Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante medio siglo, la geopolítica del petróleo estuvo dominada por una imagen casi inmutable: el Estrecho de Ormuz como el gran cuello de botella de la economía mundial.
Aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido en el planeta atravesaba ese estrecho corredor marítimo entre Irán y Omán.
Cada crisis en la región provocaba inmediatamente el temor a una interrupción del suministro mundial y a una explosión de los precios del crudo.
Hoy esa realidad comienza a transformarse.
No porque Ormuz haya dejado de ser importante, sino porque gobiernos, compañías petroleras y grandes consumidores han comprendido que depender de un solo paso marítimo constituye un riesgo estratégico inaceptable.
La respuesta ya no consiste únicamente en proteger el estrecho con flotas militares, sino en construir rutas que permitan prescindir parcialmente de él.
Los acontecimientos de los últimos días lo demuestran con claridad.
Mientras el presidente Donald Trump y el primer ministro iraquí Ali al-Zaidi anunciaban que las tropas estadounidenses abandonarán completamente Irak el próximo 30 de septiembre, ambos adelantaban también una nueva etapa de cooperación económica.
La frase pronunciada por Al-Zaidi resume ese cambio histórico:
«El 30 de septiembre las fuerzas estadounidenses saldrán, y las empresas estadounidenses entrarán».
No es una simple declaración diplomática.
Representa el tránsito de una estrategia basada durante más de dos décadas en la presencia militar hacia otra centrada en la inversión, la infraestructura y la energía.
Pocas horas después trascendió uno de los proyectos más importantes para el futuro energético de Oriente Medio.
Irak, junto con Chevron, TI Capital y la empresa catarí UCC, prepara la construcción de un oleoducto con capacidad para transportar dos millones de barriles diarios, uniendo Basora con Haditha para prolongarse posteriormente hacia los puertos de Turquía y Siria.
La trascendencia de esta obra resulta evidente.
Basora concentra la mayor parte de la producción petrolera iraquí.
Hasta ahora ese petróleo debía salir casi exclusivamente por el Golfo Pérsico, atravesando el Estrecho de Ormuz.
El nuevo corredor permitirá exportar una parte significativa del crudo directamente hacia el Mediterráneo y Turquía, reduciendo considerablemente esa dependencia.
Irak no está solo.
Arabia Saudita continúa ampliando el oleoducto Este-Oeste que conecta sus campos petroleros con el puerto de Yanbu, sobre el mar Rojo.
Los Emiratos Árabes Unidos fortalecen la capacidad del corredor que desemboca en Fujairah, sobre el golfo de Omán, evitando completamente el estrecho.
Al mismo tiempo, Japón acaba de anunciar que apoyará precisamente este tipo de infraestructuras.
El presidente de la Petroleum Association of Japan, Kito Shunichi, confirmó que la industria petrolera japonesa trabaja junto al gobierno para respaldar la expansión de oleoductos en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos con el objetivo de asegurar un abastecimiento que no dependa exclusivamente de Ormuz.
Cuando productores y consumidores adoptan simultáneamente la misma estrategia, ya no estamos ante hechos aislados.
Estamos presenciando una transformación estructural del mercado energético mundial.
Sin embargo, existe otra revolución menos visible.
Durante décadas, el petróleo era considerado el recurso estratégico por excelencia.
Hoy la experiencia de la guerra entre Rusia y Ucrania demuestra que el verdadero cuello de botella ya no es únicamente el petróleo crudo.
Son las refinerías.
Desde 2024, Ucrania ha concentrado buena parte de sus ataques con drones sobre las instalaciones de refinación rusas.
Moscú ha logrado mantener elevados niveles de producción petrolera, pero en numerosas ocasiones ha encontrado mayores dificultades para transformar ese petróleo en gasolina, diésel, combustible para aviación y otros derivados indispensables tanto para la economía civil como para las operaciones militares.
La consecuencia es evidente.
Un país puede disponer de enormes reservas petroleras y, sin embargo, sufrir graves problemas de abastecimiento de combustibles si pierde parte de su capacidad de refinación.
Este fenómeno modifica profundamente la geopolítica de la energía.
La seguridad energética ya no depende exclusivamente de controlar pozos petroleros o estrechos marítimos.
Depende también de proteger oleoductos, terminales portuarias, redes eléctricas, plantas petroquímicas y, sobre todo, refinerías.
Paradójicamente, mientras el mundo sigue observando con preocupación el Estrecho de Ormuz, los grandes actores internacionales ya preparan el escenario posterior a Ormuz.
Los productores construyen nuevas rutas.
Los consumidores financian esas rutas.
Las compañías petroleras invierten en infraestructura terrestre.
Los gobiernos buscan diversificar sus cadenas logísticas.
Incluso Estados Unidos parece adaptar su estrategia.
Después de más de veinte años de presencia militar en Irak, Washington comienza a sustituir parte de su influencia política por una presencia económica basada en inversiones energéticas y asociaciones empresariales. Menos soldados y más empresas.
Naturalmente, ello no significa el fin de las tensiones regionales.
El gobierno iraquí ha condicionado la retirada estadounidense al desarme de las milicias respaldadas por Irán y ha anunciado que, a partir del 30 de septiembre, ninguna organización armada podrá actuar fuera del control del Estado.
El éxito o el fracaso de esa política determinará buena parte de la estabilidad futura del país.
Pero, más allá de la política iraquí, la tendencia mundial parece irreversible.
El siglo XX estuvo marcado por la geopolítica de los estrechos marítimos.
El siglo XXI comienza a estar dominado por la geopolítica de los corredores energéticos.

Los oleoductos sustituyen gradualmente a los cuellos de botella marítimos.
Las refinerías se convierten en objetivos militares de primer orden.
Las cadenas logísticas adquieren un valor comparable al de los propios yacimientos.
En consecuencia, la gran lección de estos acontecimientos es clara.
La guerra del futuro no consistirá únicamente en conquistar territorios productores de petróleo.
Consistirá en controlar la infraestructura que permite transportar, transformar y distribuir la energía.
El petróleo continúa siendo indispensable.
Pero el verdadero poder estratégico ya no reside únicamente en quien lo extrae, sino en quien domina las rutas alternativas, las refinerías y la red mundial que conecta los campos petroleros con las economías del planeta.
Ese es el cambio silencioso que ya está redefiniendo el equilibrio geopolítico del siglo XXI.

