, redistribuye el poder, abre puertas donde antes había muros.
Todos estos puntos —los antiguos y los nuevos— tienen algo en común: son inevitables.
El comercio global depende de ellos como el cuerpo depende de sus arterias más estrechas. Y eso los convierte en vulnerables.
Durante mucho tiempo, esa vulnerabilidad fue ignorada o minimizada. Se asumió que nadie se atrevería a cerrarlos, que nadie tendría interés en alterar un sistema que beneficiaba a todos. Pero la historia enseña que los beneficios compartidos no eliminan la tentación del control. Solo la contienen… hasta que dejan de hacerlo.
Hoy no hace falta cerrar un estrecho para cambiar el mundo. Basta con insinuarlo. Basta con introducir la duda. Entonces los seguros suben, los fletes se encarecen, los mercados reaccionan. El costo del comercio aumenta sin necesidad de una decisión formal. Es una inflación silenciosa, nacida de la incertidumbre.
Y así, poco a poco, el mar deja de ser un espacio neutro y vuelve a ser un territorio de poder.
Los países que custodian estas doscientas puertas empiezan a hacerse una pregunta que durante décadas no tuvo respuesta visible: ¿qué obtenemos nosotros por dejar pasar al mundo? Y en esa pregunta hay un giro profundo. El tránsito deja de ser un derecho implícito y se convierte en una negociación potencial.
No se trata solo de peajes. Se trata de contribuciones, de mantenimiento, de seguridad, de cooperación financiera. Cambian las palabras, no la sustancia. El peaje regresa, pero disfrazado.
Y mientras eso ocurre, el mundo se encarece.
Quizá el gran error de nuestra época fue creer que la globalización había eliminado la geografía.
Que las distancias se habían reducido a números, que los mapas eran irrelevantes, que el comercio flotaba en un espacio abstracto.
Hoy descubrimos lo contrario: el mundo sigue siendo físico, limitado, condicionado.
Más de doscientos estrechos lo demuestran.
Doscientas puertas por donde pasa la economía del planeta.
Doscientas posibilidades de interrupción.
Doscientas razones para entender que el mundo no es libre por naturaleza, sino por acuerdo.
Y que cuando ese acuerdo se debilita, el mar —ese mar que parecía infinito— se convierte otra vez en un laberinto de pasos estrechos, vigilados, negociados.
Un mundo que, en lugar de abrirse, comienza a cerrarse.
