Por José Manuel Jerez
Hay momentos en que la política exterior deja de ser un capítulo especializado de la vida pública y se convierte en una cuestión de supervivencia nacional. Este es uno de ellos. La guerra vuelve a alterar corredores comerciales y energéticos; la rivalidad entre grandes potencias reorganiza alianzas, inversiones y cadenas de suministro; la inteligencia artificial modifica la productividad, la seguridad y el conocimiento; y la democracia enfrenta nuevas tensiones en sociedades sometidas a polarización, desinformación y desconfianza. En ese escenario, comprender el mundo ya no es una tarea reservada a diplomáticos y académicos. Es una condición para gobernar con sentido estratégico.
Esa fue la idea central que Leonel Fernández colocó en el VIII Foro Global América Latina y el Caribe, celebrado en Columbia University, en Nueva York. Su afirmación —«Entender esta nueva realidad del poder global no es solo un ejercicio académico, sino también una necesidad estratégica para cualquier nación que aspire a salvaguardar su propio desarrollo»— contiene una tesis que merece ser examinada más allá de la coyuntura: la política nacional se decide también en la capacidad de leer fuerzas que nacen fuera de las fronteras nacionales.
La observación resulta especialmente pertinente para países de dimensión media o pequeña. Las grandes potencias pueden intentar moldear el sistema internacional; los demás Estados, con menor capacidad material, necesitan al menos comprenderlo con precisión para reducir vulnerabilidades, identificar oportunidades y preservar márgenes de autonomía. En ese terreno, el conocimiento deja de ser ornamento. Se transforma en una forma de poder.
La palabra «estadista» suele emplearse como elogio y, por eso mismo, conviene despojarla de retórica. En sentido analítico, puede aludir a una manera de ejercer la política que no se agota en la administración inmediata, sino que intenta relacionar decisiones presentes con tendencias históricas, restricciones internacionales y objetivos nacionales de largo plazo. Bajo esa definición, la intervención de Fernández en Columbia ofrece elementos para examinar una dimensión que ha acompañado de manera persistente su trayectoria pública: la preocupación por situar a la República Dominicana dentro de las corrientes que reorganizan el sistema mundial.
No se trata únicamente de que haya ocupado la Presidencia de la República en tres períodos. Su actividad posterior ha conservado una fuerte orientación internacional a través de Funglode y GFDD, de encuentros académicos, debates multilaterales y espacios de reflexión sobre democracia, desarrollo, tecnología y relaciones internacionales. Esa continuidad es relevante porque revela una concepción de la política en la que el poder doméstico y el orden global no aparecen como mundos separados, sino como niveles conectados de una misma realidad.
El Foro de Columbia es una expresión de esa perspectiva. Su agenda reunió conflictos en Medio Oriente, guerra entre Rusia y Ucrania, economía mundial, proteccionismo, inteligencia artificial, elecciones latinoamericanas y voto latino en Estados Unidos. A primera vista, podría parecer una suma heterogénea de temas. En realidad, todos convergen sobre una misma pregunta: ¿cómo cambia la capacidad de los Estados para decidir su propio destino cuando las fuentes del poder económico, tecnológico, militar y comunicacional se desplazan simultáneamente?
Fernández habló de fragmentación geopolítica y polarización política. La noción es decisiva. Durante décadas, buena parte de la arquitectura internacional posterior a la Guerra Fría descansó sobre la expectativa de una expansión sostenida de la globalización, de una interdependencia creciente y de reglas comunes capaces de moderar la competencia entre Estados. Esa expectativa hoy convive con sanciones económicas, disputas comerciales, políticas industriales agresivas, controles tecnológicos, conflictos armados y nuevas estrategias de seguridad económica. La interdependencia no desaparece, pero deja de ser solamente una promesa de cooperación: también se convierte en instrumento de presión.
Para la República Dominicana y el Caribe, esa transformación no es abstracta. Un conflicto distante puede repercutir en combustibles, alimentos, transporte marítimo, turismo, inversión o condiciones financieras. Una decisión tecnológica adoptada en Washington, Bruselas o Pekín puede alterar cadenas productivas y mercados. Una crisis en un estrecho marítimo puede encarecer mercancías a miles de kilómetros. La geopolítica entra así en la vida cotidiana sin pedir permiso. El precio que paga una sociedad por no comprenderla puede medirse en crecimiento perdido, dependencia aumentada u oportunidades desaprovechadas.
De ahí que la insistencia de Fernández en conectar conflictos internacionales con mercados energéticos, rutas comerciales, precios de alimentos y confianza de inversionistas tenga una implicación política mayor: la soberanía contemporánea no consiste únicamente en conservar fronteras y símbolos. También exige capacidad de anticipación. Un Estado que no entiende las fuerzas que condicionan su economía termina reaccionando tarde a decisiones tomadas por otros.
La inteligencia artificial introduce un segundo nivel de transformación. Fernández la describió como una mutación estructural comparable, por su alcance, con la revolución industrial. La comparación no es menor. La IA no afecta solamente empleos o herramientas digitales; puede modificar la productividad, la educación, la defensa, la administración pública, la investigación científica y la competitividad de las empresas. En consecuencia, también puede alterar la jerarquía internacional entre países capaces de producir, adaptar y gobernar tecnologías avanzadas y aquellos limitados a consumirlas.
Ahí aparece otra dimensión del pensamiento estratégico: observar la tecnología como cuestión de poder. Las naciones que entren tarde a la nueva economía digital no enfrentarán únicamente una brecha técnica, sino una brecha de soberanía. Dependerán de infraestructuras, modelos, datos, plataformas y estándares definidos fuera de su control. Para América Latina y el Caribe, el desafío consiste en evitar que la revolución de la inteligencia artificial reproduzca, bajo nuevas formas, viejas relaciones de dependencia.
El componente democrático del Foro completa el cuadro. Fernández vinculó el ciclo electoral latinoamericano de 2026 con la capacidad de las instituciones para asegurar una transferencia del poder pacífica, transparente y conforme al Estado de derecho. Esa formulación sitúa la democracia donde corresponde: no solo en el acto de votar, sino en la existencia de reglas capaces de contener la competencia, legitimar resultados y garantizar alternancia sin ruptura institucional.
En el mismo espacio se discutió el voto latino en las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos. Ese tema recuerda otra transformación profunda: la diáspora ya no puede ser vista únicamente desde la remesa o la identidad cultural. Comunidades de origen latino participan en la formación de preferencias electorales, debates públicos y coaliciones políticas dentro de la principal potencia hemisférica. Para el Caribe, comprender esa realidad también forma parte de la lectura contemporánea del poder.
La relevancia del Foro, por tanto, no reside solo en las conclusiones que puedan surgir de sus paneles. Importa también el método: reunir voces procedentes de la diplomacia, la economía, la academia, la tecnología y los organismos internacionales para confrontar diagnósticos. En un tiempo dominado por la velocidad de las redes y por la simplificación del debate, crear espacios donde las ideas sean sometidas a contraste constituye una práctica de inteligencia pública.
Eso permite comprender mejor el perfil internacionalista que Fernández ha cultivado durante décadas. El internacionalismo serio no consiste en viajar, acumular fotografías con dirigentes o repetir el vocabulario de la diplomacia. Consiste en entender relaciones de poder, identificar tendencias, traducirlas al interés nacional y construir redes de conocimiento capaces de mejorar la decisión pública. El Foro Global funciona, precisamente, como un laboratorio de esa conversación entre lo nacional y lo internacional.
La condición de estadista, sin embargo, no se demuestra con una frase ni queda resuelta por una biografía. Es una categoría que la historia y la ciudadanía someten siempre a examen, porque exige contrastar visión, decisiones y resultados. Pero el discurso de Columbia sí permite identificar una concepción de liderazgo: aquella que considera que gobernar no es únicamente administrar el presente, sino interpretar el sistema dentro del cual el país tendrá que actuar mañana.
Esa concepción adquiere especial importancia en una República Dominicana cada vez más integrada al comercio, a las finanzas, a las migraciones, a la tecnología y a las redes globales. El país no puede aislarse de la competencia entre Estados Unidos y China, de la reorganización de las cadenas de suministro, de la seguridad energética, de la revolución digital ni de los cambios que afectan a la democracia hemisférica. Tampoco puede responder a esos procesos únicamente cuando ya se hayan convertido en crisis.
La frase pronunciada por Fernández en Nueva York resume, entonces, un problema nacional de primer orden: quien no entiende el poder global termina padeciendo sus consecuencias. La política exterior del siglo XXI necesita algo más que protocolo; requiere conocimiento, anticipación, continuidad institucional y una clara comprensión del lugar que ocupa el país en el mundo.
Desde Columbia University, el VIII Foro Global volvió a colocar esa discusión en el centro. Y al hacerlo, la intervención de Leonel Fernández proyectó una idea que trasciende a cualquier dirigente particular: para una nación pequeña, pensar el mundo no es una extravagancia intelectual. Es una forma de defender su desarrollo, ampliar su autonomía y participar con mayor conciencia en la arquitectura internacional que está naciendo.
