
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva pronunció ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas un discurso de indignación, soberanía y advertencia.
Fue, simultáneamente, una intervención sobre la crisis del orden mundial, una defensa del papel internacional de Brasil y una proclamación política a pocos días de las elecciones brasileñas del 4 de octubre.
Lula comenzó afirmando que este es el momento más crítico de las Naciones Unidas desde que ocupó por primera vez aquella tribuna, en 2003. Era la décima ocasión en que abría el Debate General de la Asamblea.

Su diagnóstico fue severo: la ONU está fracasando en su misión de librar a la humanidad del flagelo de la guerra; su credibilidad nunca había estado tan baja y su capacidad para proteger a quienes no poseen ejércitos ni arsenales nunca había sido tan limitada.
Recordó que Brasil advirtió desde 1946 sobre el peligro del derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Ochenta años después, ese privilegio continúa paralizando a la organización y permitiendo que las grandes potencias actúen de acuerdo con sus propios intereses.
Lula resumió el problema mediante una frase que contradice la conocida máxima de Clausewitz: la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino el fracaso total de la política.
El gobernante brasileño presentó tres grandes disyuntivas de nuestro tiempo: multilateralismo o unilateralismo; democracia o extremismo; soberanía o subordinación. Esas alternativas recorrieron toda su intervención.
Al hablar de Gaza, acusó al gobierno de Benjamín Netanyahu de perpetrar un genocidio contra mujeres y niños palestinos. Al mismo tiempo, condenó los actos terroristas de Hamás contra civiles israelíes. Defendió a la relatora de las Naciones Unidas Francesca Albanese, rechazó las presiones contra la Corte Penal Internacional y advirtió que la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania está haciendo cada vez más inviable la solución de dos Estados.
Sobre Ucrania, reconoció que la guerra se prolonga sin vencedores y continúa cobrando vidas. Insistió en que la diplomacia constituye la única salida y reivindicó el Grupo de Amigos de la Paz creado por Brasil y China para promover negociaciones.
También se refirió al estrecho de Ormuz, convertido en escenario de confrontación cuando debería conservarse como vía fundamental del comercio mundial. Los efectos de esa crisis ya no quedan limitados al golfo Pérsico: alcanzan a las familias mediante el encarecimiento del petróleo, los fertilizantes y los alimentos.
El momento de mayor fuerza política llegó cuando Lula habló sobre América Latina y las renovadas pretensiones hegemónicas de Estados Unidos:
“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”.
La expresión fue una respuesta directa, aunque no mencionara por su nombre al presidente Donald Trump, a las presiones económicas, políticas y electorales ejercidas desde Washington. Lula declaró que Brasil necesita socios para su desarrollo, no tutores que pretendan decidir su destino.
Sin embargo, no limitó sus críticas a Estados Unidos. Defendió el derecho del pueblo venezolano a determinar su porvenir, pero advirtió que Nicaragua no resolverá sus problemas impidiendo que la oposición participe en las elecciones. Denunció el embargo económico contra Cuba y calificó la tragedia de Haití como una prueba de los límites de la indiferencia internacional.
Respecto al crimen organizado, sostuvo que Brasil no delegará la protección de sus fronteras ni necesita portaaviones extranjeros vigilando sus aguas. Lo que requiere es cooperación para detener el flujo de armas y dinero que alimenta a las organizaciones criminales.
Lula defendió igualmente la protección de la Amazonía, la soberanía brasileña sobre sus minerales críticos y tierras raras, y el derecho de su país a exigir transferencia tecnológica y creación de valor nacional como condición para la explotación de esas riquezas.
Otro punto notable fue su ataque contra lo que llamó una “tecno-oligarquía” interesada en imponer un neoliberalismo digital sin reglas ni transparencia. Reclamó la regulación de las grandes empresas tecnológicas y de la inteligencia artificial, citando al papa León XIV: las decisiones sobre tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad.
También condenó las apuestas digitales, defendió el sistema público de pagos Pix y propuso terminar con la jornada laboral 6×1, para que los trabajadores brasileños dispongan de dos días semanales de descanso.
La parte final estuvo claramente dirigida al electorado brasileño. Lula presentó las elecciones del 4 de octubre como una decisión entre democracia y negacionismo, progreso social y regreso a un pasado de exclusión. Advirtió sobre las redes de desinformación y las posibles interferencias extranjeras, pero expresó confianza en el sistema electoral brasileño.
El discurso fue internacional y electoral al mismo tiempo. Lula habló como candidato a la reelección, pero también como el dirigente de una potencia emergente que reclama voz propia para el Sur Global.
Su mensaje final fue inequívoco: la democracia brasileña pertenece a los brasileños y ninguna potencia extranjera determinará el rumbo de la nación.
“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie” no fue solamente la frase principal del discurso. Fue la definición de una política exterior fundada en la soberanía, el diálogo y la aspiración de construir un mundo sin amos ni subordinados.
