
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
«El ladrón juzga por su condición», dice el refrán.
Hay personas que, al juzgar la conducta ajena, terminan revelando sus propios criterios y experiencias. Les cuesta concebir que alguien pueda actuar por razones distintas de las que orientan sus vidas.
Ven que progresas con tu trabajo y sospechan que lo haces mediante prácticas indebidas. No cuentan las horas que dedicaste a prepararte, las dificultades que venciste ni los sacrificios que asumiste.
Miran el resultado y le atribuyen el procedimiento que les resulta más familiar.
Si asumes una función pública, algunos suponen que actuarás como quienes han convertido el servicio público en una oportunidad de beneficio personal.
Para ellos, el Estado es, ante todo, una puerta de acceso a contratos, favores y privilegios.
La posibilidad de que alguien quiera servir al país les parece una ingenuidad o una excepción difícil de creer.
Si defiendes una idea, preguntan quién te paga.
Si reconoces una buena obra, suponen que recibiste algún beneficio.
Si expresas gratitud, buscan una transacción.
Si mantienes una amistad durante años, imaginan una complicidad.
Hasta el afecto les resulta sospechoso cuando no encuentran una explicación basada en el interés.
Esa manera de pensar ofrece una ventaja a quien la practica: lo dispensa de examinarse.
Si logra convencerse de que todos actúan de la misma forma, sus propias decisiones pierden gravedad ante sus ojos.
Si todos se venden, él apenas estaría aprovechando una oportunidad.
Si nadie tiene principios, tampoco habría que reprocharle que renuncie a los suyos.
La frase «todos son iguales» puede convertirse así en una cómoda absolución.
Pero ese cinismo no solo deforma la mirada sobre los demás; también empobrece la vida pública, porque presenta la corrupción como una regla inevitable y la honradez como una excepción ingenua.
Frente a esa visión, conviene afirmar que no todos actúan del mismo modo.
Hay trabajadores que sostienen sus hogares con ingresos modestos y cuentas claras.
Hay profesionales que rechazan negocios indignos.
Hay funcionarios que cumplen sus responsabilidades sin convertirlas en patrimonio personal.
Hay personas que prefieren perder una posición antes que obedecer una orden deshonesta.
Su existencia incomoda a quienes consideran inevitable que la corrupción forme parte de la vida pública.
Sin embargo, precisamente porque la honradez es posible, también debe ser exigente: no basta con declararse honrado; hay que demostrarlo mediante la transparencia y la rendición de cuentas.
Quien administra recursos públicos debe explicar sus decisiones, aceptar el escrutinio y responder por sus actos.
La confianza ciudadana necesita hechos que la sostengan.
Ningún cargo, apellido o trayectoria concede inmunidad frente a las preguntas.
Ahora bien, exigir explicaciones no equivale a condenar de antemano.
Por eso es indispensable distinguir entre investigar y difamar.
La investigación busca pruebas, contrasta versiones y admite que los hechos corrijan una sospecha.
La difamación, en cambio, formula una condena antes de conocer suficientemente los hechos.
En ese contexto, cualquier explicación puede interpretarse como una excusa y cualquier silencio como una confesión.
Defender la honradez no significa proteger a nadie de la investigación, sino reclamar que toda acusación se sostenga en evidencias y respete la verdad.
Del mismo modo, cuestionar el cinismo no implica negar la existencia de la corrupción, sino rechazar la idea de que sea la única explicación posible de la conducta humana.
También conviene recordar que el refrán no prueba la culpabilidad de quien acusa.
Sería reproducir el mismo vicio que denunciamos. Su sabiduría consiste en advertirnos que nuestros juicios pueden estar condicionados por nuestras propias costumbres, ambiciones y experiencias.
La experiencia personal no abarca todas las posibilidades de la conducta humana.
Haber vivido entre negociantes de favores no significa que toda amistad sea un negocio.
Haber conocido funcionarios corruptos no autoriza a declarar imposible el servicio honrado.
Quien ha aprendido a desconfiar de las intenciones ajenas puede encontrar difícil comprender una vida construida con trabajo y principios.
Pero esa dificultad no tiene por qué convertirse en una medida para juzgar a los demás.
No tenemos que aceptar ese retrato como si fuera nuestro espejo.
