
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
¿De qué vivirá una persona cuando una máquina pueda hacer su trabajo?
La pregunta atraviesa una entrevista de Elon Musk con Zanny Minton Beddoes, directora de The Economist.
Musk imagina un futuro de abundancia, impulsado por la inteligencia artificial y los robots, en el cual el dinero podría perder su importancia hacia 2036.
Su interlocutora insiste en algo más inmediato: cómo llegar hasta allí sin dejar a millones de personas desamparadas.
El razonamiento del empresario resulta atractivo.
Necesitamos dinero para adquirir comida, vivienda, transporte, entretenimiento y otros bienes y servicios.
Si las máquinas pudieran producirlos en cantidades extraordinarias, muy superiores a nuestras necesidades, disminuiría la escasez que hoy condiciona nuestra existencia.
Pero entre esa posibilidad y la vida cotidiana hay una distancia que ninguna predicción tecnológica permite saltar.
Una familia tiene que comer hoy. El alquiler vence este mes. Los hijos necesitan educación.
Quien pierde su empleo difícilmente puede esperar diez años para comprobar si se cumple la promesa de una prosperidad universal.
Ese es el centro de la discusión.
Beddoes pregunta por la redistribución de la riqueza, los impuestos sobre el capital y alguna forma de ingreso universal.
Musk propone que el Tesoro envíe cheques a la población.
Cuando ella plantea el peligro de inflación, él responde que una expansión extraordinaria de la producción permitiría crear más dinero sin provocar necesariamente un aumento de precios.
Hay una intuición económica válida en ese argumento: una mayor capacidad productiva puede reducir costos y aliviar presiones sobre los precios.
Sin embargo, la relación no funciona como una regla automática.
También importan la velocidad con que circula el dinero, el crédito, las expectativas y los obstáculos que impiden aumentar la oferta.
El Banco Central Europeo ha explicado las limitaciones de reducir la inflación a una relación mecánica con la cantidad de dinero.
Además, la abundancia puede avanzar a velocidades diferentes.
Un programa informático puede abaratarse rápidamente, mientras construir viviendas, ampliar redes eléctricas o garantizar agua potable exige terreno, materiales, permisos e infraestructura.
Podríamos tener servicios digitales casi gratuitos y continuar pagando precios elevados por necesidades esenciales.
La productividad de una máquina tampoco determina quién será propietario de lo que produzca ni quién tendrá derecho a consumirlo.
Por eso, el problema de la distribución permanece.
Si las empresas producen más con menos trabajadores, sus beneficios pueden crecer mientras disminuyen los ingresos de quienes dependían de un salario.
La riqueza total aumentaría, pero muchas familias podrían perder capacidad de compra.
El Fondo Monetario Internacional advierte que la inteligencia artificial puede elevar la productividad y, al mismo tiempo, profundizar desigualdades.
También señala la necesidad de redes de protección social y programas de formación para quienes resulten afectados.
La prosperidad compartida requiere decisiones públicas; no viene incorporada en la tecnología.
En la República Dominicana debemos llevar esta discusión a nuestras propias circunstancias.
Conviene examinar cómo cambiarán las tareas en oficinas, bancos, medios de comunicación, centros de atención al cliente y servicios turísticos.
También debemos preguntarnos qué educación permitirá participar en esa transformación y cómo podrán aprovecharla las pequeñas empresas.
No basta con consumir herramientas creadas en otros países. Necesitamos capacidad para comprenderlas, utilizarlas y decidir sobre sus consecuencias.
La dimensión humana merece igual atención. El trabajo proporciona ingresos, pero también organiza la vida, crea vínculos y ofrece reconocimiento.
Un cheque puede ayudar a cubrir gastos; reconstruir el sentido de pertenencia de una persona exige mucho más.
Beddoes lleva precisamente la conversación hacia la política: el miedo al futuro puede alimentar conflictos y respuestas extremas.
Una democracia necesita ofrecer respuestas comprensibles antes de que la incertidumbre se convierta en desesperación.
Musk reconoce que la inteligencia artificial le provoca entusiasmo y terror. Esa confesión resume la magnitud del desafío.
Podemos aspirar a una sociedad en la que las máquinas alivien el esfuerzo humano y amplíen el bienestar.
Para acercarnos a ella debemos resolver desde ahora quién recibe los beneficios, cómo se protege a quienes pierden ingresos y qué responsabilidades asumen las empresas y los gobiernos.
La abundancia prometida tendrá valor cuando una familia pueda reconocerla en su mesa, en su vivienda y en la tranquilidad con que mira el mañana.
