Por José Manuel Jerez
Eduardo Sanz Lovatón escribió, hace unos días, un texto cargado de afecto, lealtad y memoria compartida. Habló de David Collado como se habla de un compañero de veinte años de camino: desde la cercanía que producen las batallas libradas juntos y desde la convicción de que ha llegado el momento de reivindicar una trayectoria. Nada hay que objetar a ese sentimiento. En política, la lealtad sigue siendo una virtud escasa y, precisamente por ello, respetable. El problema comienza cuando una relación afectiva pretende convertirse en diagnóstico electoral. Porque las presidencias no se ganan con afectos, biografías ni reconocimientos personales. Se ganan construyendo mayorías.
Y ese es, precisamente, el punto que debería ocupar el centro de la discusión: el problema de David Collado no es David Collado; es el techo que puede imponerle el Partido Revolucionario Moderno si continúa deteriorándose electoralmente.
Esta distinción resulta fundamental. Un candidato puede poseer niveles elevados de valoración personal y, sin embargo, no disponer de una estructura política capaz de convertir esa simpatía en mayoría electoral. Popularidad no es lo mismo que intención de voto; intención de voto no equivale automáticamente a voto efectivo; y mucho menos la buena valoración individual garantiza que un candidato pueda independizarse del balance político, económico y social del gobierno que representa. En una elección presidencial, nadie compite en el vacío. Compite también la organización que lo postula, el gobierno del cual procede, su desgaste acumulado y la percepción retrospectiva que los ciudadanos tengan sobre los ocho años anteriores.
Ahí comienza el verdadero problema del oficialismo.
Luis Abinader obtuvo en 2024 una victoria presidencial extraordinariamente amplia, superior al 59 % de los votos. Ese resultado convirtió al PRM en la fuerza hegemónica del sistema político dominicano y le otorgó, además, un dominio congresual difícilmente comparable con etapas anteriores. Pero una fotografía electoral pertenece al instante en que fue tomada. Dos años después, el oficialismo enfrenta una realidad distinta: desgaste gubernamental, dificultades económicas percibidas por importantes segmentos de la población, problemas en servicios públicos y una creciente distancia entre la extraordinaria mayoría obtenida en 2024 y los niveles de identificación partidaria que registran mediciones posteriores.
Por eso resulta metodológicamente peligroso sumar mecánicamente la popularidad de David Collado a la fuerza electoral del PRM y concluir que ambas producirán inevitablemente una candidatura ganadora. La política electoral no funciona mediante una simple suma aritmética de popularidades. Un candidato oficialista hereda activos, pero también hereda pasivos. Recibe la maquinaria, pero recibe igualmente el desgaste. Recibe los logros del gobierno, pero también sus frustraciones. Recibe la estructura territorial, pero carga sobre sus hombros la evaluación retrospectiva que los ciudadanos hagan de ocho años consecutivos de una misma organización en el poder.
Y ocho años pesan.
La historia electoral demuestra que el principal desafío de una sucesión oficialista consiste precisamente en conseguir que el candidato represente simultáneamente continuidad y renovación. Si ofrece demasiada continuidad, carga íntegramente con el desgaste gubernamental. Si intenta distanciarse demasiado, termina cuestionando implícitamente la administración de la cual formó parte. Esa contradicción será particularmente delicada para cualquier candidato presidencial del PRM en 2028. Tendrá que explicar por qué el país debe concederle cuatro años adicionales a una organización que habrá gobernado durante ocho, pero al mismo tiempo convencer al electorado de que esos cuatro años serán suficientemente distintos de los ocho anteriores.
David Collado no estará exento de esa contradicción.
Su trayectoria política merece reconocimiento. Ha ganado elecciones, ha construido una marca personal diferenciada y ha dirigido el Ministerio de Turismo en una etapa particularmente importante para uno de los sectores fundamentales de la economía dominicana. Su estilo ha sido cuidadosamente administrado: pocas confrontaciones, alta exposición de gestión y una deliberada distancia respecto de las controversias partidarias cotidianas. Esa estrategia explica buena parte de su fortaleza. Pero precisamente allí aparece la paradoja: cuanto más se acerque la elección presidencial, menos posible será conservar esa condición de figura situada parcialmente por encima del conflicto político.
Una candidatura presidencial obliga a tomar posiciones. Obliga a defender un gobierno, responder ataques, confrontar adversarios, explicar decisiones, asumir aliados y cargar inevitablemente con el expediente completo de la organización que entrega la candidatura. El David Collado ministro puede administrar cuidadosamente su imagen. El David Collado candidato presidencial del PRM tendría que entrar al terreno donde la aprobación personal comienza a convertirse —o no— en voto político.
El precedente de Guillermo Moreno en 2024 constituye una advertencia especialmente útil. Moreno llegó a aquella elección con una trayectoria pública de décadas, reconocimiento nacional, prestigio profesional y una identificación histórica con la lucha contra la corrupción. Además, fue respaldado por el partido que simultáneamente llevaba a Luis Abinader hacia una victoria presidencial abrumadora. Sin embargo, en el primer boletín electoral obtuvo 41.29 % frente al 55.61 % alcanzado por Omar Fernández. La enorme fortaleza presidencial del PRM no consiguió trasladarse automáticamente a su candidato senatorial en el Distrito Nacional. La conclusión debería resultar incómoda para quienes todavía creen en la transferencia mecánica del voto: los partidos no siempre pueden transferir toda su fuerza a los candidatos y los candidatos tampoco pueden compensar indefinidamente las debilidades de sus partidos.
Ese precedente adquiere mayor importancia frente a 2028. Si un partido que rondaba el 59 % presidencial no consiguió garantizar la victoria de una candidatura senatorial prestigiosa en 2024, ¿por qué habría de suponerse que un PRM sustancialmente más desgastado podrá transferir automáticamente una mayoría presidencial cuatro años después?
Esta es la pregunta que debería preocupar al oficialismo.
Hay otra variable igualmente importante. La sucesión de Luis Abinader no se está produciendo alrededor de una candidatura única. El PRM posee varias figuras con aspiraciones presidenciales, estructuras propias y grupos internos. Carolina Mejía representa una de ellas, pero no es la única. Conforme avance el calendario electoral, cada aspirante necesitará diferenciarse, construir su propio espacio y disputar dirigentes, alcaldes, legisladores y estructuras territoriales. La competencia interna puede fortalecer democráticamente a un partido, pero también puede fragmentarlo cuando ocurre simultáneamente con un proceso de desgaste gubernamental.
David Collado tendría entonces que superar dos techos diferentes.
El primero es interno: conquistar una candidatura presidencial en una organización donde existen otros proyectos y donde la estructura partidaria no necesariamente coincide con las encuestas de popularidad.
El segundo es todavía más difícil: después de vencer dentro del PRM, tendría que reconstruir hacia afuera una mayoría nacional suficiente para ganar las elecciones.
Y ambas elecciones son distintas.
El votante que decide una candidatura dentro del PRM no necesariamente representa al votante que decide la Presidencia de la República. La maquinaria que permite ganar una primaria tampoco garantiza una mayoría nacional. Incluso una victoria interna contundente podría producir una falsa sensación de fortaleza si el universo electoral del partido continúa reduciéndose. Ser dueño de una fracción cada vez mayor de una base cada vez menor no equivale necesariamente a estar más cerca del poder.
Aquí aparece el concepto decisivo: el techo electoral.
Todo candidato posee un piso y un techo. El piso está constituido por quienes votarían por él prácticamente en cualquier circunstancia. El techo representa hasta dónde puede crecer fuera de ese núcleo inicial. David Collado parece disponer de un piso competitivo dentro del oficialismo. La pregunta verdaderamente importante no consiste, por tanto, en determinar cuánto apoyo tiene entre los perremeístas, sino cuánto puede crecer entre quienes han dejado de identificarse con el PRM, entre los independientes y, especialmente, entre quienes desean un cambio de gobierno después de ocho años.
Porque una elección de continuidad después de dos períodos consecutivos no se decide únicamente entre candidatos. Se convierte también en una especie de referéndum retrospectivo sobre el gobierno.
En 2028, el candidato del PRM no pedirá solamente un voto para sí mismo. Pedirá, objetivamente, doce años consecutivos para una misma organización política. Esa será probablemente una de las líneas argumentativas centrales de la oposición. Y frente a semejante narrativa, el candidato oficialista necesitará algo más que buenos índices de valoración personal: tendrá que demostrar que existe todavía en la sociedad dominicana una mayoría dispuesta a prolongar el ciclo político iniciado en 2020.
Por eso la frase de Eduardo Sanz Lovatón acerca de “defender lo colectivo, no lo individual” merece una lectura diferente. Precisamente porque lo colectivo debe prevalecer sobre lo individual, el debate no debería comenzar preguntando quién merece ser candidato, sino qué tamaño electoral tendrá el PRM cuando llegue el momento de escogerlo.
Antes de proclamar que ha llegado “el momento de David”, el oficialismo debería preguntarse si seguirá existiendo el momento político del PRM.
